El último mohicano

UBI RIVAS
Ese es el título de la formidable obra del escritor norteamericano James Fenimore Cooper, el primero que relató la expolio del indio norteamericano ante el empuje colonizador, expresamente la tribu cheroquee en la frontera de los Estados Unidos con Canadá, y su último gran jefe o cacique.

El último gran cacique de la generación Herrera Cabral que nos prestó con tanta valía a don Rafael, inolvidable conductor de la época más luminosa del vetusto Listín Diario; a don César, que recitaba la historia patria como si fuera un cuento de las Mil y Una Noches, y su obra cumbre, De Harmont a Trujillo.

A Fernando, que el único que no conocí; a Ramón, que entregaba sin recibos a los interesados los libros en su librería de la avenida Bolívar, requeretados en el suelo, oteando a los transeúntes más que a su negocio.

Y por último a don Fabio, con el mismo nombre de su progenitor, todos servidores públicos eficientes, acicateados por la inspiración del servicio público, con la honradez por delante aquella que se afanó tanto Diógenes identificar en el tetero del sol de mediodía con una linterna o jumiadora de entonces en la vieja Hélade, la de los multitudinarios dioses, más defectuosos que los tristes mortales a quienes presumían conducir y motivar inexactitudes morales inexistentes.

La pasión por el servicio público anduvo, andariega, de manos, estrechamente, con la honradez en estos Herreras corpulentos, corpachones, que parecían alegorías totémicas que presidían los areitos en las tribus arawacas, taínas, caribes, lucayos, que encontraron los iberos al rayar el histórico año 1492 trenzados en grescas, que parece ser la levadura y el escabeche de la vida en el accionar y decursar del homo sapiens.

Mientras don César fue el historiador por antonomasia de los Herrera Cabral, y había que disfrutar como el suscrito largas tenidas con este gurú de la historia, para desear disponer de las facultades con que Lucho Gatica pretendió detener las horas en la memorable canción aquella que se prendó de todos en 1957.

Don Rafael fue el periodista luminoso, el articulista como ningún otro nunca antes ni después, que fue la prótesis para resguardarle el miedo a más de uno, el asiolítico como de su tamaño para sosegar los ánimos de no pocos ansiosos, el campeón de la palabra que desafió las iras espúrias de El Triunvirato raptor de la voluntad del pueblo quebrada el aciago 24-09-63.

Don Fabio fue el diplomático de los Herreras Cabral, el hombre que no se inmutaba ante los grandes riesgos, las carpetas orondas de papeles y documentos, que no usó nunca expectorante alguno para aflojarle el pecho que nunca se le apretó ante las situaciones más escabrosas, que toreaba sin inmutarse, como El Cordobés, Manolete o Dominguín como nos los relata como nadie el gigante autor de Muerte en la Tarde, la más bella y exacta descripción del arte taurino jamás escrita.

Como todo sus hermanos, era de hablar quedo, sin estridencias una consecuencial muy encontrada en los que se saben seguros de sí mismos, firmes en sus conocimientos, que son sólidos argumentos sin palabras para la nube de bergantes y aprovechados que pululan en nuestro medio y que los Herrera Cabral detestaron con su forma elegante de colocar a cada cual en su lugar, sin inmutarse, sin ofender, sin siquiera pronunciar una palabra, solo con un gesto apenas perceptible por el más descocado.

Sirvió desde al generalísimo Rafael Leonidas Trujillo, Juan Bosch, El Triunvirato, Joaquín Balaguer, Leonel Fernández como una consecuencial y una filosofía suya de servir al país, sin pasar por partido alguno, y uno de sus blasones más prístinos es que hasta la hora de su final, nadie nunca alzó voz alguna para censurarle. Paz a su restos, Siemprevia a su memoria.