El pueblo dominicano de Harry Hoetink

FERNANDO I. FERRÁN
La obra del sociólogo holandés Harry Hoetink: El pueblo dominicano 1850-1900. Apuntes para su sociología histórica, se convirtió en mi verdadero libro de cabecera durante la década de los setenta. Releyéndolo hace unos días, como discreto tributo tras su reciente muerte, descubrí una clave indispensable para trazar la continuidad de la sociedad dominicana a lo largo de más de un siglo de profundas transformaciones.

En efecto, durante los años 1850-1900 predominó en el país una población siempre inferior al medio millón de personas, agrupada en dos focos poblacionales principales: Santiago y Santo Domingo. Cada uno de estos centros poblacionales estaba rodeado de variadas regiones agropecuarias. En el este y en el oeste predominaban las empresas ganaderas, que exigían poca mano de obra. La agricultura migratoria y el cultivo del tabaco se expandían en el Cibao, donde en breve el cacao y el café experimentarían un pujante crecimiento. Pero fueron finalmente las inversiones en la industria azucarera las que revolucionaron la estructura agraria, principalmente en el sur del país.

Del surgimiento de los centrales azucareros produciendo para el mercado internacional, con uso intensivo de capital y de mano de obra, se siguió toda una serie de transformaciones cuidadosamente tratadas en la obra de Hoetink: desde la desintegración de los ejidos y el incremento del valor de la tierra, pasando por los cambios en las estructuras de poder, hasta el auge de actividades económicas innovadoras e incluso la paulatina transición del foco económico del Cibao hacia el sur del país y de Europa hacia Estados Unidos. 

Ahora bien, ¿cuál fue el factor constante a través de todas esas transformaciones, el que mantuvo la vigencia de dos sociedades yuxtapuestas: la cibaeña, con su democracia socioeconómica y su liberalismo político, y la sureña, con su desigualdad social y su instinto político más conservador?

De corte weberiano, la respuesta de Hoetink no se hizo esperar: “La estructura de autoridad patrimonial”. En función de ésta, la frontera entre los recursos propios o particulares de cualquier gobernante, funcionario o propietario, de un lado, y del otro las finanzas estatales, familiares o empresariales, pasa a ser vaga, fluida y con frecuencia inexistente. De ahí que “la idea de corrupción, cuya definición se basa usualmente en la separación entre los medios públicos y privados, es difícilmente utilizable en una estructura semejante”.

En dicho contexto estructural toma relieve la afirmación de Bonó, citada por Hoetink: “El fondo de nuestro carácter nacional lo constituye el particularismo, el individualismo”. Este carácter individualista cedió continuamente el paso al poder de caudillos y déspotas, y obstaculizó así la consolidación de instituciones y el surgimiento de normas universales de carácter impersonal, no coyuntural. 

Ningún personaje de esos años ejemplificó mejor ese complejo de cosas que Ulises Heureaux. Hoetink pone de relieve cómo su sistema de favores y de toma de decisiones unipersonales, consuetudinario de por sí a la experiencia ciudadana dominicana, se extendió hasta el último resquicio de la vida nacional. La situación llegó a tal extremo que incluso la independencia de la justicia siempre estuvo amenazada por “la intervención de terceras personas, que había sido observable desde la creación de la República”.

De regreso al presente, en los albores ya del siglo XXI, todos y cada uno de nosotros somos testigos de cargo pues, el rasgo cultural identificado por Hoetink perdura tal cual hasta nuestros días. Entiéndase bien, se ha reproducido de manera independiente a la organización económica y la estratificación social dominantes que fomentó en República Dominicana durante los años 1850-1900. Debido a esa permanencia, la transformación y subsiguiente modernización de la sociedad dominicana sigue estando amenazada por redes sociales —partidistas, empresariales o meramente familiares—, basadas en relaciones tipo patrón-cliente, con un horizonte ideológico incapaz de sustentar instituciones democráticas por medio de la eliminación del individualismo y la supresión de la corrupción.

Harry Hoetink expuso magistralmente el pasado de esa situación en El Pueblo Dominicano. Nos toca a nosotros descubrir ahora cómo sobreponernos y dejar atrás tan lacerante realidad.