El peligro de la delincuencia

SAMUEL SANTANA
La ola de violencia y de delincuencia se ha incrementado a tal extremo en el país  que ha obligado a remover los estamentos de la Policía Nacional y a celebrar reuniones para buscar razones, causas, motivaciones y, sobre todo, soluciones a esta grave problemática. Frente a esta situación nadie parece estar a salvo.

En donde menos se piensa ocurren hechos que estremecen a la sociedad dominicana.

El pavor se ha apoderado de muchos dominicanos. La gente tiene miedo salir a las calles. Se ha notado claramente como el ciudadano se ha visto conminado a tener que reducir sus salidas durante horas de la noche y, hasta, durante el día. Es mejor no salir a la calle sino se tiene nada que buscar.

En los últimos años  hemos visto como la delincuencia va alcanzado niveles cada vez mas elevados. Esta nación, caracterizada siempre por ser un lugar tranquilo, si lo comparamos con otros países del mundo, ha visto como su paz se ha ido diluyendo poco a poco.

Los secuestros, que eran hechos escuchados y vistos solo en lugares distantes de aquí, han llegado a convertirse en algo virtualmente familiar para los dominicanos.

Ya las personalidades importantes dentro del mundo empresarial y político del país no pueden darse el lujo de moverse libremente sin tomar las medidas necesarias. Sus propias familias han tenido que experimentar lo mismo, pues casi siempre son el blanco preferido.

Y  se trata de una práctica que se siente estimulada por el hecho de haber tenido éxito los delincuentes en muchos de sus actos.

Los delincuentes de menor monta son todavía más peligrosos.

Las noticias dan cuenta de ciudadanos que han perdido la vida a manos de desaprensivos que lo único que buscan en llevarse un objeto que no tiene valor alguno.

Es que estos individuos tienen una personalidad tan deformada que no le permite reflexionar sobre sus actos. Su único norte es su interés egoísta distorsionado e irracional. Regularmente se caracterizan por una formación de vida carente de preparación, de principios y de valores éticos, morales y espirituales.

En sus andanzas y actuaciones no hay remordimiento alguno. Si cien veces los encierran en una cárcel por sus actos, cien veces vuelven a la calle a hacer lo mismo.  Y más en nuestro sistema, el cual carece de la más mínima condición para la reformación del delincuente.

En lugar de ayudarles, nuestro sistema penitenciario hace que los violadores de las leyes desarrollen la cauterización de sus conciencias. Se acostumbran a actuar sin misericordia alguna.

El otro elemento peligroso es que en lugar de ser atacados contundentemente por las autoridades, lo que hemos visto es una connivencia  en las andanzas.

Lo que ocurrió hace poco en Azua es como para que uno tenga que preocuparse.

Estamos hablando de delincuentes que contaban con el respaldo de quienes debían combatir sus hechos. En la misma capital de Santo Domingo se han registrado hechos criminales en los que han estado envueltos miembros de la Policía Nacional.

Definitivamente, se trata de un problema sobre el que hay que reflexionar seria y profundamente. No se puede permitir que esta nación se sume a los otros países donde el ciudadano siente pánico hasta en su propia casa porque la delincuencia campea por las calles sin que aparentemente nadie la pueda detener, trastornando todo un sistema de vida y de nación.