El Señor Perogrullo, su sapiencia y su orgullo

El Señor Perogrullo, su sapiencia y su orgullo

No recuerdo a pariente alguno que se llamase Pedro Grullón, aunque tengo excelentes relaciones con los primos de esa ascendencia. Se dice que existió un tal Pedro Grullo, a quien le decían Pero Grullo o Perogrullo. Tenía fama de ser simplón, con la particularidad de que engolaba la voz como si hablase grandezas. No es poco común que la simplicidad mental y el orgullo vayan juntos. En San Francisco había tipos semi analfabetos que usando “palabras domingueras”, o frases grandilocuentes, pasaban por hombres instruidos, especialmente porque tenían apellido de clase.

En Santiago, el poeta y folclorista Tomás Morel refería las ocurrencias de un oligarca amigo suyo, a quien Tomás le puso el mote de Perogrullo, porque “todo lo que usted le decía, ya él lo sabía”. Cuando era estudiante en Nueva York, un anciano vecino a quien conocíamos como Mister Henry, aseveraba que abundaban los dominicanos que hablaban con “autoridad” de cosas que apenas conocían. Pero querer saber, o aparentarlo, no es cosa de ahora ni de los dominicanos. Intelectuales y hombres de ciencia de todo lugar y época han tendido a ser orgullosos de su saber; debido a sus egos inflados de vanidad y auto complacencia olvidan a sus buenos maestros.

Presumen de que explicar un fenómeno o un aspecto de la realidad equivale a decodificar un misterio, a desmitificar y exorcizar lo analizado. Como si mediante entender un hecho tuviesen un supuesto derecho a prescindir de la existencia del autor y hasta de la causa eficiente y última de las cosas.

Freud se deshace de Dios mediante su proposición teorética de que el hombre adulto proyecta la relación con su padre para inventarse un dios. Sin considerar que la hipótesis contraria es igualmente plausible: O sea, que el adulto tiende a ignorar o desterrar a Dios, para matar simbólicamente a su padre (RAP).

No pocos de estos sabios pretenden ganar libertad absoluta eliminando a Dios y toda autoridad que no venga del hombre mismo, mediante la “luz de su entendimiento”. El niño aprendiendo un juego, ya no desea que el padre continúe enseñándole; el alumno orgulloso menosprecia al maestro una vez que “comprende”.

Matar a Dios es uno de los juegos mentales más comunes en el desarrollo del saber humano. El acto de entender, en ese sentido, es siempre una ilusión de liberación del que aprende respecto de sus mentores y guías. El alumno supera al maestro, lo “mata”, simbólicamente, librándose de él. Para asegurarse de la muerte de Dios, cuales políticos respecto de sus adversarios, esos sabios suelen forzar su liderazgo sobre sus pupilos.

Mediante derechos clubes auto bombo y apoyo mutuo, cuales logias, excluyen a los colegas de que no pertenecen. Autores de ciencia afines, actuando dentro de compartimientos estancos, desconocen a sus colegas de disciplinas fronterizos. Consecuentemente, el público es meramente un vasallaje con solo derecho a aplaudir. En el proceso, a Dios se le minimiza o se le roba la autoría. O se le mata, imaginan, definitivamente.

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