En el espejo de Haití

PEDRO GIL ITURBIDES
Tal vez resulte irreverente a las más puras conciencias leer que debemos contemplarnos en el espejo de Haití. Pueblo de los más pobres de la Tierra, tiene escasos parangones. Y sin embargo de lo dicho, bien podemos aparejarnos con esa nación vecina. No solamente porque nos hallamos un pueblo al lado del otro en la isla de Santo Domingo. También porque, por el derrotero que llevamos, no anda demasiado lejos el día en que un hambre desafiante empuje al instinto de conservación.

Hace poco el presidente Leonel Fernández admitió que el costo de la vida ha subido. Como previsible disposición atenuadora de los efectos de las alzas, habló de un eventual aumento del salario mínimo.

Y ciertamente, este aumento puede reducir la presión social generada no solamente por el aumento en el costo de la vida. Puede aumentar expectativas inciertas e indeterminadas de un potencial cambio en el panorama de nuestras existencias.

Pero el simple aumento del ingreso personal no resuelve el problema para quienes tienen un puesto de trabajo. Porque no se lo resuelve a quienes no son dependientes salariales y, además, carecen de medios de subsistencia.

En la raíz de la inflación no se encuentra únicamente el petróleo, ni debe buscarse en las alzas de precios internacionales de cereales como el trigo, el maíz o la soya. Sin necesidad de penetrar en la profundidad de los arcanos económicos puede afirmarse que faltan políticas de apoyo a la producción.

Más que aumentar salarios, se impone que se aumenten producción y productividad. En todo. Y más que nada, en la generación de bienes primarios de consumo. Que se adopten acciones destinadas al resurgir de cultivos tradicionales, con la menor dependencia posible de insumos importados.

Pienso, al escribir, en la yuca, encontrada por los españoles al visitar la isla. Aunque tenemos una producción relativamente importante, no es menos cierto que ¡la importamos! Podíamos, en cambio, industrializar excedentes logrados en base a medidas propulsoras, para que su almidón fuera complemento del trigo en los procesos de panificación. Hace tiempo que abandonamos al maíz y al maní. Increíble pero cierto. Los españoles conocieron el maíz en las Lacayas, pero aprendieron a trabajarlo con los isleños de Bohío, Babeque, Quisqueya o Haití. Fue aquí, en La Española, en los conucos taínos, en donde conocieron las primeras transformaciones de lo que don Cristóbal, de lejos, confundió con el panizo europeo al topetarse con Güanahaní. Pero el maíz aguarda por manos ociosas y campos abandonados. Por supuesto, es cultivo exigente.

Y a su cultivo, como al de otros vegetales, tendremos que referirnos para decir por qué un simple aumento de sueldos no resuelve la crisis que se vive. Para evitar mirarnos en el espejo de Haití.