El poder para insultar

TEÓFILO QUICO TABAR
tabasa1@hotmail.com
Uno no sabe que piensan algunos funcionarios cuando desde los cargos que les ofrece el poder político, además de cometer desmanes, utilizan frases y métodos para herir, insultar, agredir, bajo una supuesta grandeza que les da esa oportunidad momentánea, obnubilados por la aureola que a su alrededor se crea, olvidando que mañana ya no estarán.

Que otros ocuparán sus lugares y que los mismos que hoy les taconean y los encumbran, lo harán con los que lleguen y con mucho más fuerza, porque forma parte de la naturaleza humana que rodea el poder

El poder no es para insultar, ni para agredir, sino para hacer las cosas a las cuales están obligados por las leyes y los reglamentos. Para construir no solo cosas que contribuyan al bienestar material de las personas, sino para levantar edificios de moralidad, de buenas conductas, enseñanzas, cordialidad y armonía entre los ciudadanos.

La mayoría de la gente rechaza los insultos y los desenfados de los funcionarios de segundo o tercer nivel y de los propios presidentes, porque no tienen derecho a tratar de aplastar a ciudadanos, no importa su categoría.

Muchos políticos cuando están en el poder, pierden el sentido común y no son capaces de entender que el gobierno no es una parcela privada de un partido, ni siquiera de una confederación de partidos o de agrupados. Ningún funcionario, ni siquiera el Presidente puede ni debe utilizar el gobierno con todo lo que el representa y aporta, para su beneficio, sea este personal o político. La Junta Central Electoral, el Congreso, la Suprema Corte de Justicia o la sociedad a través de sus organizaciones, deberían tener las fuerzas suficientes para actuar cuando cualquier funcionario cometa no solo acciones fuera de lo ético o moral, sino cuando trate incluso de ofender a ciudadanos con acciones o expresiones.

Lamentablemente personas que simpatizan con el gobierno de turno, cuando oyen esas cosas que ocurren, en las que funcionarios, considerándose por encima de los demás violentan las normas de la prudencia para insultar a otros, hasta les hacen gracia, especialmente si de alguna forma están recibiendo compensaciones privilegiadas.

Un país que vive en medio de campañas políticas, arremolinado por los problemas que cada día crecen sin verse las soluciones, por lo menos debería recibir de los que gobiernan, aunque no resuelvan la mayoría de los problemas, una conducta sana, prudente y humilde, jamás irreverente, desenfadada y prepotente.