En pasado y presente

Federico-Henríquez-Gratereaux

El lingüista piamontés Umberto Eco escribió en 1972 un breve ensayo titulado: “Hacia una nueva Edad Media”. Eco tenía la costumbre de jugar con las palabras, las sentencias latinas, los títulos de la literatura clásica antigua. Como buen lingüista, se entretenía con fonemas, símbolos y traducciones. Su inteligencia, cultura y talento expresivo, están fuera de toda duda. Un conjunto de cuatro escritos suyos, redactados en 1967, 1974, 1979 y 1980, fueron publicados bajo el título general: “De consolatione philosophiae”; el primero de ellos lleva un atrevido título: “El cogito interruptus”. Este pensamiento interrumpido alude en forma oblicua a la filosofía cartesiana y, al mismo tiempo, -si calipticamente- al acto sexual interrumpido.
Estos divertimentos de hombre de letras conducen a Eco, en su visión de la “Nueva Edad Media”, a equiparar pax romana y pax americana. Nuestra época de confusión y mescolanza le ha sugerido las reflexiones siguientes: “¿Qué necesitamos para hacer una buena Edad Media? Ante todo una gran paz que se degrada, un gran poder estatal internacional que había unificado el mundo bajo una lengua, costumbre, ideología, religión, arte y tecnología y que, en un momento dado, a causa de la propia ingobernable complejidad, se derrumba. Y se derrumba por la presión que en sus fronteras ejercen los “bárbaros”, que no son necesariamente incultos, sino que son portadores de nuevas costumbres y de nuevas visiones del mundo”.
“Estos bárbaros pueden invadir con violencia, porque quieren apropiarse de una riqueza que les había sido negada; o bien pueden insinuarse en el cuerpo social y cultural de la “Pax” dominante haciendo circular nuevas formas de fe y nuevas perspectivas de vida. El Imperio Romano, en los comienzos de su decadencia, no fue socavado por la ética cristiana; se socavó sólo al acoger sincréticamente la cultura alejandrina y los cultos orientales de Mitra y Astarté, jugueteando con la magia, las nuevas éticas sexuales y diversas esperanzas e imágenes de salvación”.
“El imperio acogió nuevos componentes raciales, eliminó, por la fuerza de las circunstancias, muchas rígidas visiones de clases, redujo la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos, entre patricios y plebeyos, conservó la división de la riqueza, pero moderó -no podía hacer otra cosa- las diferencias entre los roles sociales…”.