El valor de la iglesia

SAMUEL SANTANA
Si hay un lugar en el mundo donde vale la pena estar, asistir y participar, este es la iglesia. Muchas son las razones. La iglesia es una comunidad de bien social, espiritual, de adiestramiento, de formación y de gran ayuda terapéutica. La congregación contribuye a que el hombre, la mujer y los niños desarrollen y pongan en práctica la razón por la cual existimos en este mundo: amar al Creador y al prójimo como a uno mismo.

Cuando nos alejamos de Dios la vida pierde su sentido. Con sobrada razón San Agustín dijo en una ocasión: “El hombre tiene un vacío en su alma exactamente del tamaño de Dios”.

En la vida se puede luchar por tener una buena casa, auto de lujo, cuenta de banco, ropa de marca, perfumes y toda clase de apetencia material, pero, en definitiva, uno llega a convencerse de que eso no es todo. No hay una verdadera satisfacción en esas cosas.

La psicología moderna ha demostrado que detrás de toda lucha o afán por lograr algo surge, casi de manera automática, una sensación de depresión. Esto así porque la frustración nos llega al comparar el objeto alcanzado con el esfuerzo desplegado. ¿Valió la pena?, es la pregunta que siempre asalta.

Como el vacío sigue, vemos que es otra cosa la que hace falta.

Es por eso que las personas que viven de manera egoísta, queriendo sólo satisfacer sus propias apetencias, se exponen a un gran peligro. La razón es que ellas no están construyendo un sistema de fortaleza emocional que les ayude cuando lleguen los días malos (las enfermedades, la depresión, los fracasos, las desgracias, la quiebra.).

La falta de esta fortaleza emocional conduce a decisiones lamentables. Algunos optan por la violencia, el aislamiento, el resentimiento, el abandono del hogar y, peor aun, el suicidio.

Es aquí donde la iglesia juega un papel de primer orden. La congregación permite que se cultiven y se desarrollen conceptos que llevan al ser humano a mirar más allá de su realidad tormentosa. La fe, la esperanza, el amor, la paciencia, la tolerancia, la templanza y la sobriedad, entre otros, son valores espirituales, éticos y morales que acondicionan y preparan a las personas para saber soportar sabiamente las contrariedades de la vida. Ellos constituyen todo un muro de contención ante las adversidades para impedir el derrumbamiento emocional.

Mucho mas, la vida de iglesia lleva a que el individuo descubra el potencial que tiene para cambiar sus circunstancias y vivir una vida de éxito y provechosa.

En la congregación cada profesante es un testimonio vivo de cómo la fe ha sido capaz de rescatar de las drogas, del alcoholismo, de la depresión, de la angustia, de la desesperación y de la falta de iniciativa en la vida.

En las comunidades la iglesia contribuye a la integración, a la buena convivencia y a la solidaridad. Suele convertirse en el vigía permanente contra las malas costumbres y las influencias negativas que producen problemas en el entorno.

Las familias que participan en la vida activa de la iglesia cuentan con un gran recurso que les ayuda a lidiar con las crisis. La consejería pastoral, la oración y la instrucción bíblica son herramientas valiosas en los momentos de necesidad. Es aquí donde se produce la capacitación y se construye esa fortaleza emocional que tanto se requiere en los momentos de dificultades.

La vida eclesial fue lo que permitió poner de manifiesto el valor del cristianismo. Los creyentes se destacaron no solo por la entrega a la democión espiritual, sino por el amor, el compañerismo y la solidaridad entre todos.

Años después algunos sistemas ideológicos trataron de copiar su estilo. Es tan así que se afirma que la misma democracia tuvo sus orígenes aquí.