ENTREVISTA
Jennaro: la pintura de su vida y obra

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Jennaro es un pintor colombiano cuya obra se exhibe en distintas ciudades y espacios culturales del mundo, que es el único lugar en el que le gusta vivir.  En el entendido de que las posesiones materiales quitan libertad al hombre, Jennaro prefiere tener solo el dinero que le permita cambiar de lugar y país en el momento en que sienta necesidad.

“Yo no tengo nada que me limite en ninguna parte. No me gusta tener nada que limite mi independencia y libertad”, asegura.

El maestro Genaro González Pacheco nació  en Popayán el año 1937, fue en esta ciudad histórica y colonial, donde recibió sus primeras clases de pintura y donde nació su pasión por las construcciones y arquitecturas coloniales. “Crecí en una ciudad con un historial español extremadamente fuerte entre las tejas de barro y muros blancos de la arquitectura de la colonia”.

Precisamente su pasión por la cultura y su especial conexión con las grandes estructuras lo llevaron luego a estudiar arquitectura en México.

Reconoce como sus influencias  en el arte a los impresionistas franceses, los maestros españoles (Diego Velázquez, Joaquín Sorolla) y en su filosofía de vida, sus constantes lecturas de Cursio Malaparte, Geovanni Papini, Francois Sagán y otros menos profundos para él como Octavio Paz, Alberto Moravia y Miguel Asturias.

Ha viajado por muchos países de América y el mundo, buscando dar continuidad a la pintura que lo identifica, las explosivas trinitarias sobre paredes antiguas pintadas de blanco colonial.

Santo Domingo siempre le ha interesado por la gran riqueza de nuestra Zona Colonial. Aquí vino por primera vez en el 1989 a participar en la restauración de la Catedral Primada de América.

“La arquitectura civil de la colonia tiene sus mejores expresiones en Santo Domingo, por ser la primada de América”. Cuestionado sobre el estado de conservación de esa zona, responde: “Yo a Santo Domingo lo veo siempre igual. Ni mejor ni peor, porque esa zona es permanente, es estable.

“No hay que quitarle ni ponerle nada. Por eso, esa arquitectura la utilizo como florero para poner en ellas las trinitarias, esplendorosas y bellas”.

De alguna manera, se ha convertido en un rehén voluntario de las trinitarias. “La gente me reconoce por las trinitarias con muros blancos y si no es así, no es Jennaro”.

“Esta temática de las trinitarias, del esplendor del color, esa luminosidad y esa fuerza de las sombras ha sido aceptada sin ninguna oposición donde quiera que yo he ido, porque esa obra ante todo es bella”, expresa. 

Sostiene que la vida es demasiado complicada para pintar cosas feas o tristes “la vida hay que presentarla llena de color, de luz, de vigor, de una vibración interior fuerte”.

Adelanto o retroceso.  Jennaro tiene unas teorías que subyugan al escucharlas en su propia voz. No solo que no quiere poseer nada, sino además que tiene una resistencia total a los cambios del mundo. “Me parece maravillosa la libertad y la libertad es no tener nada. Yo me quité de todo. Me quité de los conceptos religiosos y políticos. no estoy interesado en aprender y mucho menos de esas máquinas mágicas (señala mi computadora), ni uso tarjeta de crédito ni celular”.

Los supuestos adelantos que hemos tenido son para Jennaro una manera de embrutecer al hombre, de condenarlo a un intercambio entre hombre y máquina”.

Afirma que la comunión con el resto de individuos está terminada para las próximas generaciones. “Lamentablemente ellos no tendrán ni la educación ni la formación que nosotros tenemos”.

“El individuo estará integrado a una máquina y lo que buscan las corporaciones es reducir la mentalidad del hombre a una máquina y a un formato y a unos límites y a un  color”, asegura.

Entiende que no es el hombre el que posee toda la información que tiene la máquina. “El saber es de la máquina. Es un proceso tecnológico. Están queriendo modificar al individuo a través de una información, la mayoría de las veces errada, equivocada e intencionalmente en perjuicio de alguien”.

A esta filosofía con la que vive hoy llegó tras 53 años viviendo en cualquier parte del mundo y a su costumbre de hablar con alguien, de aprender algo y necesariamente todo lo bueno, hay que aprender también de la gente que tiene mañas, porque las mañas tienen su valor, tienen su peso”.

Explica que uno tiene que tener una  idea de la intensidad de lo bueno y de lo malo y ese es el punto álgido del asunto “yo pienso que uno llega por vivencias a las convicciones como las que tengo hoy”.

En estos momentos, Jennaro está en Brasil, de donde regresará . Por esas dicotomías de la vida, el hombre que considera que todo es igual en todas partes, le encanta viajar, con el único interés de ver cosas nuevas.

“Me da lo mismo allá o aquí, porque en todas partes se vive igual, es lo mismo y tu crees que estás en otro sitio, mentira, porque el semáforo es verde, rojo y amarillo, la arquitectura, el modelo de los carros, la cocacola, todo es absolutamente igual”, dice.

Asegura que lo único que cambia es la gente. “Un país no vale por la arquitectura, ni por la historia, ni por nada, sino por la gente. Por el pensamiento y el comportamiento de la gente, la maravilla que son los cerebros”.