Tripode Política, Escándalo y Cultura Mediática
POR DONALD ROWLAND
Los funcionarios del gobierno y los políticos de todas las tendencias y partidos que ocupan posiciones de mando en la estructura dirigencial del país, tienen tremenda tarea por delante para adaptarse a las nuevas corrientes de la cultura mediática predominante en estos tiempos.
Los ejemplos abundan y no es necesario enumerarlos. Los últimos escándalos suscitados entre los más encumbrados funcionarios del propio gobierno y la pobreza de la imagen pública que exhiben los legisladores del Congreso Nacional refuerzan la percepción de que estos no han entendido la gravedad del uso del escándalo como arma en la comunicación política.
El autor Argentino Jorge Dell´Oro lo define con claridad meridiana cuando afirma que los escándalos deterioran las relaciones de confianza, agravando la relación con la sociedad de quienes tienen funciones públicas, apoyando su afirmación con el recuerdo de la relación existente entre Richard Nixon y Watergate, el escándalo político de mayor relevancia mundial que sacó a este de la Presidencia de los Estados Unidos, desplazándolo para siempre de la arena política, en un claro ejemplo de lo que significa la transferencia de poder simbólico.
Los escándalos en la política, dice, son acontecimientos que, potenciados por los medios, dañan la imagen de los involucrados, muchas veces desplazándolos para siempre de la arena política. En esta nueva era de visibilidad mediática, aquellos que ocupan un puesto de poder o aspiran a él, se ven sometidos a un grado de pública inspección que excede a la que fueron juzgados sus predecesores.
Del mismo modo John Fiske, en su obra Understanding Popular Culture (Comprendiendo la Cultura Popular), define este modo de tratar los escándalos por los medios en dos tipos de noticias: lo que él llama noticias oficiales, que son las noticias de la prensa y la televisión de calidad, y las noticias populares, que serían a las que comúnmente se trata de prensa sensacionalista.
Este autor señala que los órganos de las noticias oficiales tienden a actuar ciñéndose a ciertas normas de objetividad -verdad- y buena práctica periodística. Adoptan un tono serio e impersonal, examinando los asuntos públicos sobre bases ampliamente dirigidas por los funcionarios públicos, y tratan de generar comprensión y creencia en sus lectores y espectadores.
Las noticias populares, por el contrario, tienden a rechazar la nítida distinción entre los hechos y la ficción, afirma. Centran su atención en los límites entre la vida pública y la vida privada, planteando a las personalidades públicas cuestiones que preferirían ocultar. Su estilo es irreverente y sensacionalista. Las noticias populares buscan la provocación y la ruptura; ponen en cuestión la capacidad de las noticias oficiales para definir lo que es real y lo que es noticia, y ponen en cuestión el tipo de creencia que tratan de generar las noticias oficiales.
Las noticias populares cultivan el escepticismo y el descreimiento; invitan a sus lectores y espectadores a burlarse de los individuos cuyo poder e influencia dependen de ser tomados en serio por los demás.
De ahí que las historias escandalosas que aparecen en la prensa popular, dice Dell´Oro, puedan considerarse como una actitud subversiva hacia el poder y los privilegios. Lo que hacen estas historias es asestar un golpe al bloque en el poder o a aquellos representantes del poder cuyos atributos y acciones puedan ser representados de una manera muy significativa ante los lectores.
Luego de estas definiciones, asegura, no caben dudas que los escándalos ponen en juego la reputación y deterioran las relaciones de confianza incompatibles con las conductas de las personas, agravando la relación con la sociedad de quienes tienen funciones públicas, y generan un manto de sospecha sobre toda la dirigencia política. Si la confianza entre las personas se sustenta en la reputación de las mismas y su comportamiento dentro de un marco ético que las sociedades civilizadas tienen, es inexorable que un escándalo termine con el poder simbólico que esa persona tenía sobre la opinión pública.
El poder simbólico se desplaza del sujeto afectado a quien denuncia o investiga, siendo el caso del periodismo o los medios quienes mayor rédito de ello puede lograr ya que al estar conectados con miles de personas tienen la posibilidad de acrecentar su reputación.
Luego de examinar estas reflexiones cabe preguntarse, ¿seguirán los enfrentamientos y los escándalos en el tren gubernamental o habrá un cambio en la estrategia y el manejo de la comunicación mediática oficial?