En esta hora de Haití

Las lecturas escolares de enantes siempre enseñaban algo importante. Podía ser sobre un principio de convivencia o una enseñanza para la formación moral.

En aquella lectura la familia se sentó a comer, el gato olió los alimentos, vio a todos sentarse a la mesa y se acercó al niño.

Reparten la comida, el chico es el hijo menor, hay un orden de importancia en el cual él está al final de la cola.

El gato, impaciente, rasga las piernas del niño en reclamo de que le den lo suyo, el bien educado amigo del minino le dice en voz baja: ¿De qué me pides los huesos, si aún no me han dado la carne?

La mayoría de la gente es buena pero no cacarea como las gallinas, por ello sus acciones de solidaridad, de respeto, de amor, se ven como naturales, como si el otro estuviera obligado.

La crisis haitiana saca a la luz enseñanzas que debemos observar con sumo cuidado, para cuando necesitemos actuar ante una situación tan difícil, profunda, apabullante.

Como alas de la misma ave, lo que afecta un ala afecta la otra. Es pues, forzoso y obligado el entendimiento entre ambas naciones.

Ello no significa que tengamos la obligación de cargar con los problemas haitianos, creados por los haitianos, a los cuales los haitianos no les hallan solución, problemas que deben enfrentar como una operación de guerra de supervivencia.

Mal podemos, los vecinos, resolver problemas ajenos si los interesados no buscan las vías para hacerlo. Nosotros tenemos problemas propios ¡y qué problemas!

Aunque se sabe que nadie está obligado a lo imposible, sí, estamos obligados a ser solidarios porque otros lo han sido con nosotros y nobleza obliga.

La devastación haitiana ayuda a que se vea cómo la solidaridad de comerciantes consiste en regalar a su nombre productos que les compra la gente, ellos ponen una ñapa y los envían como ayuda con letreros de esos comercios, lo que aumenta ventas y prestigio.

Lo mismo ocurre con los paquetes de comida, ropa, medicinas, calzados, todos los países estampan un letrero: agradezcanmelo a mí. Es como si dijeran: haz bien, y mira bien a quién.

El primer deber del humano es “darle luz y consuelo al que gime/ y al que yace tu brazo levante” como escribió el inolvidable amigo José Francisco Peña Gómez.

Ante la crisis, Estados Unidos y Francia se disgustan porque uno y el otro quieren dominar la situación: el protagonismo por encima de la necesidad.

Como estamos en el medio, evitemos los efectos de ese choque de trenes.