El respeto, un eslabón perdido

MARIEN ARISTY CAPITÁN
Era una noche fría. Llovía afuera, como si el cielo llorara nuestra desgracia, y nosotros hablábamos de los mil problemas que tenemos en estos momentos. Fue entonces que el dolor se hizo con mi alma: descubrí que, por más que intentemos justificarnos, nosotros somos los únicos culpables de todo lo que nos pasa. Hemos sido nosotros, y no nuestros vecinos, los que hemos hecho de esta sociedad un estercolero que nos estorba. Y es que, ¿no hemos sido nosotros los que hemos hecho de las leyes un mamotreto inservible?

Tan descarados hemos sido que llegamos a perdonar, con una desidia que mete miedo, los mayores crímenes contra el pueblo y la sociedad. Por eso en los tribunales se incidentan los casos: aquí los principales delitos perimen cuando han pasado diez años.

No importa si se roba al Estado, si se asesina a quien fuere, si se abusa de un menor o se viola a una mujer… si pasan diez años no habrá condena posible.

A eso le debemos sumar el fracaso del modelo familiar. Antes, en nuestra generación, los padres nos formaban para el bien y el respeto. No se nos ocurría fallar, por aquello del temor y el deber, y siempre hilábamos fino.

Aunque no estoy de acuerdo con el terror como fórmula para educar, hoy reconozco con pesar que ese miedo que sentíamos ante nuestros padres fue muy positivo para nosotros: como no queríamos enfrentarles, hacíamos lo que teníamos que hacer.

Con esto no quiero decir que la relación con mis padres fuera mala. Lo que quiero subrayar es que, a pesar de que siempre he sido un espíritu rebelde, nunca me atreví a rebasar ciertas fronteras.

Esos controles, que me sonaban tan pesados, forjaron mi personalidad. Pero no yo viví bajo el yugo familiar, escuchando sermones y eternas peroratas que me enseñaron a ser mejor persona: varias generaciones crecimos así.

Lo que no entiendo fue cómo cambiamos. ¿Será acaso la modernidad, fue la desidia o el exceso de permisividad? Algo pasó en el camino, no sé qué, pero lo cierto es que perdimos la esencia de la decencia.

Lo más triste es que la hemos perdido en todo el sentido de la palabra. Vale ver la selva en la que tenemos que transitar cada día: nadie respeta los semáforos, las calles de una vía, las prohibiciones para doblar o el orden de los carriles… lo importante es meterse a cómo dar, llevándose al otro por delante, para poder llegar cuanto antes.

Ese es un simple reflejo de lo que somos como sociedad: egoístas, insensibles y, sobre todo, abusadores. Sí, aunque suene duro, el abuso forma parte de nuestra cotidianidad.  Abusamos del Estado, al burlarle con el pago de los impuestos y servirnos de él; abusamos del vecino, al querer que él pague las cuotas que nos corresponden; abusamos de los niños, al gastar en un metro pero no darle escuelas en condiciones; abusamos de los enfermos, al no preocuparnos por los hospitales; abusamos de la honestidad, al saltarnos todas las reglas y salir airosos porque a nadie le importa reclamarnos.

Ante lo que está pasando, urge que miremos hacia atrás: debemos involucionar. Tenemos que regresar a las raíces, reencontrándonos con aquella educación en la que los padres y hasta los vecinos tenían derecho a limitarnos; tenemos que hacer de la ley una sentencia y no un relajo; tenemos que conseguir que la vida vuelva a tener valor y que los sicarios dejen de actuar sin que nadie les ponga coto.

Es vital que revolucionemos a las próximas generaciones. No puede ser posible que la gente siga muriendo por hacer el bien o que tengamos miedo de actuar correctamente porque a alguien le puede caer mal. Revisémonos como Nación y hurguemos en el baúl de los recuerdos para buscar, en el pasado, el eslabón que perdimos y que tanto necesitamos para recomponernos y dejar de sentirnos culpables por lo que no estamos haciendo.