El traje del emperador

http://hoy.com.do/image/article/333/460x390/0/44AC9F8C-D7CE-4111-82BA-93E405B3E44D.jpeg

PEDRO GIL ITURBIDES
Permítanme que comparta con ustedes las delicias de un cuento de la niñez. Se trata de un relato conocido, originalmente por mí, por vía de la tradición. Mi abuela materna, María Encarnación, lo tenía en el repertorio con que encantaba a los nietos. Alfabetizado ya, lo encontré, maravillado yo también, al igual que el anciano ministro del relato, en una edición de Seix y Barral para nuevos lectoescritores. Ahora, ya cuando estoy en condiciones de sustituir a mi abuela en los mismos menesteres, me encuentro con “El traje nuevo del emperador”.

Creo haberles dicho que mi abuela materna poseía el don de la moraleja. Todos los cuentos que se sabía, de “Las Mil y una Noches”, de los hermanos Jacobo y Guillermo Grimm, o de Hans Christian Andersen, concluían con una enseñanza. Aunque, como sabemos todos los nietos de Cachón, como le decían por deformación de su nombre, el cuento original no tuviese la docta coletilla. Pero ella la buscaba y, como indetenible cascabel, recalcaba a los nietos la moraleja.

A decir verdad, pasados tantos años, no recuerdo con exactitud lo que ella deducía de este cuento de Andersen. Abuelita murió en 1964 y no podría satisfacer, en esas condiciones, la curiosidad de quienes se encuentren deseosos de saber qué enseñanza derivaba ella de ese traje. Por supuesto, no niego que bajo las actuales condiciones de vida del país, muchos estarán ansiosos porque recordemos la moraleja. Prometo que, si mientras pergeño estas líneas logro que despierte ese lado del cerebro que se halla adormecido por las amenazas impositivas y la inflación, recitaré la moraleja. Si no la recuerdo, ¡amén Jesús! El cuento de Andersen comienza, como todos los cuentos infantiles, en un país lejano, gobernado por un rey. Todos le atribuyen virtudes humanas a granel. Le señalan, empero, un defecto: la vanidad. La misma lo conduce a una insaciable necesidad de contar con trajes nuevos, innovadores, novedosos, modernos. Dos embaucadores, porque en todos los cuentos infantiles se nos habla de gente mala y de gente buena, deciden explotar esa debilidad del rey. De manera que se presentan en el territorio del lejano país, haciéndose preceder de la fama de producir telas de diseños, colores y estampados increíbles.

Piden audiencia, pues siempre donde hay un rey, tienen quedarse audiencias ante la egregia figura. Explican al gobernante sus experiencias y resaltan sus habilidades. El va escuchando palabra por palabra, pero en tanto ellas resuenan en el salón, el pensamiento del rey divaga por uno de los salones del Palacio, cubierto de una de esas telas maravillosas. Uno de los embaucadores no había terminado de emitir la última sílaba, cuando el gobernante los tenía contratados para que elaborasen una de esas telas estupendas de las que hablaron. Con ella, les dijo, le confeccionarían un traje.

Dicho y hecho. Instalados los timadores, comenzaron su tarea. Un día, porque todo ocurre un día en los cuentos infantiles, el rey pidió a su ministro que visitase a los artesanos. Recibido en el taller, contempló ruecas y bastidores, mas no tejidos. Y, sorprendido, preguntó por ellos. Lo llevaron ante uno de los telares, y le hicieron ver lo adelantado del trabajo. “No veo nada”, se dijo el buen ministro para sus adentros, “pero como toda la corte espera estas novedades, no puedo decir que no las contemplo”.

Vuelto al Palacio, recitó, letra por letra, palabra por palabra, cuanto le dijeron los truhanes. No tengo que decirles que mi abuela retrataba al rey restregándose las manos de placer. Y este humor exhibía cuando los timadores le llevaron el traje. ¡Cuánta felicidad rezumaba su rostro! No veía nada, pero por las palabras de los embaucadores, sabía que aquél traje no lo poseía ni siquiera el Gran Khan. De manera que, cuando le dejaron la percha, ordenó preparar un desfile durante el cual luciría el encantador traje. Las carrozas reales desfilaban una tras otra, y el rey, orondo, en una victoria especialmente preparada, saludaba a su pueblo.

Todo iba a pedir de boca, hasta que un niño preguntó a su madre por qué el rey desfilaba desnudo. Aunque la mamá trató de acallarlo, un ancianito que estaba junto a ambos escuchó la vocecilla infantil y, masculló, con voz estentórea, la acuciosa observación. Pronto el murmullo se expandió por las calles, y llegó a oídos del rey. Miróse éste, y…, ¡qué espanto!

Ciertamente, ¡el rey desfilaba desnudo!

Mi abuela hablaba, a propósito del dichoso traje, sobre la necesidad de que los gobernantes analicen, sin obnubilarse, cuanto llega a sus mesas de trabajo. Que su razón, desprendida de subjetivismos, los ayude a dilucidar los problemas de cada día. Que deben sustraerse a la conseja y al aislamiento grupal, para pensar en el bien común. Y decía muchísimas otras cosas. Pero, por mucho esfuerzo que hago, no recuerdo la moraleja…