En recuerdo de don Manuel

PEDRO GIL ITURBIDES
Si una mujer enviuda de varios hermanos con los cuales se ha casado en forma sucesiva, ¿con cuál de ellos vivirá en el cielo? La pregunta es irrelevante en nuestros tiempos, y en nuestra cultura. Se evidencia que no estamos atados a los preceptos prevalecientes en el pueblo y en la época en que aquella interrogante fue hecha a Nuestro Señor. Pero el sacerdote a quien correspondió comentar el evangelio de san Lucas, resaltó la cuestión porque deseaba recalcar este otro porvenir que aguarda a los hijos del Creador.

La liturgia eucarística, concelebrada, era la correspondiente al sábado de la trigésimo tercera semana del tiempo ordinario. A los fines de consolidar esta línea de pensamiento se varió la primera de las lecturas establecidas para ese día. Si bien del libro del Apocalipsis como figuraba en el formulario del sábado, los celebrantes eligieron un texto más acorde con el evangelio previsto. Procuraban que esta lectura del Apocalipsis concordase más específicamente con el evangelio de san Lucas. Porque, como dijo el padre Ernesto Esquivel al pronunciar su sermón, los celebrantes procuraban exaltar el misterio de la resurrección.

Este misterio ha seducido a los pensadores de todas las culturas. De hecho, esta misma lectura evangélica, había sido centro de la celebración de la palabra el domingo anterior.

Ahora nos hallábamos en la misa del novenario por el alma de don Manuel Corripio García. Amigos y relacionados de la familia abarrotaban el templo consagrado a la Santísima Trinidad. José Alfredo, uno de los nietos, leyó el texto de san Juan. Manuel, el del nombre del abuelo, pronunció el salmo responsorial, invocando la participación de los feligreses.

Fue entonces que el sacerdote comenzó la lectura de esa porción del capítulo 20 que habla de la siete veces viuda. Por encima de la mente humana, Jesús conoció de las intenciones de los saduceos. Respondió recordándoles que aquellos llamados a la vida eterna, no contraen matrimonio. La vida celestial no es remedo de la terrena. Pero además, les dijo, la resurrección se halla implícita en las oraciones de Moisés, quien clamó siempre a Dios como el padre de Abraham, de Isaac, de Jacob. Si la vida celestial no fuere una realidad, Moisés habría clamado a un Dios de muertos.

¡Cuántas veces hemos hecho este mismo parangón, implícito en la pregunta de los saduceos! Imaginamos al Creador con traje talar, y a los arcángeles y a los ángeles, y a los santos, con clámides inmaculadas. Hemos soñado con Dios, apegados a una antropomorfia que lo vuelve más cercano a nuestras pesadumbres y dolores. Y sin embargo de ello, ninguno de nosotros puede explicárselo sino por la fe. Porque como dijo Jesús a quienes procuraron su confusión, el cielo está reservado para quienes son tenidos como dignos de alcanzarlo.

A esta incomprensible percepción nos condujo el sacerdote en su homilía.

Porque es por la fe por donde hemos de aceptar aquella otra existencia tras esta vida terrena. Sobre ello plantea san Pablo que “por cuanto la muerte entró (al mundo) por un hombre, también por un hombre (entró) la resurrección de los muertos”.

Pero, ¿quiénes acuden a la presencia de Dios? Jesús le dijo a los saduceos que “aquellos que son dignos de alcanzar aquel siglo”. Desde niños se nos enseñó que son los que han llevado vida apegada a los preceptos divinos, ésos, los escogidos.

Con don Manuel tuve menos relación que con su hermano Ramón, a quien conocimos en nuestra niñez. Mi padre tenía mayor trato con éste pues en cierta medida era depositario de las relaciones comerciales de don Amador Pons y de don Francisco Beltrán. Y los negocios de éstos, aunque importadores y exportadores por sí mismos, eran con don Ramón.

Por ello tal vez, fue hacia los días en que las comunidades rurales de Haina comenzaban a transformarse por el impulso del ingenio azucarero, cuando negoció con don Manuel. La bodega de papá lo incluyó en su lista de proveedores, pues la gente cambiaba techumbres de cana, por el zinc. La bucólica vida quedaba en el pasado y en los abiertos caseríos se montaban puertas que requerían aldabas o bisagras.

Cuando ello faltaba a don Ramón, acudíamos a don Manuel con las órdenes comerciales de nuestro padre. Y mientras entregábamos aquellos papeles observábamos aquel hombre capaz de ejecutar lo pequeño o lo grande, ante la tardanza de sus peones.

Pero era en el paso desde o hacia el Colegio Nuestra Señora de la Altagracia, casi patio con patio con su negocio de la Emilio PrudHomme, cuando podía observarlo a mis anchas. La curiosidad del muchacho intuía al negociante inusualmente silente al compararlo con su hermano Ramón, extrovertido. Trabajador constante, sentado ante el escritorio o colocado a la puerta del almacén, no parecía tener descanso. Lució siempre inagotable, como lo fue hasta la etapa final de su longeva existencia.

En todo ello pensé durante la celebración eucarística. Y mientras cavilaba respecto de los saduceos con su viuda de siete maridos, pensaba en esa eternidad que nos está reservada. Pero pensé en la prolongación de los recuerdos y, por ende, de las vidas, que es la que se guarda en la memoria y la emoción de los hijos y los nietos de cuantos ya se han ido.

Y me dije: es en el amor de su hijo Pepín, y en la devoción que mostró hacia su padre, en donde podemos encontrar la verdadera dimensión de este labrador del destino.