El reeleccionismo de Horacio redujo prosperidad

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En los primeros tres años del gobierno de Horacio Vásquez, 1924-27, el país vivió uno de sus mejores momentos, ya que las actividades productivas se diseminaron por todo el territorio. El orden y la tranquilidad política imperó en todas las ciudades y las obras de infraestructura llegaron a los lugares más apartados. Esta prosperidad comenzó a disminuir tan pronto colaboradores del presidente abrazaron la iniciativa de prolongar su mandato, y más adelante impusieron, a través de maniobras legislativas, la repostulación del viejo caudillo.

A los errores del hombre que era reputado como “Padre de la Tercera República” se agregó la madre naturaleza, como si fuera un intento aleccionador a sus desmedidas ambiciones políticas. A principios de 1928 una prolongada sequia azotó terriblemente la agropecuaria nacional y las cosechas de los principales productos de exportación (cacao y tabaco), sufrieron considerablemente. El malestar se completó en noviembre con un devastador período de lluvias e inundaciones que causaron enormes daños en todas las regiones del país. El Gobierno sufrió pérdidas muy fuertes por la destrucción de canales de riego, carreteras, puentes, escuelas y otras infraestructuras, daños que fueron estimados en varios cientos de miles de dólares. Las pérdidas a la propiedad privada pasaron del medio millón de dólares.

En ese mismo período se venía observando un marcado descenso en las recaudaciones de aduanas, y al finalizar el año 1928 los ingresos fueron de $5.2 millones, que representó una reducción de $600 mil en comparación con el anterior 1927. Como participación de las recaudaciones aduanales (las aduanas estaban intervenidas) al gobierno dominicano le correspondió alrededor de tres millones y medio de pesos. En síntesis, las operaciones fiscales de 1928 terminaron con un fuerte déficit que las autoridades monetarias transformaron, como por arte de magia, en un superávit de más de un millón de pesos.

A principios del mismo 1928, cuando empezó a sentirse el espectro de la ampliación del mandato de Horacio, el Gobierno puso en circulación una segunda emisión de bonos de la República por un valor de cinco millones de pesos, autorizada por un empréstito de $10 millones consignado en la ley de presupuesto. Del total de ese préstamo, al 31 de marzo (tres meses) se había gastado más de la mitad, exactamente $5,554,210; un mes después esta cifra subió a $6.2 millones, y al 30 de noviembre llegó a ocho millones 300 mil pesos. En diciembre los fondos del empréstito se encontraban en vías de agotamiento, lo que evidencia el ritmo acelerado en el manejo de ese dinero.

El gobierno de Vásquez se había embarcado en un colosal programa de obras públicas, que se reputó como provechoso para el desarrollo del país. La generalidad de la población y autoridades del gobierno norteamericano cuestionaron la extravagancia, el despilfarro, el peculado y hasta la inadecuada administración o dirección técnica de algunas de las construcciones concebidas. Se entendía que con los recursos disponibles pudo haberse hecho mucho más si hubiese habido más eficiencia y honestidad. De todas maneras, algunas indelicadezas cometidas por funcionarios no pudieron opacar ni marginar las obras permanentes de utilidad pública que hizo el Gobierno: escuelas, carreteras, puentes, acueductos, trabajos portuarios, saneamiento de terrenos, etc.

En el ámbito material el país había dado un gran paso de avance. La experiencia del momento no sirvió de nada a los dirigentes de la cosa pública. Los legisladores, por ignorancia o irresponsabilidad, continuaron como si tal cosa, asignando cuantiosas sumas de dinero para fantásticos proyectos que no tenían urgencia. Dispusieron $125,000.00 para la creación de una escuela de aviación militar en la que el jefe del Ejercito, el general Rafael L .Trujillo, estaba personalmente interesado. El propio presidente del Senado, Lic. Gustavo Díaz, quien por su posición principalísima debió imponer el buen ejemplo, fue el autor de otro proyecto que no prosperó para la construcción de un Palacio de Gobierno que en esos momentos no hacía falta. Trujillo lo construyó 14 años después, obra que fue responsabilidad del arquitecto Armando Dª Alessandro.

En el curso del indicado año 1928, mediante enmiendas a la Ley de Gastos Públicos, los mismos legisladores autorizaron asignaciones adicionales por valor de $1.6 millones, mientras los ingresos declinaban. Fue a finales de diciembre cuando el Gobierno dio muestras de preocupación y algunas medidas de economía fueron puestas en práctica por forzosa necesidad, como la paralización de obras de poca prioridad, clausuras de oficinas consulares, subsecretarias de Estado, ayudantías de la Presidencia, control en el uso de vehículos oficiales, etc.

Otro ejemplo de la manera sinuosa y alegre como se manejaban los recursos públicos en la administración de Vásquez lo constituye la compra de un cargamento de 2,000 rifles para el Ejército. Conforme informaciones confidenciales servidas por una persona que conocía la pobre calidad de las armas, el Presidente autorizó un pedido primario de no más de 200 unidades. Cuando el cargamento se recibió se pudo apreciar la pésima calidad en que se encontraban las armas. Se reveló luego que los rifles habían sido manufacturados en Inglaterra en el año 1893, y modificados y actualizados 18 años después.

Se divulgó también que cada rifle, con 1,000 tiros, no costaba más de $25 en Londres y al gobierno se lo cargaron a $277 cada uno, lo que representa una diferencia negativa para el fisco de $252 por unidad.

Tiempos después un grupo de congresistas tuvo la osadía de acercarse al Presidente con la insólita proposición de apoyarlo decididamente en su reelección para las elecciones de 1930, si el gobernante les aseguraba sus escaños en el Congreso o posiciones de similar importancia en la nueva administración.

Posteriormente pretendieron sustraerse del proyecto de reducción de un 20 por ciento en los sueldos públicos, haciendo excepción de sus salarios y los del Presidente y Vicepresidente de la República. Esta “vagabundería”, como la calificó el propio Horacio, no prosperó. ¡Pensar que eran estos hombres los que representaban al pueblo en las cámaras y a quienes se había confiado el destino de la Tercera República!.
Esas iniquidades políticas y sociales, ocurridas hace casi un siglo, persisten en nuestros días como una realidad perturbadora que debe extirparse para siempre.