El péndulo de Polanyi

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Karl Polanyi vuelve a estar de moda. La razón es la explicación que da cierta izquierda del triunfo de los populismos de derecha en Europa y Estados Unidos, en especial los más recientes del Brexit y de Trump. Se afirma que estamos viviendo un “momento Polanyi”, una “nueva era Polanyi”; se habla del “retorno de Polanyi”; y que la “hipótesis Polanyi” se está cumpliendo, es decir, que el fascismo resurge como una reacción del pueblo contra las elites que propugnan por un capitalismo despiadado y globalizado. Lo que podríamos denominar el “péndulo de Polanyi” indicaría un movimiento cíclico que va desde una fase de prevalencia del capitalismo, de la liberalización y de la globalización a una en que habrían dos alternativas: o una democratización de la sociedad, de la economía y del Estado –en variadas formas de populismo de izquierda o de socialdemocracia- o un autoritarismo elitista que conduciría –bajo la forma de gobiernos populistas de derecha o abiertamente fascistas- a un mayor control estatal de la economía, a distintas modalidades de proteccionismo económico y a restricción de los derechos individuales e, incluso, sociales.
Pero… ¿quién es Polanyi? Se trata de un historiador económico y social y un antropólogo económico, nacido en Viena en 1886, de nacionalidad húngara y formación austro alemana, y fallecido en Canadá en 1964, que escribió, entre otras obras, un gran libro sobre el proceso de industrialización capitalista, intitulado “La Gran Transformación” y publicado en 1944, donde sostiene que se acercaba un proceso de cuestionamiento definitivo del capitalismo liberal. En dicha obra, de modo premonitorio, a la luz del renacimiento fascista que actualmente vivimos, distingue Polanyi entre una “situación revolucionaria” y una “situación fascista”:
“Lo que nosotros hemos denominado, para ser breves, ‘una situación fascista’ no era más que la oportunidad típica de victorias fascistas fáciles y totales. De repente, las formidables organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores y de otros partidarios declarados de la libertad constitucional se dispersaban y grupos fascistas minúsculos barrían lo que hasta entonces parecía constituir la fuerza irresistible de los gobiernos, de los partidos y de los sindicatos democráticos. Si una ‘situación revolucionaria’ se caracteriza por la desintegración psicológica y moral de todas las fuerzas de la resistencia, hasta el punto de que un puñado de rebeldes mal armados son capaces de tomar por la fuerza las ciudadelas dominadas por la reacción, entonces la ‘situación fascista’ es muy semejante, salvo que, en este caso, son los bastiones de la democracia de las libertades constitucionales quienes son derrotados; resulta llamativo el carácter insuficiente de sus defensas”.
Lógicamente Polanyi está muy lejos de la obscena e indiscreta fascinación de esa irredimible y anacrónica izquierda autoritaria latinoamericana por el “popufascismo” a lo Trump. Para Polanyi, el fascismo embiste contra las instituciones liberales y democráticas pero deja totalmente operativo el sistema capitalista. Por eso afirma que “el fascismo es esa forma de solución revolucionaria que mantiene al capitalismo intacto” y convierte a los seres humanos en simples y únicamente productores.
Polanyi, aunque vivió la época del New Deal de Roosevelt, no pudo ver –o por lo menos analizar en profundidad- el desarrollo pleno, desde 1945 hasta su crisis a principios de los 80 del siglo XX, del Estado Social y de la socialdemocracia, inspirados por Keynes y Beveridge, y la llegada de la ola neoliberal de la mano de Thatcher y de Reagan, agitada por las ideas de sus conciudadanos Hayek y Mises. Habría que ver cuál hubiese sido su juicio definitivo respecto a las bondades del Estado de Bienestar. En todo caso, como se sabe su opinión sobre las maldades de un capitalismo que siempre fue salvaje desde su surgimiento, es fácil que la izquierda populista hoy reivindique de modo acrítico [la vulgata de] su pensamiento y lo contraponga a las ideas de la izquierda social, progresista y liberal, reconciliada con el mercado, la globalización y las reformas institucionales y socio-económicas.
¿Pero puede haber un uso liberal, progresista y socialdemócrata del pensamiento de Polanyi? Pienso que sí. La idea más importante que hay que recuperar de Polanyi es que el mercado no es un hecho natural como pretenden los teóricos liberales, desde Adam Smith hasta Hayek, sino una institución creada por el Estado. Por eso, para que un mercado funcione libremente se requiere la intervención del Estado y por eso cuando hay “fallas del mercado” el Estado debe regular. El mercado puede autorregularse, contrario a lo que señalaba Polanyi, pero muchas veces es preciso una “regulación pública de la autorregulación” (ej. el gobierno corporativo de las empresas financieras) y no todo puede dejarse a la autorregulación ni al mercado (ej. los recursos naturales). Es verdad que, como señaló Franz Neumann, “liberalismo económico y liberalismo político no son gemelos”, como bien evidencia el Chile de Pinochet y la China pos Mao. Pero no puede concluirse, como afirma Polanyi, que democracia y capitalismo son incompatibles; de hecho, lo que nunca ha existido en el mundo real es una democracia comunista, ni siquiera una democracia iliberal comunista, es decir, una que solo reconozca el derecho a la participación política prescindiendo de las demás libertades. El comunismo real siempre ha sido leninista. Felizmente, y como lo confiesa uno de los últimos filósofos marxistas vivos, Wolfgang Fritz Haug, “tal vez el momento de la revolución, como la entendía Marx, pasó para siempre”. De ahí que, aunque parezca irreverente, creo que un Polanyi recargado asumiría hoy como una utopía concreta y posible la realización de un capitalismo domesticado por un Estado garante de los derechos de las personas y regulador de la economía y los servicios, un Estado Social reformulado para democratizar la economía y transformarla en una social de mercado.