En el desborde de la agresión

Jacinto Gimbernard Pellerano

Nos está ahogando la agresividad, la inconformidad, ante una situación que va de mal el peor.
El hombre agrede todo cuanto atenta contra su concepto de comodidad y placer sensorial, a distinto nivel.
La agresión humana presenta una gama de incontables formas de expresión que abarca desde las sutilezas del silencio y la soslayada mirada de intención aviesa hasta las brutales manifestaciones que diariamente -ante un lamentable proceso de creciente hábito asimilativo, hacen negros -o rojos- los titulares de la prensa local y mundial.
Las actitudes del hombre, sus motivaciones, no pueden ser simples, puesto que el hombre no lo es. Por tanto, el enmarañado conjunto de motivaciones y actitudes no puede ser encerrado en la botella mágica de una explicación de alcance general. No obstante, en un intento por presentar un núcleo básico de las motivaciones de la agresión he preferido la afirmación con que inicio: El hombre agrede todo cuanto atenta contra su concepto del bien, eso es, contra su concepto, errado o no. Y el concepto del bien radica en la sensación de comodidad y placer a distintas altitudes, ya que los inductores de placer y comodidad son distintos en cada ser.
Al mencionar el concepto de bien tenemos que tocar el punto de salud mental y física, que no pasan de ser una unidad de medida -en verdad inalcanzable en su estado perfecto-, pero dentro de lo comúnmente establecido podemos hablar de salud mental y física al referirnos a un aceptable equilibrio funcional en el cual no existen marcados síntomas de mal funcionamiento.
Un ejemplo real e ilustrativo es el de un acaudalado comerciante de San Pedro de Macorís para quien el mayor placer consistía en sentarse junto a la puerta de la calle a comerse una lechosa mientras la brisa marina “le reventaba en el cuello”. En cierta ocasión, un humilde hombre que contemplaba con asombro su satisfecha expresión, le dijo: “si yo fuera usted…” y empezó a detallarle todo lo que haría, que estaría en París rodeado de bellas mujeres, en los cabarets más elegantes, durmiendo en suaves camas de lujosos hoteles… El rico comerciante, al escuchar esas ideas que atentaban contra su concepto de bienestar respondió agrediéndolo, dentro de su educación: “eso harías tú si estuvieras en mi lugar, pero no lo estás, negro bruto, si lo estuvieras sabrías que nada me produce mayor placer que sentarme aquí a comerme mi lechosa y recibir la brisa en el pescuezo”.
Este es un caso de una personalidad sana, saludable. El lector habrá de conocer múltiples ejemplos de respuesta agresiva provenientes de personas enfermas o malas. Por supuesto que el atentado contra el concepto del bien de esa persona estará situado a otro nivel.
Decía un gran filósofo que la agresión es inevitable: “si uno la saca por la puerta, entra por la ventana”, de modo que lo que debemos hacer es dirigirla, ya que hay agresividad negativa y positiva, como la de esos jóvenes que salen a cada rato en el periódico con inventos creativos y soluciones.
Agresividad fue también la de Beethoven, Bach, Tchaikovski, Stravinski… porque todo genio creador es agresivo. Porque la agresión es movimiento y cambio. Y está en todo.
Los gobiernos, las autoridades de los países deben empeñarse en que la juventud vea el éxito de la agresividad positiva, en electrónica, en pensamiento, en energías renovables, soluciones prácticas a problemas de la gente, de la nación…
Repito, es inútil tratar de eliminar la agresividad.
Lo que hay que hacer es encauzarla bien.
Es necesario enfrentar la violencia malsana. Para ello necesitamos más acción severa y menos palabrerías y sinuosidades.