Enemas con municiones

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Hipócrates, el famoso médico griego de la antigüedad, es el autor de la frase: a grandes males, grandes remedios.  La expresión aparece en Aforismos, numeral sexto, sección primera, de la edición latina comúnmente citada por los cuidadosos bibliotecarios de antaño.  Morbos extremados – se nos dice –  requieren remedios extremados, lo mismo tratándose de la salud de las personas que de los trastornos de las sociedades. Muchas de las recetas del padre de la medicina no pueden aplicarse en la época actual; sin embargo, algunas tienen tanta vigencia hoy como a finales del siglo IV antes de Cristo. 

Sigue siendo peligroso administrar purgantes a una mujer embarazada; también las enemas o lavativas, recomendadas por Hipócrates, continúan en uso en nuestros días.  Enema es una viejísima palabra que nos viene del latin, lengua a la que llegó desde el griego; significa inyección de lavado o de limpieza.

El pobre Hipócrates llego a gozar de una fama tan extendida, que el rey de Persia le hizo atractivas ofertas para que combatiera una epidemia que afectaba a sus ejércitos.  Hipócrates rechazo los ofrecimientos porque no le pareció honroso “socorrer a los enemigos de su patria”.  (Actualmente los enfermeros de la Cruz Roja Internacional atienden a todos los heridos de guerra, sin discriminar si son de un país o de otro).  Llaman “rostro hipocrático” a la expresión facial característica de los moribundos; a las uñas curvadas de ciertos enfermos desnutridos se las denomina “uñas hipocráticas”.  Como es evidente, no debemos seguir tratamientos basados en dogmas de la medicina arcaica; pero tampoco es prudente desechar en bloque toda la sabiduría de la antigüedad clásica.

Los partidarios de la medicina natural han puesto de moda los baños colónicos, unas enemas de largo alcance que limpian hasta el cólon transverso.  Limpiar mediante una enema tradicional el recto de un paciente aquejado de estreñimiento, es un método probado de destaponamiento intestinal, un viejo recurso de la higiene para facilitar  la desintoxicación.  Ahora bien, que la limpieza interior deba llegar tan alto es cosa que merece, por lo menos, un poco de reflexión, antes de someterse a unos baños que llamaremos “de retroceso entérico”.

Las sociedades humanas a veces practican la catarsis o purgación anímica, para librarse de pensamientos turbios, remordimientos sin salida emocional, pecados inconfesos.  La tragedia griega tenia esa función pública catártica.  A través de la representación teatral los actores transmitían al espectador los “ingredientes íntimos” que componen los conflictos trágicos.  Los asistentes podían así limpiar sus telarañas mentales sin vivir personalmente una tragedia.  Los pueblos de la civilización egea limpiaban los intestinos con la enema y el corazón y la cabeza con el teatro.  Al edificio donde se montaba la obra teatral los griegos le llamaban “teatron”, palabra que quiere decir mirador o “contempladero”.

Nosotros no hemos tenido tanta suerte como los griegos.  La televisión actual embota la sensibilidad y envenena el animo de millones de trabajadores y oficinistas exhaustos.  El televisor es un “miradero” a domicilio que nos proporciona imágenes, reales o fingidas.  El cine – buena parte de él – ha perdido el carácter artístico que tuvo en el pasado; se ha convertido en un amasijo de técnicas utilitarias para entretener diversos grupos sociales.  Cada productor de cine elige un target, un blanco de publico para confeccionar su película y recuperar la inversión.  Mientras Esquilo y Sófocles procuraban aglutinar y refinar los objetivos de los ciudadanos, o estimular la voluntad de los hombres, la moderna “kineturgia” aspira a excitar las pasiones, a legitimar los instintos predatorios, a exaltar la violencia como actividad liberadora.

Los propósitos centrales de la dramaturgia griega se encaminaban a la cohesión social y al equilibrio psíquico de la persona.  La  dispersión del sentido comunitario, la disolución social, eran males temidos en las sociedades antiguas; el debilitamiento de la voluntad individual, o la personalidad esquizoide, constituían dos enfermedades indeseables.  En cambio, el videoclip fomenta la fuga de ideas y la laxitud. Los espectáculos contemporáneos de arte pop se aproximan a las danzas tribales primitivas, nos llevan a un estado hipnótico cercano al trance.  Los  sociólogos de izquierda creían que la convulsión revolucionaria podría curarnos de la alienación o enajenamiento.  Postulaban abiertamente la asonada y el petardo. Los hippies preferían aturdirse con drogas y música de percusión.

Si el mal es grande, el remedio debería ser mayor, piensan los “sociólogos hipocráticos” de ultimo minuto.  Las enemas con municiones tal vez nos arranquen de cuajo los intestinos.  El remedio de los espectáculos catárticos de hoy contiene muchos explosivos psíquicos; y los medicamentos laxantes patentizados crean habito o irritan el estomago.  Quiere esto decir que ambas clases de lavativas  – intestinal y sentimental – se han vuelto peligrosas.