El pesimismo catastrófico

José Manuel Guzmán Ibarra
j.guzman.i@codetel.net.do 
Las experiencias que nos conmueven profundamente pueden entenderse como una acción fisiológica. Estudios de la conducta han sugerido que la gente tiene una disposición genética a la felicidad (o por extensión a la infelicidad).

 Muchos analistas y políticos entienden sus experiencias o percepciones como verdades irrefutables, pero ¿si sus experiencias más profundas son intrínsecas a sus neurosis, a sus humores, a su pesimismo biliar, cómo podríamos concluir que sus planteamientos son socialmente enriquecedores?

En el pesimista, decía Cioran, se conjugan una verdad ineficaz y una maldad insatisfecha. Suele el anunciador de las catástrofes orientar sus argumentaciones sobre la base de algunas verdades casi siempre ineficaces. Y a veces, las casandras se esconden en la bondad porque el destino no les ha dado la oportunidad de dar rienda suelta a sus peores instintos.

En nuestro país no vivimos un estado de excepción, y especialmente en esta campaña política tenemos un bostezo más que una emoción. El presente es el menos agitado que recuerde nuestra vida democrática y mucho menos complicado que lo que el plano discursivo opositor plantea. Hay más acuerdos sociales y políticos, más logros y avances y menos alternativas de lo que se quiere hacer creer al elector.

Pesimistas atávicos y malévolos los hay de todos los tipos, los más comunes son los que añoran consensos absolutos, o apuestan a los disensos fatales, o a las contraposiciones rígidas entre buenos y malos, los nuestros y los otros, la URSS y EEUU. Los que tienen en su boca a Juan Bosch, a Peña Gómez post mortem, sepultureros que apuestan lo que no siguieron cuando era propuesta viva. En fin, los hay muy variados pero con una característica común: ansían la catástrofe para validar su pensamiento.

La política ya no es esa. Hoy hay que aprender a llevarse bien con el futuro. La catástrofe ya no es nuestro escenario.