Entre el paleolítico y la modernidad

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POR DOMINGO ABRÉU COLLADO
Miles de indicadores señalan a lo interior de la República Dominicana presentándola como viviendo en la época del paleolítico. Es decir, la edad de la humanidad cuando ésta se valía de palos – de donde viene paleolítico, aunque la Arqueología diga que significa antiguo- y de rocas sin pulir (ni modo, aún no se había inventado la lija ni la pulidora Black & Decker).

Pero ahí lo tienen. Como miembros del clan que somos, estos hombres y mujeres se valen de piedras sin pulir y un palo, para preparar comida al más antiguo estilo cavernícola.

En pleno suelo de tierra, a fuerza de leña y al aire libre, esta escena riñe con el paso de los automóviles, asombrosas máquinas de movimiento casi propio, dotadas con instrumentos de precisión e impulsadas por la combinación resultante de la química y la física aplicadas, dejando al descubierto que en nuestro país se ha hecho demasiado larga la edad del neolítico (sin dejar todavía el paleolítico); todavía no hemos avanzado lo suficiente con la edad del hierro; nos llenan de asombro las inmensas posibilidades de la gloriosa edad del bronce; aplaudimos los aterrizajes del enorme “pájaro metálico” y su rugir de turbinas; mientras ya nos quedan cortos los celulares de menos de 50 funciones.

Y ni qué decir de la trata de esclavos, o por lo menos de la venta de gente, sean asiáticos, negros o blancos bebés de Jarabacoa, pasados por la frontera por un diputado, los primeros; negociados por ser haitianos resistentes a cualquier trabajo, los segundos; y subastados al mejor postor europeo o norteamericano, los terceros.

Y ni qué decir de las mujeres, que entre el “yo sé a lo que voy” y el “ay me engañan”, exportan su sexo con la oculta esperanza de quedarse con el último de los que compraron su cimbrear caribeño, y finalmente arribar al país con un trofeo blanco alemán, suizo o español.

Alguna vez habrá alguien que organizará el censo para establecer cuanta gente vive todavía en el paleolítico; cuantos viven en el neolítico; cuantos entre las edades del hierro y el bronce; cuantos en la edad de la diáspora newyorkina; cuantos en la corta edad de la zona franca; y finalmente, cuantos en la sonora edad del celular. Y más complejos se pondrán, el censo y la sociedad, con la edad del TLC.

Cocinando con un palo, sobre tres o cuatro piedras, a nivel del suelo y al aire libre, esta escena es de la pura edad del paleolítico, y ni siquiera del paleolítico superior. Lo más chulo es que junto al paleolítico en que vive buena parte de nuestra población compite la cultura del celular, el telecable, y muy pronto la cultura del metro.

POR AQUÍ SE ENTRA A R.D.

Así como la ven, esta es una de las entradas a la República Dominicana. Por aquí entran al año varios cientos de extranjeros que llegan en sus propios veleros, los anclan en la Bahía de Luperón, se arriman al muelle, y caminan adentrándose al país por esta calle, asumiendo que éste es un país que dice estar en vías de desarrollo.

Quien entra a RD por esta carreterita, dejando atrás el puerto de Luperón, no hay quien le diga que luego de pasar las cinco cuadras de la pequeña ciudad no va a encontrar tribus de indios, como si de una aldea amazónica se tratara.

Quien oye hablar de la República Dominicana y sus adelantos en materia de comunicación, de sus resorts para millonarios, de la fama de sus peloteros y del éxito de sus bachateros a nivel internacional, no imaginaría que esta es una de las entradas a tal país.

Para la costa norte del país, Luperón tiene una de las propuestas naturales más hermosas para la recepción de visitantes. Tiene una de las entradas más tropicalmente características que pueden imaginarse, siempre y cuando no la alteren con proyectos como el “cambiarlo todo”. Pero esta propuesta no tendría sentido si la entrada al país sigue siendo esto que vemos en la foto.

La alternativa para la Bahía de Luperón tiene que ser la más equilibrada, la que garantice la mínima alteración en a la albufera que precede al pueblo. Pero también tiene que ser la que canalice hacia el pueblo recursos para su adecentamiento. No solo para recibir visitantes, sino para elevar la calidad de vida de la población.

¿ES LO MÁS ACONSEJABLE?

¿Es correcto que sea una empresa licorera la que maneje advertencias en torno a una escuela? No lo creo. En todo caso, lo más aconsejable es que, como en el caso de las escuelas que están en la carretera que toca a Juma, Guanuma y Los Quemados, de Bonao, las advertencias en torno a las escuelas sean colocadas por la Secretaría de Estado de Educación. Y si se quiere, que aparezca en pequeño la firma que auspicia económicamente el trabajo.

No hay manera de que los niños que asistan a estas escuelas no comiencen sus primeras lecturas con esta “advertencia” de Brugal. Y claro, lo que más se le quedará en el cerebro es la marca del ron. Y con la marca del ron la necesidad de conocerlo. Luego todo será “coser y cantar”… y beber también.

Nadie va a creer que estos avisos de carretera tienen únicamente el propósito de colaborar con el mejor manejo del tránsito en esta carretera. Nadie va a creer tampoco que la idea es proteger a los niños contra un posible accidente vehicular. Nadie va a creer que es una casualidad que la marca del ron haya salido más grande que la advertencia en el aviso.

Reconocemos que el comercio tiene todo el derecho de “buscársela” como pueda en cuanto a la competencia entre marcas. Pero eso de objetivizar la población infantil y adolescente para promover futuristamente el consumo de ron no es saludable. Y mucho menos saludable es motivarles a “comenzar temprano” el conocido camino de la bebida.

De manera que, es tiempo de enderezar estos entuertos de carretera, porque ya hay muchas alternativas en la publicidad que han ido superando con gran calidad las antiguas formas de promoción de marcas que mucho deformaron nuestra población joven.

ASÍ COMIENZAN LAS VAINAS

Quemando una basurita al borde de la carretera puede comenzar un incendio, como muchos de los que se originaron en la carretera Duarte y que quemaron muchas zonas de grama y de pequeños bosques.

Preguntando a los vecinos nos enteramos de que, por costumbre, éstos queman la basura porque no hay ningún camión que la retire. Así, queman toda la basura que pueden acumular, incluyendo plásticos, gomas, latas, basura orgánica y de todo tipo, esperanzados en que el fuego lo consumirá todo.

Con esta forma de eliminación de basura no solamente se sienta el riesgo de incendios, como ocurrió durante febrero y marzo. Sino que, además, se propaga un tipo de contaminación que pasa inadvertido entre la gente común: la contaminación por el humo de los plásticos, una carga de altísima peligrosidad cancerígena entre las personas que lo aspiran.

Nuestra gente común no lo sabe, pero el humo que despiden los plásticos al quemarse puede ocasionarles cáncer en los pulmones con mucha facilidad. Pero además, ya está bueno de deshacerse de la basura mediante el fuego, cuando se tiene suficiente espacio para la creación de vertederos sanitarios rudimentarios mediante la práctica de huecos donde verter y cubrir la basura.

Es importante que, tanto la Secretaría de Obras Públicas, como los ayuntamientos de los diferentes municipios, instruyan a los habitantes de las carreteras en torno al correcto manejo de los desperdicios, a fin de conjurar la posibilidad de incendios y enfermedades como el cáncer.

Con una campaña de información se pueden ir corrigiendo estos problemas, que no son otros que falta de educación entre nuestra población, no solo del campo, sino de todas las ciudades.