Entre la picardía y el humor

PEDRO GIL ITURBIDES
Al cerrar los ojos para siempre aquel 23 de abril de 1616, Miguel de Cervantes Saavedra ignoraba lo trascendente del legado que dejaba a la humanidad. Había escrito para sobrevivir. Tocaba a la posteridad hacer juicio sobre escritos a los que no atribuyó su autor más valía que la de permitirle alcanzar techo y mesa con precariedad. Pero el “Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” habría de otorgarle a su memoria el brillo y el reconocimiento que no cosechó en vida.

Pergeñado para burlarse de la ya decadente literatura caballeresca, el libro sirvió para que su autor retratara la sociedad de sus días. Pero entre la picardía y el humor quiso Cervantes que se hallase espacio para consejos de buena vida y buen gobierno que traspasan todos los tiempos. Tal vez en ello reside la permanente popularidad del Quijote.

El caballero de la triste figura es un personaje con el cual nos topetamos todos los días. No tanto porque su vocación para luchar por altos ideales sigue siendo aspiración de todas las generaciones, sino porque sus desatinos nos retratan a todos. La figura sin par de su fiel escudero remeda la astucia y la tosquedad de la gente llana, obligada a sobrevivir entre inequidad e injusticias.

El intercambio epistolar que se permiten los memorables personajes a raíz de la llegada de Sancho Panza al “gobierno” de Barataria no tiene desperdicios. Don Quijote le recuerda a su amigo en uno de sus párrafos, que no debe ser codicioso o libertino. Y Sancho le señala que hasta el momento no ha tocado derecho ni cohecho, “y no puedo pensar en qué va esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han prestado los del pueblo muchos dineros, y que esta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos, no solamente en éste”.

¿Acaso no vemos en ello la sociedad dominicana de estos tiempos? Mas no es únicamente la propia de estos días, pues a no pocos se les ha tocado la puerta para sonsacarlos con el derecho y con el cohecho. La mayor parte, preciso es sostenerlo, han caído con ambos, y el estercolero en que se refriega el país, fruto es de estas maneras. Muy pocos, en cambio, pueden mostrar la conducta de Sancho. Y en ello reside la debilidad nacional para enfrentar toda forma de dolo. Porque donde la mayoría es débil por el cohecho, los pocos no pueden con el derecho.

Pero Cervantes se permite jugar con sus personajes. A este mismo Sancho que “gobernador de la ínsula de Barataria” lo hace digno de una conducta ética, lo hallamos ambicioso tras los episodios de Sierra Morena. Hace poco un ladronzuelo para quien el Quijote tuvo piedad en un acceso de locura le ha robado su asno. En sus lomos van todas las provisiones y dineros que llevaban caballero y escudero para el camino. Ahora encuentran mula muerta y maleta abandonada.

El Señor indica a su escudero que revise, y al encontrar cartera repleta, inquiere Sancho sobre el modo de proceder. No hay señas sobre la propiedad, y el Quijote recuerda que una de las reglas de la caballería, para el caso, es requisar la propiedad. El recuerdo de la pérdida lleva a Sancho dos pasos adelante, y mientras el caballero andante divaga en sus recuerdos de las novelas caballerescas para saber cómo actuar, Sancho desvalija la maleta encontrada a pocos pasos. No deja, relata Cervantes, sitio en que no meta la mano.

En estas diversidades que son el centro de esta novela por antonomasia, reside la riqueza de su contenido. Porque la zaga es un retablo de cuanto somos los seres humanos, por dignos y por indignos, por hidalgos y por bajos. Pues del polvo vinimos y del mismo somos reflejo, pero un hálito del Espíritu poseemos, y hacia El, unos pocos, ascienden. Entre pícaros relatos y humorísticas parsimonias nos ha llevado Cervantes por cuatro siglos, desde aquél 1605 en que publicó la primera parte de ese Quijote.

Y ello, sin duda, lo seguiremos celebrando.