En torno a la jerarquía de los valores

Lo primero es partir de una realidad cotidiana: Todos consideramos que hay cosas, acciones, actitudes, personas e instituciones que valen más que otras. Ahora bien, lo que cada cual considera “lo mejor” o “lo peor” varía tanto que la “piuma al vento”  que menciona el disoluto aristócrata de la ópera Rigoletto viene a ser una especie de inamovible roca ante la veleidosa variabilidad de la “pluma al viento” de la opiniones y preferencias de los humanos.

No obstante, es necesaria una jerarquía de valores que se aproxime, lo mejor posible –dadas nuestras limitaciones- a lo que resulta lo más conveniente para las mayorías, para la comunidad.

Un eminente pensador ha dicho que si comprendiéramos más, juzgaríamos menos. ¡Pero la comprensión de verdades distantes de las nuestras es harto difícil! Es más cómodo y tranquilizante acoger, cargar tiernamente y arropar con suave amor nuestras preferencias, que pueden no ser necesariamente malas, sino simplemente diferentes. Cada ser es un universo. Risieri Frondizi, del Departamento de Filosofía de la Universidad de California, nos dice en su obra “¿Qué son los valores?”, reeditada y reimpresa varias veces y traducida otras tantas, que “Si no hubiera ninguna jerarquía de personas, actividades y cosas, no nos esforzaríamos por mejorar, careceríamos de aspiraciones, ideales, y la educación y las reformas en la moral y la política no tendrían sentido. Lo tienen porque hay posibilidades de ascender de un valor bajo a uno más  alto, de lo malo a lo bueno y de éste a lo mejor. Esa posibilidad es lo que justifica el esfuerzo continuo de los individuos, grupos y naciones por superar la pobreza, el hambre, la injusticia social, la rutina, la ignorancia y la esclavitud”.

Entendemos que la jerarquía está encabezada por el bien multitudinario, por el beneficio del conglomerado. Y no hay que tomar mal lo de conglomerado. Cuando Juan Bosch dijo que Haití no era una Nación sino un conglomerado, no habló despectivamente como algunos han querido interpretar. Se refirió a la dolorosa realidad de lo que cabe poner como carencia de jerarquías, de ordenamientos, de respeto a una escala de valores que la filosofía estudia, desde la segunda mitad del siglo 19, llamándola “axiología”, y cuya necesidad es de primera importancia.

Al fin y al cabo, sin ordenamiento nada puede existir. Nuestros problemas dominicanos radican en el desorden, en una escala de valores, -en una axiología- disparatada, o, peor que eso, inexistente. Las leyes, cual que sea su virtud o error, son aplicadas “a veces sí, a veces no” como ha cantado Julio Iglesias con su voz de escaso valor conforme a la axiología clásica, pero voz que triunfa y trasciende.

Y esto nos lleva a otro punto: En verdad ¿Qué es lo importante, ser o parecer?

Julio César lo tenía claro: “Ser y parecer”.

Nosotros estamos muy metidos en las apariencias.

Tengamos cuidado.