En el Palacio

POR MANUEL JIMÉNEZ
Apenas había transcurrido la primera semana del mes de noviembre del 2002 cuando el entonces coronel Pedro Julio Goico Guerrero (Pepe) hizo su arribo a Ottawa, Canadá, en víspera de la gira que realizó a este país el entonces Presidente Hipólito Mejía. Pepe Goico procedía de Tokio, Japón, donde viajó unas dos semanas atrás como parte de la avanzada que organizaba una visita que Mejía realizaría a finales de ese mismo mes a esa nación asiática, al frente de una comitiva de funcionarios públicos y empresarios privados. Nunca olvidaré el gesto y la expresión con que me recibió Pepe cuando nos encontramos en el lobby del hotel donde se hospedó la delegación dominicana.

¡Mírame, estoy aquí, no estoy preso!, me gritó con cierto sarcasmo. La expresión no dejó de sorprenderme, porque para entonces no había escrito nada que tuviera que ver con algún probable encarcelamiento del entonces jefe de la avanzada de seguridad del Presidente. Pero Pepe Goico ya estaba enterado de que en el país se ataban los cabos para formalizar una querella en su contra por alegado fraude en el uso de una tarjeta de crédito del Banco Intercontinental (Baninter). El Presidente Mejía arribó a la capital canadiense el 5 de noviembre, y entre los que lo recibieron en un aeropuerto militar estaba su inseparable Pepe Goico. La prensa que daba cobertura a la gira, sin embargo, se percató pronto de que la estrella del controversial coronel había dejado de brillar de la noche a la mañana. Mejía lo saludo con frialdad, y casi evadiéndole la mirada. Para mayor desgracia de Pepe, el jefe del Cuerpo de Ayudantes Militares de entonces, el general Rafael Betances, no le reservaba el mayor de los aprecios, pues entre ambos existió siempre una zurrapita. El coronel Goico, a partir de entonces, lució un perfil bajo. Dicen que desde Canadá estaba preso sin él saberlo. Pero siempre se mantuvo en el entorno del Presidente Mejía.

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En una ocasión, como era lo habitual en estas giras por el extranjero, Mejía acudió a un centro comercial y quiso agradar “a las mujeres”, entre ellas tres periodistas que cubrían el viaje, y ordenó que se les obsequiara potes de perfumes. Carlos Guzmán, para entonces jefe de Protocolo de la Presidencia, quiso jugarme una broma, y grito: “Presidente, aquí está Manuel Jiménez”. La respuesta de Mejía fue inmediata, y en voz alta, para que no quedara duda: “Yo no le regalo a hombres”. Atrapado en medio de la broma de Carlitos, no me quedó más alternativa que gritar también para aclarar: ¡Yo no he pedido nada!. Los perfumes y otros artículos se adquirieron y al momento de saldar la cuenta, el coronel Goico surgió como siempre, con su frase habitual: “Yo me encargo jefe”. Lo que no se sabe es si para entonces, la tarjeta de Baninter estaba aún en línea.

Dos de las periodistas “agraciadas” han asegurado siempre que los perfumes nunca llegaron a sus manos. Al final de la visita a la capital canadiense, el embajador dominicano de entonces, Eduardo Fernández, ofreció una cena privada en su residencia particular al Presidente Mejía y su comitiva, a la que también invitó a la prensa. Esa noche, cuando llegué a la residencia del embajador, miré hacia una pequeña sala, con puertas de vidrio, a la entrada de la casa, y allí alcancé a ver a Pepe Goico, a solas, pensativo y con un teléfono celular en las manos. Nadie tampoco virtualmente lo sintió esa noche en la casa. El hombre, parecía consciente de su desplome. A su regreso al país fue colocado bajo arresto. Pero ese vía crucis sería tan solo circunstancial.

Su estrella volvió a resplandecer con el retiro de la querella en su contra. Se le envió a la dotación militar de La Romana y más tarde a un puesto ejecutivo en la poderosa Primera Brigada del Ejército.  Con el cambio de gobierno salió prácticamente de ese recinto militar a Francia, y más tarde siguió a España, donde hoy se hace todo un experto en criminología. Para colmo, en apenas las dos ultimas semanas, el hombre se reafirma como todo un fenómeno y vuelve a copar la atención del país. Su maestría en la Complutense de Madrid está llegando a su fin. O sea, que extraditado o no, probablemente tendrá que retornar al país, y para entonces seguirá siendo el hombre orquesta, con la atención de la prensa, de esa que hoy jura arrepentirse por los maltratos a que la sometió en sus días de gloria. ¡Cosas veredes, Sancho!