En Jimaní todos ayudan a Haití

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Jimaní se ha convertido en un hervidero humano. Es la principal puerta de entrada y salida hacia la zona haitiana devastada por un terremoto de 7.3 grados en la escala de Richter, fenómeno que dejó tras sí una estela de miles de muertos y heridos.  En la gráfica, una de las cocinas móviles de los Comedores Económicos en las que se preparan a diarios miles de raciones que son llevadas a damnificados haitianos.

JIMANÍ.- La luz solar, tibia al atardecer, desaparece sigilosamente detrás de las montaña, cediéndole el paso a  la oscuridad, cuyas sombras  opacan el agreste, áspero y escarpado terreno del entorno de este punto fronterizo, el  más cercano a la devastada capital haitiana, donde todavía yacen  bajo los escombros de concreto miles de cadáveres putrefactos de seres  humanos.

Algunos lugareños  no concilian el sueño. El temblor de tierra de ayer, de 6,1 grados, aceleró las angustias de muchos habitantes de este polvoriento pueblo fronterizo. En la mañana se escucharon llantos desgarradores de mujeres que salieron a las calles semidesnudas; y de hombres y niños asustados. El recuerdo de miles de  muertos en Puerto Príncipe está latente.

Natali  Matos  no oculta sus temores: “Todavía tengo un nudo en el estómago.  Tengo el estómago cerrado. No he comido, no puedo estar tranquila. Tengo miedo, mucho miedo de lo que pueda pasar. No puedo dormir tranquila, pensando en mis amigos haitianos que murieron en el terremoto, y de otros que todavía no sé sabe si están vivos, heridos o enterrados” 

La joven empleada no supera el trauma de la trágica noche de mayo de 2004,  cuando el río Soleil se desbordó, causando  estragos en la comunidad. La virulencia de la riada arrasó a su  paso con viviendas, sembradíos y propiedades. Decenas de personas murieron y sus cadáveres fueron rescatados. Otros desaparecieron bajo el lodo.

Revivir horror

De alguna manera, los sobrevivientes y  testigos oculares  asocian la tragedia de 2004 con el terremoto que devastó Puerto Príncipe.  Algunas personas, como  Yoeli Adames, perdieron a parientes muy cercanos.  Perdió a sus padres, el abuelo y a dos sobrinos. Los recuerdos la atormentan. La tragedia haitiana abrió la herida, que aún está sin cicatrizar. “Tantos muertos del terremoto me recuerda la riada. No puedo evitarlo. De aquí han muerto muchas personas y esas ambulancias  con sus sirenas, esos heridos que llegan a toda hora, esos helicópteros que sobrevuelan el pueblo, toda esa ayuda, todo el movimiento aquí en Jimaní, me recuerda con tristeza la tragedia de hace casi seis años”, apunta.

Algunos lugareños dicen escuchar en las noches, en el distante y solitario espacio que separa ambos países, el llanto desesperado de personas que murieron sepultados en vida, sin ser rescatados, y el grito desgarrador  de heridos y hambrientos clamando atención médica, agua y alimentos.  Los testimonios parecen fábulas de la imaginación y el miedo de mucha gente que han vivido de cerca la catástrofe.

Actividades en Jimaní

A pesar de los trágicos acontecimientos, las actividades comerciales y la rutina diaria, se mantienen. Los empleados van a sus centros de trabajo, las sucursales bancarias a la hora de costumbre, los estudiantes asisten a recibir docencia y las bancas de apuestas esperan a sus clientes habituales en horas nocturnas.  Pocos establecimientos comerciales  ofertan bebidas alcohólicas, aunque los que gustan empinar el codo se las arreglan para remojar la garganta. La música se escucha baja, para no molestar el recuerdo de los muertos.

El hotel  Jimaní, el más confortable de aquí, sirve de albergue a decenas de visitantes. Aunque apenas tiene diez habitaciones, en estos días de calamidad y premura los clientes duermen en sillas, mesas, muebles, mecedoras, en el área de la piscina, en el comedor, la terraza, en el piso o en cualquier espacio disponible.

Saira Trinidad, empleada del hotel, comentó:  “Esto ha sido una cosa de locos.  Desde que ocurrió el terremoto  en Haití,  aquí ha venido tanta gente de todas partes del mundo que nosotras, las empleadas, trabajamos hasta quince horas corridas. Terminamos muertas de cansancio”.

Lo inusual en este pueblo es el constante movimiento de vehículos con ayuda humanitaria que cruzan y salen por el punto fronterizo. Decenas de patanas, camiones y vehículos livianos siguen llegando cargados con alimentos, agua, provisiones de todo tipo, plantas eléctricas y personal de apoyo. Las Fuerzas Armadas coordinan, conjuntamente con otras instituciones, los operativos de asistencia, ayuda o socorro, a los damnificados haitianos.

 Han tenido un rol protagónico también el Centro de Operaciones de Emergencia (COE), Salud Pública, Defensa Civil, Cruz Roja Dominicana, la UASD, el Cuerpo de Bomberos, y varias organizaciones de la sociedad civil.

En las noches, la gente se recoge en sus hogares. Unos lo hacen por prudencia y precaución.  Otros abrigan el temor de ser asaltados por alguno de los  delincuentes que escaparon de las cárceles haitianas  cuando el sismo de 7,3 grados sacudió violentamente, durante 44 segundos a Puerto Príncipe. 

Se respira, se siente en el caluroso ambiente, la presencia de la muerte cercana. La comunidad de Jimaní, de alguna manera, formará parte del triste episodio histórico del terremoto que el 12 de enero de 2010 destruyó la capital del país más pobre del hemisferio occidental y ahora muy probablemente del mundo.

Las claves

1.  Llegan de todas partes

Tras el terremoto Jimaní ha visto llegar gente de todas partes del mundo. La avalancha es tal que el hotel Jimaní, que apenas tiene diez habitaciones, está desbordado. Por ello, los clientes duermen en sillas, mesas, muebles…  donde puedan. 

2.  Fluye la ayuda

Decenas de patanas, camiones y vehículos livianos siguen llegando cargados con alimentos, agua, provisiones, plantas eléctricas y personal de apoyo. Todo ello tiene un destino claro: Haití.

3.  Un funesto recuerdo

Al pensar en la muerte y la desolación el pueblo de Jimaní no puede evitar remontarse a lo que vivieron el 24 de mayo de 2004, cuando el río Soleil se desbordó y arrasó con gran parte del pueblo.