En la Casa de Cultura de Sosúa ¡Ramón Peña EL 4to. Ojo del Aruspice!

24_09_2016 24-09-2016 Areito Areíto2

En los umbrales de la década de 1980 del siglo XX, emerge en la República Dominicana una oleada de poetas advenedizos cuyo principal punto de coincidencia es su lúcida y obsesiva ruptura creativa frente a las sectarias premisas estético-filosóficas del realismo social y el “materialismo histórico” que habían entintado de rojo el “sudario ideológico” que impregna y “chapea” un extracto ciertamente representativo de la producción poética de las tres décadas anteriores.
En la “Generación del 80” sobresale un núcleo significativo de autores que proponen y desarrollan una “poética del pensar” auspiciadora de un singular proceso de reapropiación y transmutación de los recursos literarios clásicos y vanguardistas en el que llegan a incorporar a la poesía dominicana una síntesis estilística especializada y una profundidad filosófica definitivamente renovadora.
José Mármol (1960): “El ojo del arúspice” (1984); “Encuentro con las mismas otredades I” (1985); “Encuentro con las mismas otredades II” (1989); “La invención del día” (1989); “Poema 24 al Ozama” (1990); “Lengua de paraíso” (1992) y “Deus ex machina” (1994), logra proyectarse como el más riguroso, productivo y efectivo provocador de una práctica textual que asume la vida, la muerte, el amor, el erotismo, el viaje introspectivo, lo metafísico, la espiritualidad, el misterio, la intuición, el pensamiento, el lenguaje y las devastaciones existenciales del Ser como “territorios” propios e inagotables de la imaginación y la creación poética en Santo Domingo.
Tal como ha señalado el poeta y ensayista Plinio Chahín: “El ojo del arúspice, de José Mármol, publicado en 1984, marcó el inicio de la generación de los ochenta. Fue con ese libro que José Mármol, entonces un joven veinteañero, instauró una nueva sensibilidad en la poesía dominicana”… (Hoy, Areito, 20-06, 2015). Desde luego, la importancia trascendental de la lírica de Jochy Mármol no solo se aprecia en la riqueza expresiva que ilumina su espléndida profecía estética o en los prestigiosos galardones que ha obtenido en múltiples ocasiones, tanto a nivel nacional como internacional, sino también en el mismo potencial inspirador que promueve su prodigiosa y alucinatoria aruspicina textual.
Entre los dominicanos, además de Plinio Chahín, algunos poetas y críticos literarios reconocidos como Mateo Morrison, Irene Pérez Guerra y Basilio Beliard, han analizado y valorado en forma rigurosa la vital y visionaria obra poética de Jochy Mármol. En su libro “Viaje hacia el arúspice. Relectura de la obra de José Mármol” (2015), Mateo Morrison nos advierte sobre el límpido “instante del lenguaje” que adhiere “El ojo del arúspice” a la poesía dominicana contemporánea al mismo tiempo que aclama de manera justa y merecida la ópera prima de nuestro poeta.
Asimismo, Ramón Peña (1959), polifacético, proactivo y destacado artista visual puertoplateño que desde hace más de tres décadas ejerce plenamente con voz tan propia y discreta como aleccionadora su auténtica condición de taumaturgo de la memoria cotidiana, en su impactante exposición titulada “OJO DE ARUSPICE 4”, exhibiéndose desde mediados del mes de junio del año en curso en la sala de exposiciones de la Casa de Arte de Sosúa, no solo efectúa uno de los más elocuentes, hermosos y significativos tributos a este texto seminal, sino que también se reafirma en primera línea entre los más sensibles, apasionados e ingeniosos intensificadores de la rizomatica entrega poética de José Mármol.
Efectivamente, en “OJO DE ARUSPICE 4”, compuesta por nueve piezas de gran formato, entre instalaciones, dibujos y ensamblajes que integran una asombrosa diversidad de medios, materiales, objetos y elementos encontrados como pintura, fotografía, madera, chatarras metálicas, papel, tachuelas, aldabones, “tapitas” de embases de refrescos y etiquetas de diversos productos industrializados de uso y consumo masivo, recolectados durante meses y años por el mismo Ramón Peña en las calles, vertederos y playas de la ciudad de Puerto Plata, accedemos a una aventura fascinante cuando el artista superpone lo real sobre la realidad, logrando que sus espectaculares instalaciones y reacciones imagéticas, activen la capacidad crítica y contradictoria del espectador frente a la vorágine del consumismo maquinal que desata el mercantilismo poscapitalista.
En estos hallazgos imagéticos de inmenso e inefable potencial expresivo; a través de una taumaturgia poética de lo real, “apropiado” en sí y liberado del prisma de la transcripción conceptual e imaginativa, al igual que el “Haruspex” o adivino etrusco invocado por Jochy Mármol y que en la antigua Roma examinaba ritualmente las entrañas de los animales sacrificados para vislumbrar el futuro, Ramón Peña procede como un nuevo vidente: acechador, escudriñador, alerta, concienzudo y cuidadoso, materializando una brillante, insólita y premonitoria arqueología de la cotidianidad que recupera vestigios efímeros y “eternos”, mediante los cuales los signos de la memoria, la materia, la realidad y el tiempo, continúan borrándose y reproduciéndose vertiginosamente.