Apenas cabía en medio de muchos cuerpos humanos atestados aquél lunes en que me hallaba en el autobús de las 7.30 a.m. De frente a mí, y expeliendo su aire nasal sobre mis cachetes, un señor muy gordo con insignias policiales, vestido con camisa confeccionada con más yardas de la cuenta y buena parte de la desteñida tela desbordándose desde su cintura.
El recubrimiento de su redondez hacía que lo único visible de la pistola con que se ceñía fuera el cañón que sobresalía por la parte inferior de la canana, lo que debía preocupar grandemente al chico que en el abigarramiento de usuarios del transporte daba con toda su parte frontal sobre mis espaldas.
Greñudo y evidentemente contestatario por la indumentaria que lucía, había dicho él, en tono de cólera e identificándose con un motín callejero del día anterior: «a los rufianes que rompen cráneos de manifestantes deberían pagarles con la misma moneda».
Una frase suelta con la que dijo lo que dijo sin haberse percatado todavía de que el polizonte de barba incipiente y humedad sudorípara en el rostro que podía sentirse aludido le quedaba tan cerca que la única barrera, y de muy escasa grosor, entre uno y otro era yo, traspasable fácilmente con grave efecto por cualquier proyectil perdido en busca de dueños que en este caso serían dos: yo y el provocador de iras a sujetos de uniformes mal entallados.
Y en caso de que el plomo advenedizo tuviese impulso de sobra como para seguir en su misma trayectoria hallaría un blanco más: una chica de la apretujada multitud, difícil de acertar por ser del ancho de la famosa modelo Tuiggy, pionera de las mini-faldas.
Mordisqueaba una manzana que nada habría tenido que ver con la de Eva; a lo sumo con la que Guillermo Tell colocó sobre la cabeza de su hijo en un compromiso a vida o muerte que superó acertando a la fruta con su flecha para escapar de un trágico final propio. Es así que el plomo, que esta vez sobrevendría si un gendarme enfurruñado así lo decidía, tal vez alcanzara al azar para una tercera diana. Lo mismo podía acertarle al tejido humano que al vegetal, con un trágico resultado que ni el propio Guillo de la leyenda suiza de la fruta del paraíso hubiera podido evitar.
Respondiendo in extremis al instinto de conservación o miedo atroz a un indeseable acortamiento de la vida, recurrí a una trabajosa y casi imposible acción de acuclillarme, cosa de que la bala, si hubiera de venir, al menos solo pasara rozándome la cabellera.
La condición medioambiental empeoró para mí, apremiado por una cuenta regresiva que podía estarme conduciendo a una salpicadera a granel de sangre ajena. Seguía estrechamente atrapado entre cuerpos extraños, pero a partir de ese momento mis puntos de contactos con los seres vecinos se cumplía con las partes que de ellos quedaban de la cintura para abajo.
De los acuosos y repulsivos pómulos que antes me agredían, me tocó pasar a la proximidad de la bragueta del mismo sujeto. Cualquier humano susceptible a la afrenta de quedar a dos pulgadas de unos genitales, cubiertos o no, pero que no le competían, le hubiera hecho preferir un balazo entre las cejas a seguir allí; pero tratándose de mí, nunca he sido partidario de buscar solución a los problemas sin haberla pensado bien.
Quiere decir que continué allí, tete a tete con unas partes pudendas… hasta que en un momento dado emergieran de la turbamulta rodante otros dos mozalbetes de cabezas calientes que se entregaron a despotricar contra «todos estos malditos tontos útiles del imperialismo que causan chichones en nuestras cabezas. Por eso siempre andamos con chilenas, las de fabricación casera, y garrotes, como ahora porto».
Su hostil pronunciamiento halló eco favorable en aquel congestionado ambiente sin dar tiempo a ninguna reacción del ofendido indirectamente. -¡Son unos buitres que disparan a matar a cambio de un sueldito. Ojalá encontrarme con alguno mal puesto por ahí-. agregó un señor algo mayor pero de buena contextura y armas tomar en medio de aprobaciones de la concurrencia. Al tiempo de subir las tensiones al interior del bus, el obeso agente hizo una súbita bajada. «Por favor chofer, en la próxima parada». Detecté cierto temblorcito en su labio inferior.