El Yo puteado de la dominicanidad (3)

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A Ramón Tejada Holguín
Jacques Lacan, el dificilísimo sicoanalista francés del sujeto paranoico de la civilización científica de nuestros días, repite siempre a lo largo de todos sus escritos que “el inconsciente es el discurso del otro”. Es como si fuera imposible captarse a sí mismo sin el discurso del otro, pues nada existe sino sobre un fondo supuesto de ausencias, que “el otro” se encarga de enseñarnos a ver.
¿No es, acaso, lo que le ha ocurrido a la dominicanidad? ¿Quién nos ha enseñado a reconocernos a nosotros mismos, sino las agudas lamentaciones del pensamiento dominicano del siglo XIX?
Según eso, somos la ingenuidad de la metáfora de la historia repetida hasta el cansancio en el fracaso y la frustración. Hay un Yo puteado que emerge de la historia nacional, y es la trabazón entre lo simbólico y lo real, modo de reacción que la culturología criolla ha llamado “pesimismo”, refiriéndose a la antología llorosa e iracunda de intelectuales que verbalizaron los males de la patria casi como taras genéticas; pero que es un sésamo sombrío que se abre siempre hacia la fatalidad. Balaguer se quitaba el sombrero y lo arrojaba hacia atrás sin el menor cuidado, y un general afanoso lo atrapaba en el aire tintineando en sus cinco estrellas. En la ancianidad, ciego, todo el poder de ese general estaba en la evidencia de atrapar el sombrero, en ese campo privilegiado que fundaba la coartada que hacía del presidente Balaguer un portador “natural” del poder, un ser sin límite, dueño de una claridad feliz, que iba más allá de todas las instituciones. En ese sombrero viajaba la patria.
Como el inconsciente es el discurso del otro- según Jacques Lacan- es sacando a flote la cosa oculta de ese Yo puteado que la dominicanidad podrá entender el sentido previo que la marca en esa desazón, en ese martirio de ver siempre los mismos factores en la historia. Porque esa amargura que interpela es la voz del pasado y el presente al mismo tiempo, y si los sicólogos no hablan de ese Yo puteado es porque no han estudiado a profundidad la resultante sicológica de nuestra aventura espiritual, y el desgarramiento de nuestros humanistas y culturólogos. ¿No es el presidente Danilo Medina el general afanoso que atrapa en el aire el sombrero que Leonel Fernández arrojó hacia atrás, y que éste a su vez lo atrapó viniendo de Balaguer? ¿No es todo lo que está ocurriendo en este país en este momento, un modelo contemporáneo de ese Yo puteado de la dominicanidad? ¿No es esa jauría del PLD la misma oficiante de la política del manigüerismo caudillesco, cuyo único interés era enriquecerse?
Nos jodieron. De aquí en adelante ya no hay sueños. Gestos sin aventura, aunque fueron ellos quienes han desfalcado el Estado, ahora nos piden “comprensión”, “sacrificios”, “gestos patrióticos”. ¡Nos jodieron! ¿Por qué estamos todos inmersos en el gesto de vivir la última degradación de la historia? ¿Se merece este pueblo, después de tantas luchas, ese espectáculo ridículo en el que un Dios yacente (Leonel Fernández, Hipólito, Danilo Medina) escucha las filípicas aduladoras de sus súbditos, un conjunto de ineptos que no han podido, ni siquiera nombrarlo , pese a que fue ese Dios agobiado el que metió a este país en ese hoyo negro? Lo que se confirma es que la práctica política en nuestro país es rehén de su propia inconstancia, y que esta crisis es también una expresión de las increíbles escaleras inversas por las que se desplaza el atraso político de la nación dominicana.
Nos jodieron, nos han puteado siempre estos ladrones que históricamente han dirigido la cosa pública en nuestro país. Una clase política que no ha podido superar los métodos del conchoprimismo, y nos dejan mordidos por los perros del desconsuelo. “¡Pronto, apaguemos la lámpara/ para hundirnos en lo oscuro!”- como exclamaba Charles Baudelaire, el maldito, ante un mundo embotado, en cuyos enjambres de maléficos sueños él se ahogaba. Igual que yo, en esta media isla desolada, tan inconmensurablemente pobre, en la que la simulación es una virtud; en la que un presidente cínico se supone él mismo una maravilla, y un montón de áulicos muestran el trasero por un salario; aunque ni todas las máscaras del carnaval alcanzan para ocultar tanta hipocresía.