Entre lluvia y abulia

Federico  Henríquez Gratereaux

Cualquier documental acerca de la vida de los pájaros nos produce asombro; ese mundo de huevos, plumas y picos, deja boquiabiertos a los zoólogos especialistas y a los ignorantes como yo. La naturaleza toda es un espectáculo que causa estupor. Pájaros, mamíferos, animales marinos, son prodigios a los que no prestamos la atención debida. En algunos momentos excepcionales –durante grandes aguaceros, tormentas, ciclones- atendemos a las llamadas “fuerzas de la naturaleza”; y nos atemorizamos un poco con los rayos y truenos, como les ocurría a los hombres primitivos. Un terremoto es asunto más aterrador porque en este caso ni siquiera sabemos “en qué pie estamos parados”.

A lo mejor esos “sentimientos terroríficos” conectados con la naturaleza, los hemos heredados de la época cuaternaria. Quizás exista una memoria colectiva, donde estén archivados todos los sustos y temores de la historia del “homo sapiens”. El tejido cerebral es tan complejo y los misterios genéticos tan profundos, que es posible pensar que llevemos la Edad de Piedra en el bulbo raquídeo. Al oír truenos y ver las descargas eléctricas, algo de ese pasado remoto sale a la superficie y nos afecta la circulación sanguínea. Pero el hombre culto contemporáneo reniega de su prosapia primigenia, que habitaba en cuevas y pantanos.

No quiere admitir que podría actuar movido por impulsos irracionales, por motivos ancestrales inexplicables. Sin embargo, esos hombres cultivados se dejan influir por tradiciones más cercanas históricamente. Espíritus del bosque, gnomos y trasgos, han inspirado a poetas y músicos de toda Europa. La Selva Negra, además de su obvio “valor ecológico”, arrastra un prestigio mágico que no han podido eludir antropólogos, artistas y filósofos. Penetrar en una selva dispara nuestros resortes sentimentales. Percibimos realidades culturales con el olfato, el oído, el tacto.

Las cortezas de los árboles, el verdor del follaje, el perfume de algunas flores, existen en la realidad de los bosques; y también en las creaciones de los poetas, en las opiniones de los pensadores, e incluso en los cuadros de algunos pintores. Podemos ir: “de afuera hacia adentro” y “de adentro hacia afuera”; sacar cosas del bosque o meter sentimientos en el bosque. El problema está en distinguir los sentires nuestros de los heredados del romanticismo.