El quid de muchas inversiones públicas

SAMUEL SANTANA
Se cuenta que en una ocasión Rafael Leonidas Trujillo tenía gran interés de ver a Joaquín Balaguer para tratarle un asunto que le inquietaba en gran manera. Su chofer lo condujo hasta una casa cuya característica carecía de todo lo que pudiera significar ostentación o lujo. Como Balaguer se dilató un poco en presentarse, la espera le sirvió a Trujillo para inspeccionar un tanto el lugar donde se encontraba.

Le pareció tan sencillo todo aquello que le preguntó a su chofer si estaba seguro de que se encontraban en el lugar correcto. Su inquietud se calmó sólo cuando la figura del doctor Balaguer emergió desde una habitación.

Pocos días después, Trujillo dispuso que a Balaguer se le construyera una casa digna de un funcionario de su gobierno.

Sin embargo, el Doctor se presentó ante el ingeniero encargado de la obra y puso en sus manos una cierta cantidad de dinero dentro de una funda.

Balaguer no quería recibir nada gratuito de manos del Jefe y, mucho menos, del Estado.

La decisión de Trujillo estuvo motivada por lo que ha sido siempre una actitud muy común dentro del entorno político de nuestro país.

En nuestro país se piensa que el Estado es una hacienda de la que se debe beneficiar todo el mundo de manera caprichosa.

Esa es la razón por la cual los recursos del erario público se manejan bajo el criterio del beneficio propio y de la complacencia.

Aquí comúnmente las inversiones se hacen tomando en consideración uno de dos criterios: qué tanto se puede desviar para las arcas personales o qué beneficio político se puede obtener.

Por eso uno ve que se levantan obras sin que exista prioridad para ellas y sin que se cumplan los más mínimos procedimientos escrupulosos.

El afán de cosechar frutos políticos y de perpetuarse en la memoria del pueblo lleva a que se levanten proyectos faraónicos que luego son abandonados, olvidados, opacados y, en ocasiones, derribados por gestiones futuras que buscan espacio para si solas.

Dentro de nuestro Estado hemos visto en más de una ocasión que cuando a un funcionario se le mete en la cabeza que debe realizarse un proyecto cualquiera, sin importar los recursos astronómicos a invertir, lo han hecho aún cuando se han levantado torbellinos de opiniones en contra.

Cuando se llega al poder, la estrategia es buscar inmediatamente las factibilidades para el levantamiento de obras donde se pueda invertir dinero, pero dinero en cantidad. Y si el mismo Estado carece de recursos,

pues entonces se acuden a los traumáticos prestamos internacionales.

Luego uno ve como los proyectos empiezan a repartirse entre amigos que, a su vez, los otorgan a quienes están comprometidos con el partido y que comprenden muy bien la mecánica del asunto con los márgenes jugosos de beneficios.

El resultado de esta práctica corrupta, odiosa y repugnante es evidente por doquier: proyectos subvaluados, viciados y abandonados.

Esta tendencia ambiciosa ha hecho que los funcionarios no tengan la vocación de cuidar, habilitar, reparar, equipar, ampliar ni modernizar lo que ya existe.

Sólo esto explica porque dentro del Estado los políticos se afanan por las posiciones donde hay presupuestos jugosos y donde hay licencia para diseñar proyectos que demandan inversiones.

Hay posiciones que la gente iría a ellas gustosamente sin que les paguen un centavo, sólo como simples servidores honoríficos.

Total, el salario lo único que sirve es para perturbar un poco al no poderse hacer un cotejo equitativo entre lo devengado y lo que se tiene al poco tiempo o al dejar el cargo. Por eso siempre existe una gran evasiva entre los funcionarios a presentar los patrimonios antes de llegar a la administración pública.

La convicción generalizada es que las posiciones altas dentro del Estado permiten el cambio meteórico en el estatus económico de las personas.

Las discreciones caprichosas que se dan con los recursos es lo que permite explicar cómo individuos que llegaron ayer a la administración pública sin nada, hoy tienen fuertes sumas de dinero en bancos nacionales y extranjeros, casas familiares y veraniegas lujosas, fincas y autos potentes, entre otras cosas más.