El prestigio de Roberto Cassá

ÁNGELA PEÑA
Como la administración pública en la República Dominicana está tan politizada, a pocos funcionarios se les reconoce su preparación y su eficiencia. Se entiende que el cargo es un premio a sus servicios partidarios, a su militancia. Y aunque en la mayoría de los casos esa es la triste realidad, hay excepciones hermosas que hay que honrar. Gobernantes del terruño piensan que con el nombramiento ya cumplieron y jamás se interesan por el trabajo del recién designado. Al que es político no le importa esta marginalidad oficial porque su fin principal no es servir sino beneficiarse de la posición, tener, además de un jugoso salario, todas las ventajas adicionales que representa estar arriba.   

Invaden instituciones, protestan en la casa de Gobierno, caen atrás a secretarios de Estado y jefes de personal exigiendo colocación que entienden merecida por su lealtad al partido, seguros de que no encontrarán fácilmente empleo en el sector privado ya que sólo han hecho carrera siguiendo el paso a los candidatos.

Ese no es el caso de Roberto Cassá, un ícono de la historia dominicana, del cual este Gobierno debe sentir orgullo porque su nombre y su figura prestigian cualquier administración. Cuando aceptó la función de director del Archivo General de la Nación todos los que lo conocen reaccionaron sorprendidos y sólo comprendieron su decisión por el manifiesto y público deseo de salvar ese organismo, demostrado en el valioso diagnóstico que se empeñó en preparar junto a otros colegas.

El Archivo lo dejaron caer. La condición de su acervo es deplorable. Cualquiera le sale huyendo en vez de querer echarse encima ese muerto, si tiene un poco de seriedad y de vergüenza, porque justamente la indolencia de sus antiguos directores y la indiferencia de otros gobernantes, permitieron ese crimen contra la memoria histórica nacional.

El trabajo de Roberto Cassá como historiador, académico, docente, es incomparable. Es de los escasos dominicanos a los que personalmente no se le pueden señalar conductas censurables. Su presencia infunde un respeto que él se ha ganado con un trabajo innovador, incansable, calificado, digno. No andaba arrebatando ese puesto que le resta, en vez de representarle ganancias materiales o políticas que no persigue, ni necesita, ni le interesan. No es atrevido decir que aquí hay pocos intelectuales que puedan compararse a Cassá en cuanto a moral y principios.

Es una reserva de ética, un acopio humano de conocimientos ante el que todos deberían inclinarse reverentes. Por eso pienso que este Gobierno resultó premiado con el sí de este ser humano excepcional para ocupar ese cargo que es más dolor de cabeza y duro reto –si no se es un charlatán- que distinción.

En círculos históricos se comenta que el presidente Leonel Fernández está interesado en rescatar el Archivo General de la Nación y que respaldará los proyectos de este nuevo director que levanta también el renombre de este organismo convertido en cenicienta por la desidia cómplice de investigadores, historiógrafos, estudiantes, empleados, ejecutivos y gobiernos. Por lo pronto, el Archivo está prácticamente igualito, precario, estrecho, destruido, saqueado. De nuevo sólo tiene el entusiasmo y la disposición por salvarlo que han contagiado los nuevos incumbentes. Ojalá que les respondan. A cumplir esa misión fueron ellos, aunque les signifique sacrificios y toda la paciencia del mundo soportar la cruel verdad de dirigir un cargo público, más triste aún si el puesto es el de director del menospreciado, olvidado y nunca bien ponderado Archivo General de la Nación.