En la espalda del dragón: las terrazas de arrozales de China

Las terrazas de arroz vistas desde la cumbre. Desde esta perspectiva se aprecia el enorme trabajo de transformación de las montañas realizado durante sig l o s .

La “espalda del dragón” es uno de los lugares más fascinantes que ofrece la inmensa China para el turista: un lugar hasta hace muy poco cerrado al exterior, con paisajes espléndidos, minorías étnicas de ricas y vistosas tradiciones y deliciosa gastronomía.
Además, y si no se va en las épocas de más vacaciones de China, no hay demasiados visitantes, algo cada vez más importante en un país de casi 1400 millones personas y donde el turismo interno está promovido por las autoridades como un nuevo motor de la economía, lo que genera cada vez mayores multitudes en los sitios más populares.

Nuestro viaje nos lleva esta vez a unas pequeñas montañas cuyo trazado sinuoso y con terrazas de arroz dibujan un perfil que recuerda a la espalda de un dragón con las espinas sobresaliendo de su lomo.

Estamos en la sureña región autónoma de Guanxi, una zona muy rica en agua y vegetación, cuyas montañas han propiciado un aislamiento que hacen mantener -todavía, aunque puede que no por mucho tiempo- la autenticidad a sus habitantes.

En el sur de China hay otras zonas -sobre todo en la vecina Yunnan- con hermosas terrazas excavadas en las montañas para cultivar arroz y aprovechar al máximo el potencial del terreno para producir alimentos, pero la montaña de Longji (que significa precisamente la espalda del dragón) es posiblemente la más conocida.

Estamos a unos 100 kilómetros de la ciudad de Guilin. A la aldea más alta se llega por una estrecha carretera que apenas tiene veinte años, y que conecta con una vía general. Hasta entonces, la población -sobre todo de las etnias zhuang y yao- estaba bastante aislada y vivía de forma muy rústica de una agricultura y ganadería de subsistencia.

Las etnias se refugiaron en estas montañas y valles en el siglo XIII debido a la presión de los han (la etnia mayoritaria en China) que a su vez sufría la invasión de los mongoles. La construcción de las terrazas, que llevó varios siglos de paciente trabajo, fue necesaria para lograr suficiente superficie de cultivo para sobrevivir.

Las mujeres yao no se cortan el pelo después de casarse, por lo que su cabello es tan largo que se hacen un complejo moño que se cierra en la frente. En algunas aldeas de la zona aún se puede ver una ceremonia en la que un grupo numeroso de mujeres se suelta el pelo para cepillárselo, al unísono, mientras cantan canciones tradicionales.

Una larga caminata. El viajero llega hasta un aparcamiento en las afueras de la aldea más elevada. A partir de ahí los visitantes deben pagar entrada para continuar y caminar por un sendero de cemento y piedras que asciende (por cuestas y largas escalinatas) durante unos quince minutos hasta la zona poblada, con varios hoteles, cada vez más, y las viviendas de los habitantes locales.

Los turistas menos dotados físicamente, o los que quieran hacer la gracia, pueden optar por subir en una silla de mano llevada por hombres locales, mientras que mujeres zhuang, con la cabeza siempre con un tocado textil de color, se ofrecen a llevar el equipaje en las tradicionales cestas que cargan a la espalda.

El pueblo es muy pequeño y hay varios hoteles pequeños de reciente construcción, aunque con mucha madera en las fachadas para no romper la armonía visual.

A pesar de los nuevos hoteles y cafés, siguen predominando las viviendas campesinas de madera, que en esta zona son muy grandes, con tres niveles (animales en el primero, zona habitable en el segundo y granero y secadero de alimentos en el tercero, lejos de la fuerte humedad del suelo).

El espectáculo de las terrazas. Patos, pollos y gallinas pasean tranquilamente por caminos y callejuelas, mientras que pequeños corrales de mulas y cerdos aparecen de forma intermitente, pero a lo que se viene aquí es a subir por las escalinatas y estrechas callejuelas en cuesta hasta la cima de las montañas que rodean el pueblo.

Desde las distintas cimas se mira hacia abajo para admirar el espectáculo de las terrazas, cavadas pacientemente a mano durante siglos, desde la base hasta la misma cima.