Encuentros. ¿Fin de la Historia? Reflexiones finales. Y 6

Areito 1

Destino del Poeta, Octavio Paz
¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.
Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.
También la luz en sí misma se pierde.
No sé si a mis lectores les ha interesado esta reflexión. A veces pienso que andamos en un mundo tan absurdo y vacío que reflexiones tan existenciales pierden interés. Hoy, en esta etapa de mi vida me confirmo y declaro que las ideas y creencias, no los principios, nunca los principios, deben ser revisados constantemente.
Planteábamos en la entrega anterior, que el Marxismo como teoría, tenía serias contradicciones en sus concepciones de base. Uno de sus grandes opositores fue sin duda alguna el austríaco Karl Popper. Dirigió su ataque contra el determinismo historicista. A juicio del economista austríaco, Marx tenía una concepción lineal de la historia, sobre todo al asegurar que todas las sociedades debían pasar por esas etapas. En su obra “La Miseria del Historicismo” plantea duramente las críticas a la concepción marxista del devenir de la humanidad, pues consideraba que la teoría dialéctica de la historia social era más que nada una camisa de fuerza para los investigadores, e incluso para los propios marxistas.
Otro crítico fue Friedrich Hayek, quien criticó duramente la posición marxista del orden espontáneo en la economía. Según Marx, las condiciones objetivas, independientemente de la voluntad de las personas, se producirían los cambios económicos y se sucederían las etapas. La realidad ha demostrado con creces que esas etapas no eran espontáneas.
Independientemente de los críticos en el plano teórico, y de los enemigos en el plano político, el marxismo caló en el mundo. Fue fuente de inspiración para importantes movimientos políticos y revoluciones que transformaron el escenario mundial.
La primera revolución importante fue la Bochevique. El liderazgo de Lenín, su concepción de partido único influyó notablemente en el resto del mundo. Ahora ya no sería el marxismo solo, sino que tenía un apellido, Leninismo. Así el binomio “Marxismo-Leninismo” permitió a muchos jóvenes sumarse al discurso transformador. Sin entrar en los problemas internos de la revolución Rusa con el ascenso del sangriento dictador Stalin y el ostracismo de Trosky, el triunfo del socialismo ruso dividió al mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial se inició la Guerra Fría. China se distanció de los soviéticos. Comenzó la carrera armamentista, que puso en vilo la paz mundial.
El triunfo de la Revolución Cubana en 1959, inspiró a muchos jóvenes. La Guerra Fría llegaba al patio mismo del coloso norteño. Estados Unidos puso todos sus esfuerzos por destruir esa revolución. El embargo fue uno de los mecanismos más eficientes. Cuba quedó aislada. Entonces se aliaron a los soviéticos, que durante muchos años constituyó su principal fuente de ayuda.
El triunfo de la guerrilla cubana inspiró al Padre Camilo Torres en Colombia, y el Ché Guevara anuncia la guerrilla revolucionaria, pero es muerto en 1969. Las organizaciones militares de izquierda se expandieron en República Dominicana, El Salvador, en Nicaragua, en el Cono Sur como Argentina y Uruguay. La guerra fría se libró por todas partes.
Las ideas socialistas entraron en crisis en los años 80. En España surgió la idea del Eurocomunismo, como una respuesta a la nueva realidad. A mediados de la década terminó la Guerra Fría. Los países socialistas entraron en crisis. El capitalismo se expande por todas partes. Entonces vuelve la pregunta inicial: ¿Es este el fin de la Historia? ¿Tenía razón Fukuyama? ¿Es el capitalismo el estadio final del trayecto vital de la humanidad por el tiempo? Constato una realidad: la economía de mercado se ha expandido a lo largo y ancho del globo terráqueo. Ha impuesto la cultura del consumo desmedido, del lujo sin sentido, porque en su lógica de compra y venta, tener es lo más importante. Se vende todo, hasta el alma misma.
No puedo aceptar esta sociedad que tenemos hoy. Ni el socialismo decadente ni el capitalismo fortalecido han podido resolver los problemas fundamentales de la humanidad: la igualdad, es decir la eliminación de la pobreza, las injusticias políticas de voluntades que se consideran superiores, como tampoco ha habido una decisión política por solucionar las enfermedades que nos azotan. En cambio, hemos, no, ellos han invertido en contratar científicos para crear armas de destrucción masiva. Tenemos armas letales como las armas químicas, los misiles, los cañones, los tanques de guerra, las ametralladoras, las bombas atómicas…. Pero en África sigue matando el hambre y en Siria los niños mueren sin piedad por la inconsciencia y necedad de unos cuantos.
Creo, y de eso estoy convencida, que además de que la pobreza se expandió a lo largo y ancho de las sociedades socialistas, con excepción de la casta privilegiada, la supresión de la libertad fue un factor determinante en su derrota.
Defiendo la libertad, el derecho de pensar, de disentir, de elegir. Estos principios fueron excluidos en las sociedades socialistas, negando con ello sus propios discursos igualitarios, inspiradores para los jóvenes que se inmolaron, se sacrificaron para triunfar y luego encontrar la gran pesadilla negadora de la palabra pensada, para ser sustituida por la palabra aprendida de memoria.
No estoy conforme con este mundo que tenemos hoy. Los conflictos no terminan. Terminó la Guerra Fría, y se expande una nueva Guerra Non Santa contra el terrorismo de grupos musulmanes extremistas, quienes para llamar la atención y atacar en el corazón de lo que ellos llaman el monstruo o los monstruos de perdición, son capaces de inmolarse para matar inocentes.
Tal vez solo nos queda la palabra para gritarla, para escribirla, para denunciar, para exigir cambios. Necesitamos una nueva esperanza. Ya no quiero escuchar los discursos vacíos de nuevas ideologías mal llamadas revolucionarias. No quiero, no puedo, no debo defender ninguna idea que alguien me imponga. Quiero pensar por mí misma. Deseo que los jóvenes sean capaces de elegir, pero que tengan conciencia que el destino depende de sus decisiones
A veces no quisiera ser historiadora. A veces solo quiero ser soñadora. A veces solo quiero vivir en mi pequeño gran mundo. A veces solo quisiera escribir de las pequeñas cosas que no comprometen: la nieve, el viento, la lluvia, el sol, el paisaje, el color de las flores… Pero entiendo que es un escape egoísta.
Entonces me digo que la historiadora y la mujer deben vivir juntas. La primera aporta, arrastra el pasado para hacerme pensar sobre este presente y así poder tener bases para pensar y proponer qué debemos hacer acerca del futuro. La historiadora lleva en sus hombros las huellas de dolor y sangre de sus antepasados. Un lastre duro de arrastrar, de cargar, de llevar.
Que estas seis entregas les hayan permitido reflexionar. Como siempre estoy sin respuestas. Busquémoslas juntos. Hasta la próxima.