Episodios: El rostro humano de las emergencias hospitalarias

Rossanna Figueroa
Casi a las 3:00 de la tarde del tercer martes de febrero, la emergencia del hospital docente Salvador B. Gautier era un escenario de caos y resistencia. Los pasillos se encontraban abarrotados de pacientes, algunos en sillas de ruedas, otros acostados en camillas, esperando atención.
Los sueros eran portados a mano, en vez de estar sujetos en pedestales y los reclamos de los pacientes llenaban el ambiente mientras médicos, paramédicos y enfermeras hacían lo imposible por atender a todos.
Afuera, cuatro ambulancias del Sistema 9-1-1 permanecían en fila con las luces encendidas, como centinelas en medio de la urgencia. Paramédicos de la Dirección de Atención de Emergencias Extrahospitalarias (DAEH) aguardaban para brindar los reportes de los pacientes trasladados.
Dentro, el ajetreo no cesaba. Más de una docena de residentes de medicina de dos universidades auxiliaban a los especialistas, en un intento por absorber conocimiento mientras ponían manos a la obra.
En una silla, una mujer de tez morena y semblante pálido se sujetaba el brazo mientras una enfermera le canalizaba. Dos adultas mayores, ambas en sillas de ruedas, gemían de dolor. Una de ellas recibió una sonrisa y un gesto de familiaridad de una residente, quien la reconoció de visitas anteriores. La cercanía del personal con los pacientes frecuentes evidenciaba una realidad constante: la enfermedad no da tregua.
A unos metros, una persona comía tranquilamente un plato de arroz con guandules, ajena al bullicio. A su lado, una doctora, rodeada de familiares ansiosos, despachaba órdenes médicas de pie, mientras una enfermera, con la paciencia de quien lleva años en la labor, intentaba seguir cada instrucción en medio del frenesí.
En los cubículos cerrados por cortinas, se atendían los casos más críticos. Desde fuera, solo se escuchaban murmullos apresurados y el sonido intermitente de los monitores cardíacos. La escena era más que una sala de emergencias; era un microcosmos de vida y lucha, donde el tiempo y los recursos parecían siempre insuficientes.
Quise estar ahí, observando, absorbiendo cada detalle para construir una fotografía mental del día a día en una emergencia hospitalaria.
El recuerdo me trasladó a principios del 2000 cuando fui testigo de otro episodio en el Hospital Darío Contreras. En aquella ocasión, vi cómo la vida de un paciente anónimo se apagaba en la cama 1. A pesar de los esfuerzos del personal y el soporte ventilatorio, el hombre, sin identidad registrada, exhaló su último aliento y su cuerpo fue enviado a la morgue.
Han pasado los años y, aunque el sistema de salud ha experimentado mejoras, el panorama sigue presentando tareas pendientes. La saturación de las emergencias, la escasez de personal y la falta de insumos continúan siendo obstáculos que desafían a pacientes y profesionales de la salud por igual.
Para comprenderlo, no basta con leer cifras o informes, hay que vestirse de paciente y vivir, aunque sea por unas horas, el doloroso devenir de quienes dependen de estas salas para sobrevivir.
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