En cuanto a vino, el mejor blanco es…
un blanco

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POR CAIUS APICIUS
MADRID (EFE).- Aunque parezca imposible, todavía hay por ahí gentes que miran con cierto desprecio, o cierta conmiseración, al vino blanco; personas que entienden que no hay más vino que el rojo y que incluso llegan a afirmar tan tranquilos que “el mejor vino blanco es… un tinto”.

Ellos se lo pierden; porque en el mundo hay vinos blancos maravillosos, capaces de satisfacer a la nariz y al paladar más exigentes; vinos hechos con un cuidado y un mimo con el que pocos tintos se elaboran, y vinos, sobre todo, con una personalidad arrolladora.

Yo tengo claro que el mejor blanco es… el que más dura. Y es que también abundan quienes estiman que los vinos blancos son para beber en el año siguiente a su vendimia. Y no: tampoco es eso. Hay vinos blancos que dan lo mejor de sí mismos en su segundo o tercer año, caso de los Albariños de Galicia, y otros que se expresan a la perfección tras cinco o seis años en botella, como los grandes blancos de la Borgoña.

En esos blancos borgoñones, la variedad dominante es la Chardonnay, una uva blanca que también interviene en la elaboración de la champaña. Es una variedad considerada borgoñona, pero que, como casi todas las cosas excelentes del mundo, tiene su propia leyenda.

Esa leyenda cuenta que hubo en la Champaña un conde llamado Teobaldo IV, apelado ‘Le Chansonier’, que podríamos traducir libremente por ‘el trovador’. Bien, este romántico impenitente puso sus ojos en una dama muy especial: nada menos que en doña Blanca de Castilla… cuyo hijo Luis fue el rey de Francia que conocemos como San Luis.

Este rey, amoscado con el conde cantarín, le exigió que le acompañase a las Cruzadas. Por entonces, ir a las Cruzadas era una cosa relativamente fácil; lo de volver… ya era otra cuestión. Pero nuestro Teobaldo regresó sano, salvo y -es de suponer- escarmentado y sin ganas de volver a las andadas; las crónicas, al menos, no dicen que lo hiciera.

Ah, pero aprovechó, a su vuelta, una escala en la isla de Chipre para recoger unos esquejes de una variedad de uva blanca, que llevó a su condado, donde arraigaron perfectamente. Esa uva blanca sería, claro, la Chardonnay. Es bonito… pero poco verosímil.

De todos modos, hay una cosa en común entre la Champaña y la Borgoña: sus soberanos fueron, respectivamente, condes y duques, a veces más poderosos que el propio rey de Francia. Pero en la Champaña y la Borgoña el único rey era… el vino. Y lo sigue siendo.

Beberse un Montrachet de una añada interesante, pongamos un 96, es una magnífica experiencia. Es un grandísimo blanco, con más carácter que muchos tintos. No lo limiten a un plato: hagan con él todo su menú. Aguantará perfectamente un ave de corral, o una carne blanca. Eso sí, hagan una cosa: llévenlo a la mesa tirando a frío, y dejen que vaya adquiriendo temperatura.

Así, estará muy fresco con los aperitivos, cosa que suele agradecerse. Con un pescado lo tendremos ya por los doce grados, que es buena temperatura para ese menester, y al llegar el ave, o la carne, seguramente estará nuestro Montrachet por los quince o dieciséis, perfectos para acompañar la carne.

Verán cómo se adapta, cómo crece, cómo triunfa. Y después de beberse a medias con alguien su botellita de Montrachet estará en condiciones de ignorar olímpicamente y mirar, ahora usted, con conmiseración, con lástima, al ignorante que venga a decirle eso de que “el mejor blanco es un tinto”. En su pecado lleva su penitencia.