Entre hacer y criticar, preocupaciones e insensateces

A medida que uno profundiza en la justeza de sus percepciones, le resulta más difícil criticar. Y reconociendo que no dispone de toda la información necesaria para emitir un juicio acertado y de buenas posibilidades constructivas, resulta que duda uno de la utilidad de sus opiniones.
Criticar es fácil. Hacer es difícil.

No está en mi ánimo criticar, ni en mi posibilidad “hacer”, en los niveles trascendentes que mi país requiere. Escribo lo que pienso. Eso me mueve a ciertas confesiones.

Me molestan sobremanera los “operativos”, las acciones momentáneas supuestamente destinadas a corregir algo que está mal, acción que se esfuma con la tibieza lánguida con que surgió; sin valor agresivo ni propósito de largo alcance.

Cuando leo que el Ministerio de Medio Ambiente dispuso el cierre temporal de la extracción de materiales de los ríos y la tala de árboles, me acongoja lo de “cierre temporal”, porque si aquí lo definitivo es temporal… ¿Qué habrá de suceder con lo que nace marcado por un anémico y confesado carácter transitorio?

El notable historiador Frank Moya Pons, quien fuera Ministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales y personaje respetable que, por naturaleza y sólida formación disciplinaria habla y escribe con certidumbre de conocimientos, nos alerta, con justo dramatismo: “Este país se quedará sin agua, no por el cambio climático y el calentamiento global, sino por la pérdida de bosques en las cuencas hidrológicas”.

Se trata de graves peligros, ¿Es que no se entera esta gente?

Hay un viejo refrán dominicano que escuché muchas veces en mi infancia para significar cosas que estaban mal pero que debían esperar: “En el camino se arreglan las cargas”. Pero habría que esperar (y eso no lo decían) a que conforme a otro viejo refrán, llegara “la semana de los tres jueves”. Ya no estamos en tiempos de dilaciones peligrosas. ¿No vemos el caso penoso del desértico Haití?

En verdad yo estoy en contra de las explotaciones mineras. Son generadoras de enormes y crueles diferencias humanas. ¿Cómo viven y han vivido esos infelices pobladores de las regiones africanas excavando por diamantes tintos de sangre y dolor, ellos y esos pueblos que han sufrido bajo muy diversos climas y latitudes las riquezas en metales de gran precio? Lo mismo ocurre con ese líquido negro, el petróleo, cuya importancia vital ya no tiene justificación porque la moderna tecnología hace tiempo que ha sabido de soluciones limpias, que no afecten el medio ambiente.

Se trata de una horripilante malignidad. Los jerarcas poseen fortunas que habrían hecho palidecer de envidia a Creso, aquel último rey de Lidia (561-546 a.C.) cuya enorme fortuna también tuvo un origen comercial, sin las fantasías de aquel legendario rey Midas que todo lo que tocaba se convertía en oro. En el caso de Creso, lo que se convertía en oro era el trabajo y la cruel miseria a que sometía a sus súbditos.

Pero vayamos a lo nuestro. Esta bella isla que don Cristóforo llamó Española, ha sido devastada en el extremo ocupado por Haití a causa de prácticas africanas de tumba y quema. Ahora, nosotros, con decisiones tan desafortunadas ¿vamos a quitarle su verde salud?, ¿a extinguir los ríos en nuestro territorio?… y todo ¿transitoriamente?
La destrucción nunca ha sido transitoria.