El rechazo al mantenimiento

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
Con bombos y platillos las autoridades llevaron más de $200 millones de pesos en equipos y avituallamiento al hospital José María Cabral y Báez de Santiago como un acto de contrición por el tiempo que dicho centro de salud había permanecido abandonado por los gobiernos y en las vísperas de los desembolsos para terminar los trabajos del hospital regional con el cual el gobierno contribuirá con $25 millones de dólares.

Tal acción de las autoridades de Salud Pública revela la constante de la conducta de los burócratas criollos, que no se ocupan de proporcionarle mantenimiento a las obras existentes, y las mismas se convierten en pocilgas inadecuadas para su uso, o en carreteras llenas de hoyos y zanjas, más cuando llueve, que se tornan intransitables.

Todos los dominicanos que llegan a un cargo público borran de su léxico la palabra mantenimiento, ya que invertir en el cuido de la infraestructura nacional no proporciona grandes gratificaciones, como es la inauguración de una nueva obra, en donde el reparto de comisiones contribuye a que la corrupción sea imbatible en los predios públicos.

Ya vemos cómo con la carretera Duarte se ha tenido que recurrir a un billonario contrato de recapado de la superficie deteriorada, que en el tramo de La Cumbre a Villa Altagracia ha sido concluida, pero ya presenta baches. Aparte de que se descontinuó el servicio de limpieza de las cunetas de drenaje que realizaban las Fuerzas Armadas, que supervisaban las brigadas de civiles, que unas 10, mantenían limpias todas las cunetas y contribuía a que el agua circulara con fluidez por sus lechos. Ahora ocurre lo contrario y los frecuentes aguaceros de la estación veraniega han llenado las cunetas de lodo que ya corren por la superficie de rodadura y provocan severos accidentes de tránsito.

Durante el período de 1996 al 2000, cuando el PLD fue gobierno por primera vez, se puso mucha atención al mantenimiento, y en poco tiempo se vio como se corregían situaciones críticas en muchas dependencias públicas. Pero ahora, un año después de instalado el nuevo gobierno del PLD, se observa una gran lentitud para ponerle atención a las obras, en donde los reclamos de las comunidades, cuando el presidente las visitaba en sus viajes a las provincias, era que le reconstruyeran caminos, carreteras, calles, acueductos, hospitales, escuelas, etc. Y tal cosa no lleva la rapidez que ameritan las circunstancias. Las quejas son permanentes donde las comunidades necesitan realizar huelgas incendiarias para que se les oiga y se reparen, principalmente los acueductos, las calles o los caminos vecinales.

El presidente Fernández, en sus primeras visitas a las provincias de la frontera para conocer de sus necesidades, se comprometió a contribuir al mantenimiento ya fuera por encima de las restricciones del FMI, pero hasta la fecha varios meses después, nada se ha iniciado y los mismos problemas se han agravado e incluso las inversiones son ahora mayores. En igual descuido se encuentran las cárceles, pero nadie se acuerda de ellas aun cuando la Procuraduría General de la República ha emprendido un ambicioso programa de recuperación de esos recintos carcelarios, que al menos le devolverá dignidad a los reclusos, los cuales conviven en condiciones extremas de insalubridad con las aguas negras corriendo por dentro de las celdas o en contacto con el agua de las cisternas que es para el consumo y uso de los presos y del servicio de custodia de las cárceles.

Donde el descuido de la burocracia oficial es emblemática, es con el caso del puente Duarte; después de varios años de trabajos de rehabilitación es ahora cuando se ven signos de que se concluirá la reconstrucción con sus trabajos que han sido muy accidentados en su continuidad, permitiendo que rollos de cables de acero de gran valor se deterioraran sin poder restacarse; ha sido necesario reemplazarlos para cumplir con los requisitos de seguridad. Incluso los elevados dan señales de deterioro en sus uniones, donde la separación de las losas es notoria y causa tropezones incómodos a los vehículos en circulación, así como en los drenajes de esos elevados, que por no limpiarse, se han ido desprendiendo llenándose de helechos y el agua cae a raudales sobre los vehículos que circulan por debajo. En fin que la burocracia es enemiga del mantenimiento de las obras públicas, y por alguna consigna secreta, prefieren que se destruyan para luego invertir sumas millonarias como ocurrió con el club de empleados de la superintendencia de Seguros, que en manos del sindicato de los maestros en la administración anterior, lo había convertido en ruinas y fue necesario invertir una elevada suma para su rescate.