El personaje pequeño burgués en la narrativa dominicana

¿Cuál es el estatuto del personaje pequeño burgués en la narrativa dominicana? ¿Y en la novela? ¿Y en el cuento? ¿Es fácil ubicarle en el discurso poético dominicano? ¿Es el personaje principal o protagonista de la narrativa dominicana un sujeto? En un texto narrativo, ¿quiénes, o quién, asumen el papel de sujeto único, múltiple y contradictorio, orientador de la práctica y el sentido de su discurso en contra del Poder,  sus instancias? Individualmente, ¿quién asume ese reto?

Desde la aparición de la primera novela de autor dominicano en 1843 hasta la publicación de la última en 2008, quizá sumen la cantidad de 500, o en todo caso se acerquen a la cantidad de 1000 novelas, si es que les aplicamos el sentido lato, ya que el restringido dejaría la suma muy mal parada.

Pero sea como sea, Giovanni di Pietro hizo en su obra “Quince estudios de novelística dominicana” (Banco Central, 2006) una lista que alcanza la cantidad de 450 novelas. Y de aquella fecha hasta hoy tal vez hayan aparecido más de 50, para elevar el número por encima del medio millar.

Di Pietro no se limitó a la contabilidad, sino que operó, con su método aplicado a algunas novelas, un análisis de contenido que le llevó a determinar el grado de compromiso del autor, a través de uno o más personajes, con el sistema político-social establecido, por ejemplo, en el caso de la dictadura trujillista, la conciliación entre los hacendados o terratenientes, simbolizados por el campo, y los gobernantes personalistas y paternalistas que administran la ciudad, sin que se establezca una oposición entre ambas fracciones de clase, las cuales se necesitan mutuamente para mantener su hegemonía sobre las clases subalternas. Una ideología, la de creerse o aparentar que son campesinos, vela el mecanismo de clase de los hacendados en la novela “Caonex”, de 1949, de J. M. Sanz Lajara, primera de las quince novelas analizadas por Di Pietro.

La aplicación del método analítico lleva a Di Pietro a establecer, en el tipo de novela que estudia, cuatro elementos centrales que aseguran la dominación y cohesión social del sistema político: 1) el respaldo sin fisuras del sistema patriarcal fundamentado en la hacienda; 2) la apología del régimen de Trujillo, o, digo yo, su defensa a través de la figura mayor de la alusión, que no nombra directamente, pero que elogia sin medida; 3) la indiscutible aceptación de la explotación extranjera en los ingenios azucareros del país; y 4) la psicología misma de la novela a través, digo yo, de los mecanismos del narrador o su sustituto, orientados defender  sin piedad y a ultranza todo lo que simbolice o no riqueza y posición social preestablecida.

Estos cuatro elementos confluyen en un determinismo: Según Di Pietro, “todos los personajes que son ricos –en la ficción- y que tienen una posición social preestablecida invariablemente triunfan, pero aquellos que son pobres o no tienen posición, fracasan.” (obra citada, p. 19)

En las obras de ficción, sean novelas o cuentos, escritos durante el período de la era de Trujillo, Di Pietro, o cualquier crítico que aplique este método, encontrará  el mismo resultado. Mi interés es inverso. A partir del concepto de sujeto esbozado más arriba, me interesa ir al encuentro de la obra, sea novela, sea cuento, sea poema o pieza teatral y examinar al sujeto, protagonista o personaje principal a ver si no se ha quedado varado en la acepción tradicional de la revolución que tuvieron los personajes de ficción desde el siglo XIX hasta 1961, fecha de la caída de la dictadura con el asesinato de Trujillo.

La acepción del término revolución era equivalente a desorden, guerra civil, política personalista, ausencia de paz, de progreso, reparto de los puestos públicos a los familiares, amigos y relacionados con el general que ha ascendido al poder para repartir los bienes públicos (patrimonialismo) y mantener a través de pequeñas dádivas la lealtad de quienes le han ayudado a derribar el orden anterior (clientelismo).

La aparición en la narrativa dominicana del concepto de revolución como transformación del orden político fundado en el patrimonialismo y el clientelismo es lo que me interesa como discurso literario de un sujeto en y por el sentido de su discurso. Anejo a este significado del término revolución, o transformación, su equivalente, voy al encuentro de la reafirmación del sujeto, quien apunta a la construcción de un orden nuevo, utópico quizá, donde no exista ni partido único (dictadura) ni la ficción de la voluntad general que en nombre de la mayoría aplasta a la minoría (política del signo).

Por supuesto, si voy al encuentro de la narrativa dominicana y esta no ha dado lo que no posee, me atendré forzosamente a los cuatro elementos del método de Di Pietro, porque tal obra será cerrada, será ideología o propaganda, incluso con o sin plural parsimonioso, concepto aplicado por Roland Barthes al tipo de obra como “Sarrasine”, de Balzac, que no posee una multiplicidad infinita de sentidos, pero sí una pluralidad limitada y, aunque su simbolización plantea ciertas dificultades, como obra será siempre decodificable.

 El concepto de ritmo como organización del sentido de la obra me aporta, como método de la poética, la inseparabilidad entre el contenido nocional (código de la lengua) y la creatividad, lugar donde se sitúan las transformaciones del sujeto a través de y por el poema como crítica del Poder y sus instancias, entre las que se encuentra la más acuciante y sobrecogedora: el cambio de paradigmas literarios nuevos (el ritmo-sentido, la primacía del discurso sobre la lengua) en contra de la anquilosis de la literatura tradicional o artesanal fundada consciente o inconscientemente en la metafísica y la política del signo.

 A través del concepto de sujeto voy en búsqueda de los personajes que en nuestra narrativa apuntan a su autoconciencia. No son  personajes, pues pertenecen a la literatura tradicional y se quedan en la unidad, incapaces de pasar a lo político, lo múltiple y contradictorio en lo social. Hay que indagar en la ficción y la vida si la disidencia está en los personajes o  en otra parte. El crítico debe buscar esa voz, esa escucha, que es antisistema.

 El sujeto o personaje que busco en la ficción y  la vida posee conciencia política,  nacional, de unidad personal o sujeto y de clase.  Con esta última, cada cual sabe qué lugar ocupa en las relaciones sociales de producción y el sujeto sabe que  es político porque mantiene una relación X con el Poder y sus instancias.