Epocas del pensamiento

SERGIO SARITA VALDEZ
Tan antiguo como el inicio del registro de la historia, y probablemente que con mucha anterioridad, la gente sentía gran curiosidad por conocer el sitio donde anidan las ideas y los sentimientos humanos. Anaxágoras, ilustre pensador griego nacido cinco siglos antes de la Era Cristiana, es acreditado como la persona que introdujo el término “mente o razón” en el vocabulario filosófico.

Si acudimos al libro sagrado, encontramos que en el Viejo Testamento, Job nos relata, a manera de poema, en el capítulo 28, lo siguiente: “El hombre aplica su mano al pedernal, y estremece los cimientos de la montaña. Abre canales en las rocas, su ojo busca todo lo que sea precioso. Explora las fuentes que brotan de la tierra y saca a la luz lo que estaba escondido, pero la sabiduría, ¿de dónde viene? ¿Dónde se hallará la inteligencia?”

Platón decía que los dioses habían insertado el alma en la cabeza y que allí residía el entendimiento. Rene Descartes ubicaba el alma en la glándula pineal, a pesar de que la paternidad de esa idea se le achaca a Serófilo de Calcedonia quien vivió entre los años 325 y 280 antes de la Era Cristiana. Ya en nuestra época, Galeno daba por sentado que todas las funciones mentales descansaban en el sistema nervioso, el cual tenía al cerebro como órgano central y director de la magnífica orquesta del pensamiento y de las emociones.

En 1884, Wernicke mostró dos casos de autopsia en donde reclamaba haber localizado las áreas cerebrales responsables de las imágenes correspondientes a los sonidos del lenguaje, así como la zona motora del habla. Para Kleist, alumno de Wernicke, los cinco sentidos estarían representados en el lóbulo parietal izquierdo. En 1911, J. H. Jackson  propuso la estratificación del encéfalo en tres niveles de desarrollo. El piso inferior en la escala evolutiva se le asignaba al bulbo raquídeo y a la médula espinal. Todos los actos reflejos se manejarían desde esta región anatómica.

Un segundo piso o nivel medio vendría a serlo el tronco cerebral y los ganglios basales. Allí se manejarían las emociones, la agresividad, la conducta sexual, el impulso del comer, el beber y el dormir, entre otros. La corteza cerebral ocuparía el tercer y más alto nivel, en donde se generaría el intelecto humano, en donde se ejercería el mayor control del funcionamiento de los compartimientos subyacentes.

De su parte, Maclean, aunque mantenía un criterio estratiforme, se refería más bien a las fases cerebrales del desarrollo evolutivo de las especies animales. Partía de un órgano nervioso muy primitivo, presente en el Homo sapiens, al cual denominó cerebro reptiliano, similar al segundo nivel de Jackson y que englobaría la sustancia reticular, el rinencéfalo y los ganglios basales. El siguiente módulo lo sería el cerebro paleomamífero, constituido por el sistema límbico. Por último, designa como cerebro neomamífero a la neocorteza que es donde radica la región anatómica de máximo desarrollo, la cual ha permitido a los humanos distinguirnos de los demás vertebrados superiores.

Federico Engels postulaba a finales del siglo XIX que para que los hombres y las mujeres pudieran  disfrutar y deleitarse a través de las artes y de la lectura, tenían  primero que proveerse de comida, techo y vestido. Siguiendo esa linea de razonamiento, nos vemos en la dolorosa situación de tener que admitir como real y verdadero, el que un alto número de dominicanos y de dominicanas han sido forzado a consumir su preciada existencia estimulando solamente el cerebro reptiliano, pero muy poco su potencialmente valiosa neocorteza.

La pobreza extrema a la que el pasado gobierno pepehachista sometió a un amplio  sector de la población consiguió activar en su totalidad al encéfalo reptiliano del sesenta por ciento de los dominicanos. Solo la estoicidad y el decoro de nuestro pueblo impidieron que el grueso de los ciudadanos se viera compelido a asumir el método locomotor de nuestros ancestros cuadrúpedos. Demos gracias al creador por permitirnos el milagro de continuar siendo bípedos, mantener aún la frente en alto, y volver a pensar con la neocorteza, a pesar de los tormentos recibidos.