Encuentros
Mujer de muchos años

“Soy la persona que quiero ser…. Algunas veces me desespero al ver mi cuerpo, las arrugas, los ojos, las ojeras, la celulitis. Y a menudo me sorprendo de la persona que vive en mi espejo…. No cambiaría mi amada familia, ni a mis sorprendentes amigos, ni mi maravillosa vida, por menos cabellos canosos y un estómago plano.

Me he convertido en mi amiga… Estoy en mi derecho de ser un poco desordenada, ser extravagante y oler las flores. He visto queridos amigos irse de este mundo, antes de haber disfrutado la libertad que viene con hacerse viejo… A través de los años mi corazón ha sufrido… por la pérdida de alguien querido, por el dolor de un niño o por ver morir a mi mascota. Pero es el sufrimiento lo que nos da fuerza, lo que nos hace crecer. Un corazón que no se ha roto, es estéril y nunca sabrá de la felicidad de ser imperfecto.

Me siento orgullosa de haber vivido lo suficiente para que mis cabellos se vuelvan grises y por conservar la sonrisa de mi juventud, antes de que aparezcan los surcos profundos en mi cara. Cuando se envejece, es más fácil ser positivo. Te preocupa menos de lo que los demás puedan pensar…. ¡Me gusta ser vieja porque me ha dado libertad! Me gusta la persona en que me he convertido. No voy a vivir para siempre, pero mientras esté aquí, no perderé tiempo en lamentarme lo que pude ser, o preocuparme por de lo que será….”  Autor desconocido, Un regalo para ti, encontrado en Internet.

Hace unos pocos días cumplí 53 años.   Como dice un amigo, el tercer aniversario de mis 50 otoños.  Como era día laborable, no hice nada.  Incluso tenía la agenda cargada de reuniones y encuentros.  Recibí llamadas de mis familiares y de mis amigos y amigas.  Mientras despachaba por mail, me encontré con el mensaje que encabeza esta columna, enviado por Sara Guilamo,  amiga y compañera de labores. Me llamó la atención porque el título era: Un regalo para ti. Cuando lo abrí me sentí feliz. ¡Qué agradable sorpresa!  Pensamientos llenos de sabiduría adornados con hermosas mujeres de avanzada edad. 

Me vi reflejada en cada una de esas imágenes.  Mujeres de pelo blanco, de surcos profundos, de manos encalladas, de pieles resecas y llenas de manchas, todas mujeres que han caminado por la vida por mucho más de cinco décadas. Mujeres a quienes el tiempo y la distancia han borrado episodios de sus vidas, pero que siempre preservan aquellos que marcaron sus existencias.

Las sabias palabras del mensaje me hicieron reflexionar mucho.  Ya no soy la joven adolescente y soñadora de hace varias décadas, cuando me inquietaba enormemente qué sería de mi vida. ¿Quién será mi compañero de vida? ¿Será alto? ¿Será gordo o será delgado? Me preguntaba cuál sería mi profesión.  ¿Cómo será mi vida? Era la pregunta más persistente en mis difíciles años de adolescencia. Una vez soñaba con ser periodista para denunciar las injusticias sociales y ofrecer a los pobres un espacio y una voz. 

Otras veces decía que sería escritora para decir todo lo que sentía y pensaba.  Miles de veces decía a mis padres que sería maestra.  Mi primera vocación fue boicoteada por mamá y papá.  ¿Qué quieres ser periodista? Me preguntaban ¡Jamás! Era su respuesta. Ahora los entiendo. Eran los inicios de los 70, y ya habían ocurrido los asesinatos de Gregorio García Castro y de Orlando Martínez. Como mi vocación no era tan fuerte. Decidí ser maestra. Y desde entonces lo he sido. Creo que he estado en las aulas por más de 35 años y todavía disfruto discutir con los muchachos algún tema de actualidad, algún concepto nuevo o algún personaje desconocido para ellos.  

Quise siempre escribir. De niña, escribía mis pensamientos, sentimientos y emociones en un viejo cuaderno que hoy todavía conservo. La palabra escrita es una de las formas más hermosas que he encontrado de vivir; de vivir mi propia vida y a través de la escritura de otras personas, vivir también las vidas de los demás.  A través de todos esos años he podido vivir mi vida y otras más.  He llorado junto a las heroínas de las novelas de amor cuyos adorados amantes amados se alejan por diferentes razones.  He reído con las imposibles y absurdas travesías de los héroes de aventuras. 

He conocido los secretos de muchas ciudades a través de las novelas policíacas, como George Simenon, el reconocido novelista francés que hurgó a través de sus trabajos por los rincones oscuros de París. Me pregunto a veces si hoy a mis 53 años soy capaz de tener nuevas ilusiones.  Me pregunto si todavía soy capaz de creer en la utopía transformadora que inspiró mis primeros años de vida. Intento, sin embargo, alentar a los jóvenes para que sigan sus sueños, sus utopías. Los aliento a descubrir las estrellas que marcarán sus caminos. 

Pero a mis 53 años, ya no quiero ser heroína de nada. Solo deseo seguir hurgando en el conocimiento humano por medio de la razón y de los sentimientos. He aprendido que la vida es una y hay que vivirla lo mejor posible cada día. No me importa ya si no he comprado, y mucho menos leído, el último libro publicado en el país o Latinoamérica. Ya no tengo necesidad de ir deprisa a comprarlo, leerlo a veces sin tiempo, deseos o entusiasmo, solo para poder decir algo en los encuentros académicos. Compro, leo y hablo de lo que se me antoje y cuando se me antoje. Ya no quiero ser ni estar a la vanguardia intelectual.

Una de las ventajas de tener más de cinco décadas es que puedo llevar otro ritmo. Abandonar algunas actividades culturales o sociales es una de las delicias de esta edad.  ¿Por qué debo ir? ¿Es necesario? Si las preguntas son negativas, decido hacer otras cosas más interesantes, como llevarme a mi nieto a comer un helado.  Entonces lo importante cambia y todo comienza a ser relativo. Así  pues,  a mucha honra me siento, a mis 53 años, una mujer plena. Plena porque he intentado llevar mi vida de la mejor manera posible. Sin arrepentimientos por las malas decisiones y sin tristezas por los fracasos. 

Vivir es una tarea cotidiana, hermosa y difícil. A mucha honra me siento feliz con la edad que tengo.  Mi cuerpo definitivamente no es el mismo. ¿Y qué? Como dice el hermoso encabezado, a veces no me reconozco cuando me veo al espejo. ¿Me he convertido en esa mujer que se refleja allí? Ante el asombro, me recuerdo a mí misma que mis achaques cotidianos son la evidencia palpable de los cambios. La salud y la energía se han mermado. 

La bitácora diaria de medicinas y cremas que debo usar toman un tiempo precioso cada mañana. ¿Por qué algunas mujeres se empeñan en negarse constantemente?  ¿Por qué mentir sobre los años que hemos vivido, si a todas luces se notan, aunque intentemos ocultarlo con subterfugios? Convencida de que he tenido la dicha de vivir más de medio siglo, quizás también, más de la mitad de mi vida, a mucha honra digo que me siento orgullosa de la mujer en que me he convertido: más vieja, más gorda, más achacosa, más humana y quizás, producto de la edad y las experiencias, más sabia.

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