El semi retiro del  orejero

Recientemente nos topamos en una sala de cine con un amigo, que en años juveniles cogió merecida fama por buscar oportunidades para brechar anatomías femeninas desprovistas del impedimento visual de la vestimenta.

El casi septuagenario voyerista me confesó que todavía aprovecha las acechanzas eróticas que no conllevan afanes ni riesgos.

– La admiración ilimitada contenida en el hombre que la acecha, ha llevado a muchas féminas a involucrarse románticamente con el brechador, y lo digo por propia experiencia. Varias de mis orejeadas estuvieron dispuestas a casarse conmigo, pero durante años me negué a cargar la cruz matrimonial- dijo el amigo, casado con una arquitecta, con la cual no ha tenido hijos.

-¿Tu esposa pertenece al grupo de las previamente acechadas?- pregunté, picado por una irreprimible curiosidad.

– No, porque  la conocí ya metido en la cincuentena de la edad biológica, y estaba en un semiretiro de mi afición brechil. Le llevo veintidós años a mi mujer, y súmale a eso que casi me mantiene de un todo, porque lo que tengo es una pensioncita de ex empleado público de quinta categoría. Ella pica bien con su profesión, algo  merecido, porque para eso se quemó las pestañas, mientras yo dediqué mi juventud a embicarme de cerveza y ron, además de  brechar.

Hablaba sin manifestaciones de arrepentimiento, y  con mal disimulado regocijo.

-Por orejero- continuó- me dispararon con armas de distinto calibre en más de una ocasión, me tiraron orines, y me insultaron con los peores epítetos; una vez me dieron una pedrada en la parte trasera de la azotea pensante que me hizo perder brevemente el conocimiento. Pero también gané dinero vendiendo brechas,  y estableciendo provechosas enllavaduras con ricachones que compartían esa placentera afición.

A medida que avanzaba en su exposición, el orgullo iba ocupando en su rostro el lugar de la contentura frenada.

– La expresión más elevada del machazo es el brechero auténtico. Te lo digo porque dejé de acechar a un mujerón en el baño, cuando el marido cogió la costumbre de ducharse con ella; mientras, conozco hombres mujeriegos que me han dicho que serían capaces de entrar en jugada con algunos maridos si les prestaran las esposas. Eso demuestra que como brechero, soy más macho que esos mujeriegos.

Me despedí del semi retirado visualizador de femeninas desnudeces, temeroso de que me convenciera con sus argumentos de experimentado promotor del antiquísimo pasatiempo.