El peligro de vivir armado

MANUEL GUEDÁN
Sólo tenía 23 años. No era norteamericano de nacimiento, pero llevaba en Estados Unidos dos tercios de su vida y, todo parece indicar que se había impregnado de un sistema que permite a cualquier ciudadano poseer cuantas armas sea capaz de comprar, en algunos Estados, sin limite de edad. El lunes, día 16 de este mes, el surcoreano Cho Seung-Hui entró en las aulas de la Universidad Técnica de Virginia y disparó sobre sus compañeros, dejando 32 muertos y 29 heridos. A continuación se suicidó.

Ahora en Estados Unidos, todo son actos de contrición y Bush llegó a apelar al Todopoderoso e hizo votos para que las escuelas fueran lugares seguros. Pero es difícil que haya algo seguro en Estados Unidos, uno de los países más armados del mundo. El 40 por ciento de las familias poseen al menos un arma de fuego. En 48 de los 50 Estados cualquier ciudadano puede comprar un rifle. En 43 Estados no se necesita ni siquiera registrar el arma. En Carolina del Norte, por ejemplo, los niños de hasta los 12 años necesitan autorización paterna par jugar en la liga de béisbol, pero no para tener una pistola.

Para mantener esta locura, incomprensible para un europeo, las poderosa Asociación Nacional del Rifle, uno de los lobbys más poderosos y eficaces de Norteamérica, se ampara en la segunda enmienda de la Constitución, que garantiza el derecho de los ciudadanos a poseer y portar armas. Y este atávico argumento, propio del “Oeste americano”, sigue convenciendo a la mayoría de los republicanos y a algunos demócratas, a pesar de que, desde 1997, hay una matanza al año en universidades y colegios norteamericanos. Empezó en Mississippi y siguió en Kentucky, Arkansas, Oregón, dos veces en California, Colorado, Arizona, Minnesota, Pennsylvania y ahora en Virginia.

En esta masacre, naturalmente, no toda la culpa la tiene la Asociación Nacional del Rifle y los que la siguen. La matanza fue obra de un perturbado, pero ese mismo perturbado en un país europeo, donde no existe ese culto por las armas y donde, además, son muy difíciles de conseguir, hubiera tenido que agredir a sus compañeros con un cuchillo de cocina y el número de muertos hubieran sido menor. Todos recordamos el caso de la doctora de Mínguez que, en un ataque de esquizofrenia paranoide, mató a tres personas en el hospital Jiménez Díaz de Madrid… Si la doctora, condenada hoy a 25 años, hubiera tenido un rifle no habría dejado vivo ni a un solo paciente del hospital.

En nuestras sociedades va en aumento, sin que sea fácil evitarlo, los actos violentos de todo tipo. Y todos tenemos que reflexionar sobre la manera de disminuir esa violencia interpersonal. Pero, mientras tanto, las instituciones públicas tienen la obligación de tomar medidas para reducir al máximo el peligro. En eso norteamericanos y europeos somos distintos porque mientras que el modelo de Estado europeo asume con más responsabilidad la defensa y la protección de sus ciudadanos, el Estado norteamericano, sin pretender acusarle de despreocupación por la seguridad, da más rienda suelta a la ambición del mercado, incluido el de las armas y por eso pasa lo que pasa.