En el Museo de Arte Moderno ¡El Panteón de Mercader!

Fefita la Grande. Acrílica sobre tela

En el latín de la antigua Roma, “Panteón” significaba “templo de dioses”, mientras que en Francia, desde finales del siglo XVIII, se conoce como “El Panteón” la obra maestra arquitectónica edificada por Jacques-Germain Soufflot (1713-1780) sobre la montaña de Sainte-Geneviève (1764-1790), en París. Habitáculo de personajes “ilustres”. Terrible cripta de la psique colectiva. Imagen del brochoure de la memoria y la identidad nacional. Magnífica vista parisina desde su columnata exterior. Sin embargo, en el “Diccionario Básico Lux de la Lengua Española” (Cooperación Editorial, S. L., Madrid, 2010) nos topamos con la siguiente definición de la palabra: “tumba grande para enterrar a varias personas”.

Se trata, sin dudas, de una definición catastrófica, definitivamente miserable. Y se asemeja bastante a esa imagen folclórica con que la clase política, la burocracia oficial y hasta los guías turísticos, promueven la solemne cripta monumental que resguarda los vestigios y “los huesos de la patria” dominicana desde los encalados, adoloridos y medievales muros de nuestra Ciudad Colonial. Pero esa imagen tétrica del “templo de los dioses” de la patria no es precisamente la que ha tenido en mente José Mercader a la hora de escoger el título de su más reciente exposición, inaugurada en el marco de la XVII edición de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo y la cual se mantiene abierta al público hasta finales del mes de julio en el Museo de Arte Moderno.

En efecto, dedicada a uno de sus dioses mayores: el fotógrafo, periodista, ilustrador, caricaturista y aeronauta francés Gaspard Félix Tournachon -Nadar-(1820-1910), José Mercader presenta en la Sala del Sótano del MAM su exposición “Le Panteón de Mercader”, compuesta por más de 100 “caricaturas” en las que sigue “retratando” personalidades del ámbito social, político, deportivo, cultural y artístico con una libertad expresiva, una riqueza plástica y una gracia simbólica definitivamente excepcionales.

Entre los más de cien personajes que -“vivitos y coleando”- habitan “Le Panteón de Mercader”, figuran 14 pintores, 18 escritores y poetas, 11 músicos, 4 deportistas, 8 empresarios, 30 políticos nacionales y 13 políticos internacionales. También figuran otros personajes como Luis Buñuel, Cantinflas, Lee Miller, Charles Chaplin, Conde Auguste-Hilarión de Keratr, Raudy Torres, Dedé Mirabal y el personaje folclórico cibaeño conocido como “Cucharimba”, el cual ya había sido inmortalizado por el genio de Yoryi Morel.

Y es precisamente por los niveles de artisticidad que adquiere la producción reciente de Mercader que aquí la palabra caricatura tiene que estar entre comillas, pues en realidad estas imágenes ya no admiten tal definición. Más bien tenemos que considerarlas como auténticas obras de arte, facturadas mediante un ejercicio estético riguroso e impregnadas de una frescura y una vitalidad creativas que, en el caso específico de Mercader, confirman el hecho incontrastable de la reafirmación de la caricatura al mismo nivel de las grandes expresiones de las artes plásticas y visuales contemporáneas.

Para comprobar tal reafirmación, sólo habría que observar detenidamente la categórica autonomía y el alto grado de riqueza pictórica que adquiere la obra de Mercader en algunos de sus “retratos caricaturizados” más espectaculares, tales como los de Picasso, Frida Kahlo, Charles Philipon, Honoré Daumier, Oswaldo Guayasamín, Félix Touranchon -Nadar-, Vincent Van Gogh, Federico Izquierdo, Orlando Menicucci, Luis Días, La Lupe, Toña la Negra, Fefita la Grande, Juan Luis Guerra, Franz Kafka, Gabriela Mistral, Pancho Villa, el Che Guevara, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Nelson Mandela, Juan Bosch, Ernesto Cardenal, el jurista dominicano Negro Veras o el futbolista argentino Lionel Messi, entre otros de igual importancia o mejor calidad estética.

Así, en “Le Panteón de Mercader” ya no hay estatuas ni criptas ni calaveras ni momias ni esqueletos de cal o de ceniza. Aquí solo estalla el desquiciante repertorio de sus más caros imagineros del sueño y el delirio: fabuladores del asombro, musicantes, trovadores, héroes, carnavaleros, filósofos, historiadores, periodistas, líderes políticos y espirituales; “entrepreneurs”, banqueros, “campeones de la bolita del mundo”, guerrilleros, papas, cardenales, herejes, “rock stars” y megadivas, transfigurados por José Mercader mediante una “economía poética”, una gracia expresiva y una rigurosidad formal, definitivamente geniales y todavía más admirables. La polisíntesis recursiva, la vitalidad de su policromía y la unicidad de su mirada estética, aportan a la obra reciente de Mercader un grado mayor a nivel pictórico y una intensidad significativa tan resistente como igualmente reveladora.

Cuando estoy frente a las deliciosas y terribles “caricaturas” de algunos de los más connotados líderes políticos del patio, digamos: JB, HM, DM, HD, MOB, MVM, LA, VC, AAC o LFR, no puedo evitar mis divagaciones en torno a una sociedad y un pueblo aterrorizados por films como “Jurassic Park”, “Los dueños del país” o “El regreso de los zombies”, pero igualmente sobre las dramáticas mutaciones sociales que definen y contrastan la espectacular multiplicidad de matices culturales de nuestro presente.

En conclusión, quiero insistir con los lectores de Areíto para que no dejen de ver “Le Panteón de Mercader”, por cierto, uno de los eventos más atractivos y salvadores de la pasada feria del libro, así como una de las exposiciones de arte más divertidas entre las presentadas en Santo Domingo en lo que va del 2014. Y es que, tal como ya he advertido, Mercader nos salva porque es tan rebelde como el mismo Jesucristo, como el Che, como Amaury: él le hace ver sus garrapatas a los toros de la Virgen de la Altagracia, espanta las moscas del mercado y promueve el amor sin límites más allá del reino de los cielos.