El tiempo: enemigo principal

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De diversas maneras, el presidente Leonel Fernández ha dado a entender que el enemigo principal de la economía nacional es el precio del petróleo. No obstante, parece no darle toda la importancia que merece al otro componente que convierte a los hidrocarburos en sustancia explosiva sumamente peligrosa. Esto es, el tiempo. Leonel da la impresión de creer que puede demorar cuanto quiera en la toma de medidas para asimilar el brutal golpe de la crisis mundial que ya está en marcha. Y no es así.

El tiempo es un factor determinante para asimilar los golpes que nos vienen encima tanto por factores externos como por los despilfarros internos. Si los administradores del Estado siguen dándole largas al asunto, creyendo que con las posposiciones de las medidas salen fiscalmente gananciosos, podrían llevarse el susto de sus vidas, caer en su propia trampa y arrastrarnos a todos hacia el abismo.

Como muestra de la poca valoración por el valioso y escaso tiempo disponible para enfrentar la crisis, está el acto teatral sobre economía mundial que presentó Leonel a sus periodistas preferidos el pasado jueves 10 de julio de 2008. Luce como si la burbuja en que parece estar encerrado el Presidente de la República le impide apreciar la importancia que tiene un día de 24 horas en el desarrollo de los precipitados acontecimientos nacionales y globales.

Leonel, que critica con tanta vehemencia la especulación de las bolsas de valores que manejan los precios del petróleo, se está comportando con su pasiva actitud como el más lerdo de los corredores bursátiles. El factor tiempo lo está manejando como si fuera algo gratis, no importándole que el desperdicio de las horas y los días pueda llegar a ser, para la economía nacional, más caro que el petróleo mismo. La conclusión es evidente: no tiene plan alguno para enfrentar decididamente la crisis ni capacidades para manejar sus consecuencias.

Con esto de la crisis que ya nos envuelve, aunque el gobierno quiera minimizarla, a Leonel le está pasando como a las personas que sufren del deterioro cognitivo ligero, advertencia precisa del mal de Alzheimer. El Presidente se ha refugiado, prácticamente, en un estado de negación de la gravedad de los problemas, tal como aquel que está perdiendo la memoria y no quiere aceptar la realidad a pesar de que los constantes olvidos la van anunciando cada día. Esa persona se obstina en ignorar los lapsos de memoria y asume la arrogante actitud de quien se considera el más capaz y conceptualizador de todo el país. Y, como es una persona inteligente y culta, tiene más recursos para manejar y disimular su quebranto cerebral ante los que alrededor de él se mueven cada día.

El negador también se equivoca en sus disimulos porque lo único que logra es posponer el diagnóstico de Alzheimer en las etapas tempranas, cuando todavía hay posibilidades de evitar la profundización de la enfermedad. Por eso plantean los científicos neurólogos que el Alzheimer impacta con mayor severidad a las personas con niveles de inteligencia por encima del promedio, ya que desperdician las mejores oportunidades de una cura temprana tratando de ocultar lo que está a la vista de todos.

El país no puede darse el lujo de que el gobierno siga administrando el Estado como si estuviera en campaña electoral. Los pronunciamientos demagógicos y los despliegues de memoria discursiva están fuera de ambiente si es que  trata de solucionar el problema más grave que podría enfrentar República Dominicana en toda su historia. Tampoco podemos aceptar que el Presidente salga ahora con la mano tendida a mendigar ayudas que le permitan continuar con el despilfarro de recursos que mantienen sus funcionarios y congresistas.

La crisis que nos envuelve y trata de atraparnos tiene que ser tratada como si fuéramos a hacer una tortilla: hay que romper unos cuantos huevos. Pero, antes que todo, hay que tener los huevos€ para cocinarla. La medicina para asimilar la crisis está constituida por austeridad, eficiencia y transparencia. Si Leonel no es capaz de aceptarlo, podríamos ser arrastrados a confrontaciones que nadie desea pero que parece estar provocando para desgracia de todos.