El triunfo de los ausentes

Los hacedores de la política de más tradición no están muy bien parados en el imaginario de la colectividad. Su captación espontánea de adhesiones ha enflaquecido. Les queda, eso sí, la atracción que comúnmente ejerce el Estado benefactor como usufructo ya logrado para generar beneficios a terceros (además de los propios) o como esperanza para ascender social y económicamente a partir de las urnas. Aunque la forma de hacer política genera decepciones, que aparecen en crecimiento, los artilugios verbales surten bastante efecto sobre los sectores de la sociedad más desprovistos material y educativamente, impresionables a la propaganda ruidosa y superficial. Los políticos criollos, con honrosas excepciones, se presentan como dechados de virtudes aunque en los hechos no renuncian a la conquista mezquina de adhesiones.

La única y respetada encuesta que acertó vaticinando un empate entre los contendientes de las facciones moradas en las primarias arrojó el dato de que casi la mitad de los ciudadanos en edad de votar se declaró al margen de los partidos a pocas horas de que debieran ir al sufragio, siendo los jóvenes, que constituyen el 62% del electorado, los más renegados del partidarismo. Son índices que niegan que la mayoría del pueblo esté viendo el accionar de los políticos como digno de respeto. Y de hecho: dos terceras partes de los empadronados no acudió a los colegios electorales.

Guerra contra ellos mismos

Haití es una nación desvalida con mayoría de personas que dependen totalmente de manos generosas del exterior para alimentarse, tratar enfermedades, recibir algo de educación y materiales para mejorar caminos y techos críticos. Las revueltas callejeras que desde hace cuatro semanas están haciendo trizas de una incipiente institucionalidad tronchan la asistencia que con desesperación espera la nación más pobre de América.. No hay forma de transitar con ayuda hacia destino alguno.Violencia excesiva y trastornadora que perjudica hondamente a la colectividad a merced de turbas que inutilizan al Estado, fallido una vez más, y abren espacio a la ley de la selva, extremos que no ocurrían cuando una gendarmería internacional imponía un mínimo de orden con fusiles y tanquetas, preferibles a unas multitudes destrozando la convivencia.