¿El triunfo demócrata traerá cambios?

ALEJANDRO HERRERA
El triunfo demócrata en las congresionales del pasado martes 7 de noviembre en Estados Unidos, que le permitirá controlar el Senado y la Cámara de Representantes, la reelección del presidente Lula da Silva en Brasil, el retorno de un renovado Daniel Ortega al poder en Nicaragua, el ahora triunfo de Rafael Correa en Ecuador, crea una aura de satisfacción y alivio en muchos sectores progresistas de América Latina y del mundo, para quienes, en el momento actual resurge la esperanza de mayor centrismo y moderación, y más pragmatismo tanto de las políticas domésticas, como de sus políticas exteriores.

Por su enorme influencia y aún indiscutida condición de mayor superpotencia mundial, así como por el papel que ha venido desempeñando un Estados Unidos guerrerita bajo la administración conservadora de George W. Bush, el triunfo de los demócratas ha despertado diversas expectativas de cambios, sobre todo, en cuanto al rumbo o comportamiento que el coloso del norte podría seguir frente al conflicto tenido como el causante fundamental de la derrota republicana: la impopular guerra de Irak, y que podría preludiar lo que acontecerá en las presidenciales del 2008.

En efecto, está fuera de discusión que el remonte electoral de los demócratas estadounidenses se produjo, entre otros factores, como consecuencia directa del descontento creciente del electorado con la guerra de Irak, mal llevada, ejecutada en base a informaciones imprecisas, de espalda al sistema de Naciones Unidas y sin un plan acabado de posguerra que evitara lo que ahora acontece: el empantanamiento norteamericano, al convertirse aquello en una especie de callejón sin salida, donde mueren miles de seres humanos, incluyendo cerca de tres mil soldados estadounidenses, con la generalizada sensación de que todo está peor que antes de emprender dicha invasión y sin solución viable a la vista.

Más consecuencias: Ha crecido el antinorteamericanismo en el mundo, Irak está más dividido, peligroso y al borde la guerra civil, los riesgos del terrorismo son mayores, la sociedad norteamericana es más insegura y temerosa, las condiciones del mercado petrolero han empeorado disparándose su precio; en fin Estados Unidos pierde influencia en el mundo, disminuye su poder blando y es desafiado por Corea e Irán en el plano nuclear, por China e India en lo comercial como potencias emergentes, ante la vista de una Europa unida y fuerte que “ajusta sus nuevas ecuaciones geopolíticas a consecuencia de la derrota estratégica de EU en Irak”, y la mirada indiferente a una Latinoamérica que gira tranquila y sin sobresalto hacia la izquierda moderada.

¿Valdrá el control demócrata de ambas cámaras legislativas para que se produzcan cambios importantes en el rumbo de los Estados Unidos, sobre todo, de su política exterior y su acción de guerra en Irak? ¿Tienen los demócratas desde el congreso capacidad para imponer cambios? ¿Ganaron porque desplegaron un plan alternativo convincente para enfrentar los acuciantes problemas de la actualidad?

Es cierto que la cabeza del secretario de Defensa Donald Rumsfeld rodó por el suelo, como primera víctima del claro mensaje del electorado norteamericano ante la pentagonización de la política exterior y que los triunfadores ejercerán enorme presión. Pero cuidado con mayores ilusiones respecto a posibles cambios, advierte el profesor Charles A. Kupchan, especialista de la Universidad de Georgetown y del Woodrow Wilson Internacional Center For Scholars, reproducido en El País del 11-11-06, “habrá más continuidad que cambios”. “El control del Congreso no le otorga poder a los demócratas para hacerlo”, además de que carecen de un plan coherente, convincente y alternativo”

“Es probable que la Casa Blanca se vuelva todavía más intransigente con las prerrogativas de la Presidencia” Más que: “La Constitución de EE.UU. confiere al Presidente un amplio margen en cuestiones de guerra y paz. El Congreso puede intentar hacer mella desde los márgenes y obstruir a la Casa Blanca, pero no puede dictar la política. Cuando el presidente Clinton perdió el Congreso en 1994, empezó a centrar mucho más su atención en la política exterior, ya que no le quedaba más remedio que concentrarse en el ámbito en el que tenía una relativa carta blanca”.