Elecciones civilizadas

JOSÉ LOIS MALKUN
En mi reciente viaje al exterior y durante una corta estadía en Miami, coincidí con la fecha de las elecciones para el Congreso y los gobiernos locales, celebrada el pasado 8 de noviembre en Norteamérica. Desde hacía 26 años, cuando estudiaba mi maestría en Estados Unidos, no había tenido oportunidad de vivir nuevamente este interesante proceso. Y realmente nada ha cambiado.

Aun siendo Miami una ciudad con una fuerte presencia latina, la campaña proselitista no se diferencia mucho de las demás ciudades con prevalencia anglosajona. Aquí no se ven paredes pintadas promoviendo candidatos. Mucho menos panfletos y banderas pegadas a los postes de luz. Las grandes vallas con fotos y mensaje políticos de los aspirantes, son muy escasas. No se ven manifestaciones públicas ni bandereos bulliciosos en las esquinas. No hay ese derroche de dinero para comprar votos. Tampoco las oficinas públicas se convierten en centros de campaña de uno u otro candidato. En la radio y la televisión apenas se ven promociones políticas. El Gobierno central y los gobiernos locales siguen funcionando como si nada estuviera pasando. La economía sigue su curso normal. Y el día de las elecciones es un día laborable cualquiera donde todo el mundo asiste a su trabajo.

En un recorrido por la ciudad el día antes de la votación, la única señal que muestra la existencia de un proceso electoral en marcha, donde al día siguiente 200 millones de habitantes acudiría a las urnas, son unas pancartas cargadas por simpatizantes silenciosos, que se paran en algunas esquinas para promover a sus candidatos. Otros siembran unos letreritos chiquitos en la grama de su casa, solo con el nombre del candidato de su preferencia. Aunque es raro, también en algunos solares baldíos puede verse un cartel pequeño pegado a la cerca con la foto del candidato para comisionado o gobernador.

Si usted está de visita en un hotel de cualquier ciudad de Estados Unidos y sale a una reunión de negocios o de compras a un centro comercial, ni se da cuenta que es un día de elecciones.

Sin embargo, hablando con algunos ciudadanos norteamericanos, las elecciones representan algo tremendamente importante para ellos. Es la base de su democracia. Desde temprano se conectan a las cadenas de noticias para ver quién se perfila ganador. Unos defienden con ardor a los republicanos y otros a los demócratas. Pero a diferencia de nosotros, nada importante cambiará para ellos, gane quien gana. Es solo una simpatía circunstancial por uno u otro partido que está en función de si la guerra en Irak debe seguir o no. O de si el gasto armamentista debe cortarse o los impuestos seguir reduciéndose. A nivel local, unos prometen aumentarle el salario a los maestros y otros a mejorar la salud de los más necesitados.

Pero lo más importante es que ningún empleado o trabajador perderá su empleo por revanchismo político, gane quien gane. Ninguna obra del Gobierno será suspendida arbitrariamente para darle el contrato a un simpatizante del partido ganador. Mucho menos habrá amenazas ni chantaje contra empresarios privados que empleen o se vinculen a los perdedores. Sus ventas no se afectarán porque fue un suplidor del Gobierno saliente. Tampoco le retendrán sus pagos porque fueron otras las autoridades que les compraron. En fin, no hay pánico, no hay desesperación, no se siembra el odio y la venganza. Todo sigue su curso normal.

Es exactamente todo lo contrario de lo que sucede en nuestro país. Pero con la agravante de que aquí se ven cosas peores, como es el hecho de ver importantes autoridades de turno defendiendo a los que cometieron los grandes fraudes bancarios para cargarle la culpa a las autoridades pasadas que lo enfrentaron. Ese es el colmo del canibalismo político que sacude a este país.

Y hablamos de que vivimos en una democracia. Que celebramos elecciones limpias. Y que los gobiernos surgen por la voluntad popular expresada libremente en las urnas. Bueno, no todo puede ser perfecto.