En torno a ascensos y descensos

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Existe una extraordinaria similitud en todos, absolutamente todos, los procesos de la Creación. Tanto en las naciones, grandes y fuertes o chicas y débiles, como en cada ser humano, cada individuo, el ascenso y el descenso dependen en muy alta medida, de procesos interiores.

Todo está dentro.

¿Quién habría predicho que la Alemania devastada a ras y el Japón aplastado a mediados del Siglo XX tras la cruenta Segunda Guerra Mundial, que trajo tantas nuevas dimensiones del horror, se levatarían en ese mismo siglo hasta convertirse en potencias económicas antes del fin del mismo, no por planificaciones externas (Plan Marshall, etc) sino por formidables esfuerzos internos, por orgullo nacional bien dirigido? He escuchado la opinión de personalidades en cuanto a que fue el gobierno militar encabezado por el ya general de cinco estrellas Eisenhower, el que logró la transformación del Japón en un estado moderno efectivo y progresista. ¡Qué miopía!

Las bombas atómicas norteamericanas habían demostrado una capacidad destructiva insoñada a inicios de agosto de 1945, pero ya en mayo de 1945 más de quinientas superfortalezas volantes norteamericanas arrojaron cuatro mil quinientas toneladas de bombas incendiarias sobre la zona industrial de Tokio. En un día. Al siguiente, 29 de agosto de 1945, las superfortalezas norteamericanas arrojaron tres mil doscientas toneladas de bombas incendiarias sobre Yokohama. Luego las bombas atómicas, lanzadas con paracaídas para que causaran mayor daños, no eran necesarias sino como experimento.

Las indignidades y las impudicias son viejas y no es de extrañar que, después de todas las fervorosas adhesiones a Mussolini, reducido a cenizas el “Eje”, el admirado Duce fuese capturado por sus antiguos partidarios, ejecutado y mostrado vergonzosamente a la multitud colgando como un sacrificado animal de mercado junto a su amante Claretta Petacci, en lo que debería constituir una vergüenza para la especie humana… y, no menos, por otra parte, una valorización dignificante del amor. Una supremacía de los valores nobles, sobre la inmundicia de los intereses y las bajas pasiones.

Refiriéndose al derrumbamiento de las potencias, Arnold Toynbee niega en su monumental “A Study of History” (volumen IV) que el derrumbe sea inherente a una férrea ley que gobierna el mundo físico, sino resultado de una negligencia no decretada por ley alguna. Se trata, nos dice Toynbee, de un fallo humano del cual no hay necesidad.

Yo he dicho y escrito muchas veces, hasta en mi texto de historia dominicana, que el gran pecado nacional ha radicado en tener los ojos y las esperanzas de progreso puestas en el exterior. Aquel subsidio o “situado” dispuesto por la Junta Central de Sevilla en enero de 1910, consistente en trescientos mil pesos anuales que deberían ser suministrados por las Reales Cajas de Caracas y México, la mitad cada una, no es sino símbolo de una actitud negligente y de una desconfianza en los valores nacionales. Se trataba de apoyarse en Estados lejanos o cercanos, España, Francia, …cuando el licenciado Núñez de Cáceres logra acabar con el anhelado dominio español en Santo Domingo, sustituye la Constitución española por un Acta Constitutiva que creaba el “Estado independiente de la parte española de Haití”, autoconsiderándose “en alianza con la Gran Colombia” y pretendiendo componer uno de los Estados de la Unión. En los edificios públicos se enarbolaba la bandera colombiana, pero el plenipotenciario enviado a Colombia no pudo obtener nada. Simón Bolívar estaba en campaña y el vice-presidente Francisco de Paula Santander no se atrevió a aceptar, en ausencia de Bolívar, las propuestas dominicanas de adhesión que conllevaban obligaciones para aquel gobierno. Se propuso una alianza con Haití, que naturalmente fracasó también. Prefirieron invadirnos y humillarnos.

Hace poco tiempo podía verse en la Zona Colonial de Santo Domingo una bandera norteamericana y un letrero anunciando al “Partido Yanquista Dominicano”.

Son viejos síntomas de desconfianza que continúan agazapados en reductos cada vez más pequeños.

Poco a poco vamos levantando un sentido de orgullo nacional, de convicción de que con disciplina y esfuerzo tenaz, podemos convertirnos en un país próspero, donde impere la justicia, se erradiquen los excesos que sufrimos por la práctica de la impunidad y logremos vivir, finalmente, en un orden impuesto por la educación y el buen sentido.

Los síntomas actuales son alentadores.