El retorno de una de las nuestras

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MARIANNE DE TOLENTINO
Pocos eventos causan tanta satisfacción como el conjunto de pinturas e instalación presentadas por Luz Severino en el Museo de Arte Moderno, empezando por el hecho de que es un montaje excelente en el sótano – un óptimo espacio para las exposiciones individuales y ahora perfectamente aprovechado-.

Este es un acontecimiento que celebra el retorno de una artista, justamente perfilada por Amable López como “una de las pintoras contemporáneas dominicanas de mayor respeto y proyección a nivel internacional”.  La artista pasó siete años sin exponer en el país y, pese a las noticias de su exitosa y permanente actividad en el exterior, nos sentíamos intrigados… y ansiosos de reencontrar a una personalidad a la vez (demasiado) discreta y sobresaliente en el arte dominicano de hoy.

Luz Severino ha manifestado siempre una inquietud experimental -y lo sigue haciendo- en el proceso pictórico, expresando en sus investigaciones plásticas un contenido a la vez humano, social e histórico. No olvidamos sus “Gritos de plantaciones”.

La exposición.   Hay exposiciones que agreden negativa o positivamente al espectador desde que  penetra en el recinto. No sucede con Luz Severino, que atrae lenta y sigilosamente a su entorno, el que pronto se convierte en un mundo envolvente, no desprovisto de correspondencias sonoras a manera de un andante mozartiano. La música siempre ha formado parte de sus estados de ánimo, trascendidos al lienzo.

Nos dejamos llevar, más allá de una contemplación individual, por un potencial de sugestión donde el susurro íntimo se funde con un grito multitudinario. El sentimiento  -concretamente velado-, en vez de disolverse a través de la factura, asciende insidiosamente, y, desgarrando sucesivas capas blanquecinas, las corporeidades o los rostros, dispuestos en línea transcriben los pesares de la gente. Nuevamente una elegía mana del lirismo poderoso de Luz Severino.

La luz se desliza, cual claridad mediatizada antes de la tempestad, sobre esas siluetas, vueltas borrosas y cargadas de incertidumbre que se hincan en fila, aguardando el presente y el porvenir. Los “Rostros de inocentes” se convierten en metáfora de la (des)esperanza.  Los que están inmersos ya en el “Hoyo” toman una posición de vigilia, de resistencia o de resignación, acordando con nuestra lectura y diferentes versiones de los personajes, según estén más o menos velados. 

Definitivamente, Luz Severino es una de nuestras pintoras más adscritas al Expresionismo, a su emoción, a sus acentos militantes, a sus cuestionamientos. Pero al mismo tiempo, dominando la construcción del cuadro, coloca sólidamente su escritura (la hay también en la acepción propia y un crayón exaltado) en  un espacio de cuadriculación y geometría sensible. Así consigue un clima y clímax pictórico inconfundible, quedando además en las orillas del no figurativo. Las esculturas de hierro –muy interesantes y a seguir- son la metamorfosis, salieron del hoyo y el encierro.

Los quejidos se  endurecieron, y su rigidez tridimensional está lista para la confrontación… o la persistencia masiva del avasallamiento.

Dominique Berthet, extraordinario teórico del arte caribeño, ha dedicado a Luz Severino un exhaustivo ensayo, que -como todo lo que él escribe- es un modelo en el género.

Sea nuestra conclusión algunas de sus palabras: “Revelar sin desvelar demasiado, tal parece ser la posición adoptada por la artista. Así estas obras reenvían a tres registros: lo no visto, lo sugerido, lo identificable”.

EL PROTAGONISTA

Luz Severino

Artista plástica

Trayectoria.  Residente en Martinica, estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes y  se graduó de Ingeniero Civil en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. En 1986 comenzó sus estudios de grabado en la Liga de Estudiantes de Arte en Nueva York, Estados Unidos y continuó su aprendizaje artístico estudiando grabado sobre metal con el profesor español Juan Ramón Dura en Bogotá, Colombia. Ha realizado numerosas  exposiciones individuales.