Enfrentado a los críticos

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POR JIMMY SIERRA
Bienvenidos al juego de los siete errores. O a los cuentos de las “mil y una noches”, pues el crítico de cine Armando Almánzar, en tan sólo ocho párrafos, cometió una retahíla de absurdos. Debemos abordar una tarea lastimera: desmitificar a este tío en lo tocante al contenido de la crítica. Para ello no es necesario cambiar de canal: sigamos observando la misma ¿crítica?, del  Listín del 16 de septiembre del 2006.

Iracundo, el “crítico” se lanza con saña contra “Cuatro hombres y un ataúd”. Y dice que: “_ tenía un guión muy bueno, obra (sic) de Pericles Mejía, y su problema fue (sic) que, en la puesta en escena, los diálogos y situaciones escritos (sic) no fueron respetados_”.

Es preciso, aquí,  recurrir a otra “crítica”, la que el mismo Almánzar hizo a la película “Viajeros”, publicada en el mismo Listín Diario, el día 2 de septiembre de este 2006: “En lo que se refiere a la puesta en escena, hay desigualdades más que evidentes en los tonos de la fotografía: al principio de la escena del cocodrilo cuando avisa (sic) a la chica_”.

Naturalmente,  habrá de comprenderse que viene esta pregunta: ¿Qué es lo que él llama “la puesta en escena”? En la primera idea, concerniente a que “los diálogos y situaciones escritos (sic)” no fueron respetados, no hay asomos ni “restos” que nos puedan llevar a una conclusión. Sin embargo, en la segunda idea sí lo entendemos bien: ¡La puesta en escena es la fotografía! ¡Carajo! Este hombre ha descubierto el choco-leche con gofio. Ha inventado el mabí de yaniqueque con coco. Ha patentado la fórmula del arenque con habichuelas con dulce.

Atiendan bien esto: tiene más de 40 años escribiendo “críticas de cine” y cree que la puesta en escena es la fotografía. ¡Oh, Jehová!

Veamos más: sin embargo, impúdicamente, sin inmutarse, cuando “critica” la película “Lilís” elogia al director de fotografía, Elías Acosta, diciendo: “_ sabe manejar la cámara, le saca provecho, sabe moverla_” ¡Ay, el pobre! Aquí jura que el director de fotografía es el que “maneja la cámara”, el que decide los movimientos de la cámara. ¡Mi Dios! Más de 40 años escribiendo “críticas de cine” y no sabe qué cosas están consignadas en el guión técnico ni cuáles son las funciones del director de la película. Ni mucho menos la del director de fotografía. Y le atribuye a este último el papel de decidir los movimientos de la cámara. Incluso, su ignorancia es tal, que no sabe que el director de fotografía  tiene varios operadores bajo su dirección, que son los encargados de manipular la cámara. De “mover la cámara”. Por esa ignorancia escribe cándidamente: “sabe manejar la cámara”. ¡Y nunca habla de iluminación! ¡Por Dios!

Esto no es todo: al “criticar” a “Andrea”, antes de asestarle el golpe, escribe: “_ sus autores demostraron que tienen cierto talento, tal vez instintivo, pero talento al fin, para hacer cine (sic): edición, fotografía, ciertos detalles de efectos especiales (sic)_” Y, más adelante, añade: “_ pero a nadie le consultaron sobre el guión, que pecaba de excesivo (sic) en su duración (sic)_”.

No tiene quien le escriba, este general. Todo el que vio la película “Andrea”, aun sin tener conocimientos profundos sobre el particular, sabe que uno de los puntos menos logrados –el menos logrado de todos- fue, precisamente, la fotografía. Igualmente, que uno de sus aciertos fue la historia. Su éxito se basó, exactamente, en el guión. Pero este caballero, que no tiene ni la idea más remota de cómo se hace una película y quienes intervienen en ella, dice que la fotografía fue buena y el guión malo.

Todavía hay más: volvamos a la “crítica” del 16 de septiembre, 2006.  Para cebarse en “Negocios son negocios” Armando Almánzar, después de protestar porque “_ fue hecha de pe a pa sin preguntar a nadie”, expresa: “_ cuando casi todos (sic) opinaron, a posteriori, (sic) que su protagonista no era lo más conveniente para semejante personaje (sic): un individuo feo y además pobre, no creemos (sic) que vaya a ser el objeto del deseo de una chicha bonita y rica”.

“Un tonto ilustrado es más tonto que un tonto ignorante”, escribió Moliere. ¿Y qué decir de este hombre?: De un solo plumazo quiere ignorar, no sólo la historia del cine, sino, además, de la literatura, el teatro y, en general, la narrativa. ¿Desconoce el señor Almánzar la existencia de innumerables obras literarias, películas, obras de teatro y otras, hechas a partir, precisamente, de esa trama: el chico pobre y la chica rica? Y, ¿qué decir sobre “el feo? ¡Ay, infeliz! ¡No sabe que ni siquiera Hollywood aboga hoy día por los criterios del hermoso galán que predominó en sus inicios! ¡Caballeros! No voy a citar ningún nombre, pero piensen tan sólo en diez de los actores más pegados de la actualidad: por lo menos cinco serán feos. ¡El quiere niños bonitos y ricos! Seguramente, su colega, Arturo Rodríguez, quien es experto en tomar fragmentos de las enciclopedias de cine, para luego presentarlos como “críticas”, llenaría treinta o cuarenta páginas de un periódico con títulos de películas –incluyendo cartones animados-, donde “los feos y pobres” se queden con la chica bonita y rica.

Recordaremos por siempre esa “crítica”. Ahora, pasemos a la de “Viajeros”, suscrita por el propio Armando Almánzar y publicada en el mismo Listín Diario el  pasado 2 de septiembre.

Aquí, este señor escribe: “Además, y es algo que no es tan evidente pero se sabe (sic), sus creadores, los productores, directores, musicalizadotes (sic) y, tal vez, algunos (sic, sic, sic_) más pertenecen a una secta cristiana_”. Y a continuación le atribuye a esto último las fallas de la película. Como se comprenderá, las creencias que tenga alguien, jamás podrán determinar el resultado de una obra de arte. Por ser judío, musulmán, cristiano o budista no podremos colegir que el resultado será malo o bueno.

Dice, más adelante, este caballero: “_ los supuestos expertos (el capitán de la lancha y sus ayudantes) lo hagan sin averiguar que se acerca una tormenta, cosa que sabe cualquier loco viejo con apenas tener (sic) un radio portátil_” El señor Almánzar ignora el hecho de que esa es una de las licencias elementales del drama. Y que, en consecuencia esto aparece en prácticamente el 95 por ciento de las películas de este género: detalles forzados para justificar la intriga. ¿Recurriríamos, otra vez, al “experto” en copiar pedazos de enciclopedias y libros, para darle un “fracatán” de ejemplos de ello al señor Almánzar?

Ojala y suceda esto último. ¿Y qué decir de la edición? ¿Tiene él alguna idea de esto? Pues claro. Lo explica así: “Por lo menos en lo que a edición se refiere (sic) no hay demasiados saltos, a pesar de que los “flashbacks” entran a empujones. Las escenas de la lancha en medio de la tormenta son lamentables porque de buenas a primeras de los quien (sic) sabe cuántos que al final entraron en al bote, apenas restan menos de una docena y nunca usted podrá apreciar (sic), como espectador (sic), qué carajos (sic) sucedió en realidad para que tantos se cayeran (sic) cuando es de suponerse que, con todo y tormenta, cualquier bote tiene asideros que precisamente, puedan agarrase para no caer (sic). Detenerse en medio del mar para que los tales “VIP” pasen del bote a un guardacostas no parece demasiado factible, pero se acepta (sic)”.

Sorprendente: el amigo entiende que “los flashbacks entran a empujones”. ¿Qué significará esto? Porque un “flashback” es eso un “flash”, una imagen relámpago que ilustra un fragmento del pasado y, en consecuencia, no puede editarse por medio de una disolvencia. Ni de una sobre impresión, wipe o pantalla dividida. Sólo tiene una forma de ser editado. De ser colocado. De ser insertado. No hay dos, ni tres, ni cinco. Se edita por corte o salto directo. Y eso es, precisamente, lo único que se corresponde con la edición de lo tratado en ese párrafo. Todo lo demás, a lo que  se refiere es al guión y a la realización, veamos: los que entraron en el bote, que eran pocos y luego aparecen muchos, “los que cayeron”, “los que no se agarraron”, “la detención en medio del mar”, en fin, todo eso es materia de la realización. O del guión. Pero, para este despistado amigo si hubo un error en el guión o durante la filmación, las habas tendrá de pagarlas el editor.

La verdad es que todo parece indicar, que lo más cerca de una sala de edición que ha pasado este señor es a la distancia que media entre Santo Domingo y Ciudad del Cabo.

O, al menos así se desprende de sus juicios erráticos. Al enfrentarnos a la pobreza expositiva de este caballero entendemos a Nietzsche: “Sólo el que hace  aprende”.

Sin embargo, el mayor crimen que comete este “crítico” es contra el maestro Ramón Orlando. Al tratar sobre lo que él llama “la supuesta musicalización (sic)”, refiriéndose al músico escribe: “_ lo que él y sus superiores del film (sic) llaman “trabajo de musicalización (sic)” para nosotros es un deprimente “popurrí” de trozos musicales sueltos aquí y allá (sic)_ Para la próxima, si se animan, por más cristianos que sean, prueben con un profesional que por lo menos sepa algo de cine”.

Quizás haya alguien que no lo entienda así, pero la verdad es que Armando Almánzar confunde aquí lo que es un compositor musical con un musicalizador. Y las faltas del segundo se las endosa al primero. El no sabe que la persona que hace la música para una película, en absoluto está obligada a “saber de cine”. Incluso, la música de un gran porcentaje de películas es seleccionada de trabajos que fueron hechos, previamente, para otros fines. Tal es el caso del inmenso repertorio de obras clásicas que son, a menudo, la despensa de donde sale la “musicalización” de una buena cantidad de películas. Y si no, que le pregunte a su carnal, el enciclopedista Arturo Rodríguez. De modo, que Ramón Orlando puede hacer una obra maestra y, cuando ésta es entregada a un musicalizador, éste puede utilizarla de manera inapropiada, dando como resultado un mal trabajo. Si fuera como dice el señor Almánzar, en las escuelas de cine del mundo tendría que haber una parte sustancial dedicada a la los compositores de la “música cinematográfica”, adonde tendría, según él, que haber ido Ramón Orlando. Pero, sucede que la música es música. Y el cine es cine. La música es, entonces, un soporte del cine. Igual que el teatro. Y la literatura. Si extendemos la idea del señor Almánzar a este último campo tendríamos que ninguna obra literaria podría ser llevada al cine, pues sus autores “no sabían nada de cine”. Pero sucede lo mismo: en la actualidad, un autor escribe una novela y resulta ser un best seller. Un estudio compra los derechos de ella y la entrega luego a un especialista, a un guionista, que la adapta al lenguaje fílmico.  Y, si resultaría imposible adaptar los autores contemporáneos, ¿qué decir de los clásicos, según la idea del señor Almánzar?: Homero, Sófocles, Esquilo_. Ellos también tampoco “supieron de cine”.

Ufanía de ufanía, pero nada conocía: el desaguisado, entonces, es fruto de la ignorancia. Y ello se demuestra del modo más palmario cuando leemos lo que escribió Armando Almánzar sobre la música de “Lilís”: “No sé quién demonios escribió esas pocas notas que se escuchan incesantes (sic) y que no tienen nada de malo, lo que sí es malo (sic) es que no se la quiten nunca de encima a las imágenes_”. Este amigo se lamenta de que “no sabe quién demonios escribió esas notas que se escuchan incesantes (sic)…” Vamos a satisfacer su curiosidad. “Esas notas que se escuchan incesantes (sic)” fueron tomadas de estas dos colecciones: “Les grandes pages de Mozart que vous aimez” y “Les grands Classiques que vous aimez”. Los fragmentos o “pocas notas “ seleccionadas  fueron, Mozart: “Les noces de Figaro”, “Marche turque, III mvt”, “Requien en ré mineur” y “Une petite musique de nuit”; Rossini: fragmento de “Le barbier de Séville”, Grief: Suite Lyrique, Op. 54, y Berlioz: “La Damnation de Faust. ¿Complacido el caballero? ¿Ya sabe “quién demonios escribió esas pocas notas que se escuchan incesantes (sic)_?”

Excúseme otra vez, mi amigo. Y mejor poner esto entre paréntesis: (Los creadores de música prefieren ser llamados “compositores” y no “escritores”. Por lo que no sería apropiado “escribió”, sino “compuso música”).

Hachazo tras hachazo y este hombre nos romperá el espinazo. ¡Válgame, Dios! ¡Y tiene más de 40 años escribiendo “críticas de cine”!

Así es. Y hubiera querido dejar todo hasta ahí, pero hay una arrogancia infinita, que no puedo pasar por alto y que me recuerda a G. Elliot: “Era como un gallo que creía que el sol había salido para oírle cantar”. Fíjense ustedes: en su “crítica” del 16 de septiembre, a la que ya hemos hecho referencia, el señor Armando Almánzar le enrostra a todos los realizadores dominicanos el hecho de haber trabajado sin consultar. Dice que salvo “Cuatro hombres y un ataúd” que “tenía un guión bueno_ Las demás fueron películas en las cuales no se consultó a nadie”.  Sobre “Para vivir o morir” expresa que “fue un dislate de principio a fin y a nadie le preguntaron (sic) sobre la historia, la dirección ni sobre nada_”  Después de afirmar algo parecido de “Éxito por intercambio”, acusa a los de “Andrea” de incurrir en el mismo “error”. Terminado con “Lilís”, cuyo “autor” no consultó nada de nada con nadie_”.

¿Cómo es la cosa? ¿Qué pretende este señor? ¿Qué lo consultaran a él? ¿Qué le preguntaran a él? Tal parece que ignoró el archisabido dicho del filósofo montarás: “Nadie puede dar lo que no tiene, ni venir de donde no ha estado”.

Estoy a punto de confesar con mucha pena que la cuestión parece ser otra: al final, en el penúltimo párrafo, nos dice con claridad esto: “Nosotros, hasta el día de hoy, y luego de haber visto y comentado (sic) sobre “Viajeros”, nunca hemos recibido un centavo por leer un guión y comentar algo (sic), corregir unas cuantas cosas, señalar detalles que encontramos mal (sic)”. Y concluye con esto: “Pero, de todos modos, estamos a las órdenes de directores, guionistas, (sic) sean o no “insignes” o “geniales”. Prefiero no juzgar esto.  Y escribir: “Sin comentario”.