En los días en que murió Maelo

http://hoy.com.do/image/article/53/460x390/0/871DDFA6-F2A8-4A1A-9F97-F825D53972B7.jpeg

POR ALEXIS MÉNDEZ
Y el pueblo se adueñó de su cantante. No se permitió carro fúnebre para transportar el féretro. Cortejado por su gente, que amansaba sollozos entre bombas y plenas, fue llevado a su última morada. Cubierto de un cielo gris que alegaba tristeza, Puerto Rico dio la despedida a su sonero… “al Sonero mayor”.

Y ya en la tumba, se resistían a enterrar el cuerpo. Lo entraban en el hoyo, luego lo sacaban, alguien abrazaba el ataúd, o lo confundía con los tambores si se escuchaba “El bombón de Elena”. Se advertía una sola lágrima que bañaba el canto, el sonido de las panderetas, y los vaivenes de caderas que bailaban.

Mi memoria trae vivo retrato de aquel 16 de mayo de 1987. Después de tres días de velorio, nadie podía creer que uno de sus ídolos populares los dejaba.

Yo tampoco lo creía. Recuerdo que en la tarde del día 13, mientras estudiaba, recibí la llamada de un amigo que me dijo:

-¡Diablos, murió Maelo!

Accedí a prender el televisor como me lo había pedido. Entonces entendí lo que decía cuando escuché a Domingo Bautista hablar del triste asunto.

Dos horas después, en todas las emisoras de Santo Domingo que incluían salsa en su programación, se escuchaban temas de Ismael Rivera. En una encontré una mezcla de éxito hecha por un Dj, la cual grabé en un cassette, y repetí hasta la saciedad. En otra, se escuchaba, ya por la mitad, el corte “Las caras lindas”, escrito por Tite Curet. Entonces puse atención a lo que “El Sonero” cantaba: “Por eso vivo orgulloso de su colorido/ somos betún amable de clara poesía. / Tienen su ritmo, / tienen melodía, /las caras lindas de mi gente bella”.

Ya habitaba en mí una gran admiración por él. Sabía que tenía su “no sé qué, y su que sé yo”, que sus inspiraciones, que venían de la bomba y la plena que junto a Rafael Cortijo nos regaló, ha influenciado a una mayoría de salseros. Y hoy se habla de una escuela de la que se han considerado alumnos de primera butaca, Marvin Santiago, Cano Estremera, y Raulín Rosendo, entre otros. Cheo Feliciano y Gilberto Santa Rosa, aunque son de la escuela de Tito Rodríguez, también tomaron del “soneo” de Maelo. Lo que sí descubrí aquel día, y con aquella interpretación que hacía Maelo de los versos de Don Tite, fue un sentimiento especial, con matices pasionales, con rebeldía, con un amor que bordeaba las costas de su isla, que nadaba en las aguas de su Caribe y se alojaba en los brazos de su cultura… de su raza.

Otra vez debo citar Enrique Romero, el culpable de que hoy yo exhiba con la cabeza en alto mi realidad salsera. En su libro “Salsa, el orgullo del barrio”, este autor se refiere a Maelo de la siguiente manera:

“Reunió todas las características de la leyenda popular: Origen humilde, conciencia social, talento artístico, sentido poético, fiel, valiente y temerario, signos que se descubren en cualquiera de sus canciones y fueron inamovibles durante toda su carrera”.

A partir de ese momento, la prensa escrita y la televisión fueron la ventana que me permitieron ser testigo y partícipe del lloro disfrazado de gozo que vivían los boricuas, y los salseros de corazón de todo el mundo, ante la partida de un verdadero líder rumbero.

“Ya te lo dije traigo de todo/ el son montuno caballero yo lo vacilo a mi antojo”.